Jonathan Minila reúne en los cuentos de su libro reciente, “Breve interrupción del diluvio”, historias de un terror cotidiano que a veces no percibimos
Desde París hasta el Estadio Azteca, colectivos, artistas y activistas han convertido el arte urbano, las intervenciones simbólicas y los actos públicos en una forma de crítica contra los costos sociales, ambientales y territoriales que dejan los Mundiales
Durante milenios la humanidad ha mirado al cielo fascinada por la Luna y el universo más allá de ella, lo que dio lugar a un sinfín de obras de arte al respecto
El libro explica ampliamente cómo se concibió el museo más importante de México / Cortesía/CONACULTA
Tan sólo 19 meses y 160 millones de pesos fueron suficientes para diseñar, construir y montar el Museo Nacional de Antropología, inaugurado el 17 de septiembre de 1964. La intención era poder ofrecerle al patrimonio de arte prehispánico —antes resguardado en el Museo Nacional, en la calle de Moneda— un lugar digno y moderno, que respondiera a las nuevas necesidades de la museografía.
En su libro “Museo Nacional de Antropología. Gestación, proyecto y construcción”, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez (1919-2013), autor de dicho portento museográfico, explica con mayor detalle cuáles eran esos objetivos, que resolvió a partir de la teoría del arquitecto italiano Bruno Zevi (1918-2000), quien decía que “la arquitectura no son los muros, ni los techos, ni el piso, recursos para limitar el espacio, sino lo que está dentro, esa atmósfera, ese espacio que se está creando”.
Ramírez Vázquez apunta en el libro: “El museo contemporáneo no puede concebirse como depósito de obras, archivo documental o galería de arte, sino que se ha de tener conciencia de su misión didáctica, auxiliarse con las técnicas audiovisuales más recientes y presentar el contenido a manera de un espectáculo público que transmita información cultural en forma agradable y eficiente, y que permita al visitante sentirse inmerso en el tema, época o cultura, respetando su objetivo de conservar, preservar e incluso restaurar el patrimonio”.
El arquitecto buscó que el diseño no imperara sobre las piezas en exhibición, sino en favor de la misma museografía, como herramienta de comunicación estimulante. ¿Acaso cuando se mira la Piedra de Sol o a la Coatlicue en fotografía no se piensa casi inmediatamente en el Museo Nacional de Antropología?
En cuanto a la distribución de las salas y el patio central, el arquitecto afirma que siguió “la solución abierta de la arquitectura maya”, por lo que “siempre se mantiene un contacto directo y visual con el entorno y permite ver en un extremo el cielo y las áreas verdes”. El arquitecto también explica la razón por la cual las salas no son conexas entre sí: “que el visitante descanse, aun cuando no se lo hubiera propuesto”.
¿Y qué haría el visitante si queda atrapado por la lluvia? Ramírez Vázquez explica la razón de uno de los elementos más curiosos del edificio: “La solución es infantil, es obvia: dotamos al patio de un paraguas. Podría haberse techado de edificio a edificio para obtener una superficie totalmente cubierta, pero al hacerlo así, el espacio quedaba cerrado y lo que se buscaba era la amplitud que ofrece la vista del cielo”.
A 70 años de su inauguración, el prestigio y fama del Museo Nacional de Antropología son universales por lo que ha recibido múltiples reconocimientos, siendo el último de ellos el reciente Princesa de Asturias de la Concordia, uno de los más importantes galardones que existen en el mundo de habla hispana.