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El éxito de 33 años de alianza entre Grupo Bimbo y Papalote Museo del Niño fue construido alrededor de un mismo propósito: Crear espacios donde niñas, niños y sus familias puedan tocar, jugar y aprender
Aurelio de los Reyes reúne crónicas e investigaciones sobre la llegada del cine a México / Foto: Cortesía/Fondo de Cultura Económica
Todo comenzó en 1896, el mismo año que Porfirio Díaz se reeligió como presidente por cuarta ocasión. En la segunda mitad del año Gabriel Veyre y Claude Ferdinand Bon Bernard, enviados de los hermanos Lumière, arribaron al país con un invento insólito en su equipaje: el cinematógrafo.
El primero en ser testigo de sus poderes fue el dictador, en una muestra privada en el Castillo de Chapultepec fechada el 6 de agosto. Luego el 14 del mismo mes se hizo la primera proyección cinematográfica en la Droguería Plateros, famosa por ser la primera de carácter comercial del país. El evento fue anunciado en los periódicos, donde se especificaba que sería una exhibición para reporteros y científicos.
No sería hasta el 27 de agosto que se hiciera la primera función para el público en general. Los enviados tenían pensado que las funciones fueran semanales, pero el éxito fue tan grande que tuvieron que hacerlas diario. Tras un paso por algunos estados, en diciembre de ese año dejaron México, pero la máquina había sido comprada, por Ignacio Aguirre, el primer empresario y realizador cinematográfico del país.
Como es de suponerse fue “asombro”, la forma como los mexicanos recibieron el cinematógrafo, pues se carecía conocimiento sobre su mecanismo, según cuenta el historiador Aurelio de los Reyes en su libro “Los orígenes del cine en México (1896-1900), quien revisó la prensa y publicaciones periódicas de la época.
En un principio, dice el investigador había el interés por el “aparato prodigioso” fue meramente científico, producto del “progreso del siglo”. Ya luego pasó a ser de entretenimiento para esferas exclusivas de la burguesía y después de las grandes mayorías, en una realidad donde el entretenimiento se basaba en eventos escénicos como el teatro, la zarzuela, y algunos eventos de carácter oficial. De pronto el cinematógrafo se hizo popular.
Según los datos consulados por el historiador, con la proliferación de las salas de exhibición hubo entre la prensa “científica” una precepción de disminución de la violencia y hasta de alcoholismo, que se consideraba un problema provocado, entre otras cosas, por la falta espacios recreativos.
En cuanto a si hubo oposición por parte de la iglesia, Aurelio de los Reyes no encontró indicios; mientras que el cinematógrafo comenzaba a ser usado en otros contextos, con en la promoción de funcionarios y eventos sociales, y en el terreno judicial, donde se preguntaba si era viable una grabación como prueba.
Durante el primer lustro hubo cronista1s que retrataron las impresiones y dieron su opinión, como Amado Nervo, Luis G. Urbina y José Juan Tablada. Algunos llegaron a emitir juicios estéticos sobre las imágenes que se proyectaban. Sin embargo, el cinematógrafo en principio no fue considerado como una expresión artística, a pesar de que el ideal de la época era retratar la realidad, como sucedía con las pinturas de José María Velasco.