“Bajo esta idea comenzaron a almacenar material genético de calidad para evitar problemas de endogamia de los animales que no podían reproducirse. Y dado que se tenía toda esa materia genética (los científicos) se comenzaron a preguntar por qué sólo salvar a los animales que aún existen y no a los que ya no”.
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La saga de películas está basada en la novela de Michael Crichton / Foto: Cortesía Debolsillo
Comparaciones con “Jurassic Park” y advertencias de impredecibles catástrofes fueron algunas de las reacciones más comunes en redes sociales ante la reciente noticia de la “desextinción” del lobo terrible. Esto, luego de que se hiciera público que la empresa Colossal Biosciences logró el nacimiento de tres cachorros de este animal, los cuales llevan seis meses bajo observación.
Rómulo, Remo y Khaleesi . En los videos virales se les mira en dos momentos: cuando casi recién nacidos, lanzan sus primeros aullidos y, después, un poco más grandes, jugueteando en la nieve. Como si no hubiesen pasado 12 mil 500 años desde que aquel depredador original dejó su última huella sobre la Tierra. Sin duda, un enorme paso para las ciencias exactas y la manipulación genética.
Pero para Michael Crichton (1942 -2008), autor de la novela en la que se basó la saga original de “Jurassic Park” este hecho tal vez no habría sido motivo sorpresa excesiva. En una grabación —un tanto difícil de encontrar entre las infinitas capas de contenido de internet— hay una entrevista que hizo para promocionar su novela en 1990 para la KPFA, una de las primeras estaciones públicas totalmente independientes de los Estados Unidos.
En ella él, que no era experto en genética, habla sobre el ADN de su novela, mientras los locutores le preguntan si en verdad consideraba posible que en algún punto se pudiese traer de la extinción alguna especie perdida: “Absolutamente, ¿por qué no? Quiero decir, lo que estoy haciendo (en esta novela), de una forma básica, es seguir las conversaciones de los científicos.
“A principios de los 80 hubo una nueva percepción de los zoológicos, en la que se comenzó a hacer evidente que todos los animales del mundo se iban a extinguir, excepto los que estaban en cautiverio, vigilados y protegidos. Así iba a ser el futuro y los zoológicos tendrían entonces una nueva función, no sólo exhibir animales, sino de preservarlos, convertiendose en un Arca de Noé”, apunta.
Michael Crichton menciona un ejemplo de una raza de caballo africano, parecido a la cebra que se extinguió en el siglo XIX como principal prospecto; pero, si uno revisa un poco, la intención de “resucitar” especies ha estado presente, sobre todo desde la Segunda Guerra Mundial y los candidatos han sido varios, desde bueyes feroces, canidos y felinos gigantes, hasta mamuts. Pero, aquí sería bueno hacer una pausa, pues la noticia del nacimiento de estos “lobos terribles” lo que ha provocado más que celebración entre los científicos, ha sido un gran debate.
En una entrevista para CNN en español, Agustín Ávila, investigador del centro de Ciencias Genómicas de la UNAM, señaló que, para empezar, no hay un artículo científico ni un comunicado oficial del logro anunciado, sino la información de ciertos medios que visitaron en algún momento las instalaciones de la empresa, y, además, que ejemplares de lobos, no son producto, como tal, del ADN original de los lobos terribles, sino la modificación del genoma del lobo gris para que se asemejaran ellos. Logrando rescatar su esencia.
Y, a todo esto... ¿Hay algo de lo que deberíamos preocuparnos? De vuelta a esa grabación de 1990 Crichton habla sobre la Teoría del Caos y afirma que ningún sistema puede ser predecible ni controlable en su totalidad, pues siempre hay variantes que terminan cambiar sistemas enteros. Esto en la novela termina en la catastrofe de la isla y el cierre del peligroso parque de atracciones. Volviéndose así, como bien señaló el crítico Christopher Lehmann-Haupt en las primeras reseñas de este libro en “The New York Times”, una especie de “Frankenstein”, por repetir el mecanismo del ser humano que se ve amenazado por su propia creación, en un intento por dominar las fuerzas de la naturaleza y la vida.
Pero hay otra amenaza que se menciona en el libro, y de la que no hemos hablado aquí, y que podría ser aún más aterradora: la codicia de las empresas privadas que —como sucedió en este caso real— tienen mayores recursos para investigar que las mismas universidades y gobiernos estatales, para cubrir el placer, entretenimiento e intereses de quien pueda pagar, incluso sobre la ética y la seguridad. Digamos que es otro dinosaurio, uno que nos mira burlonamente, casi seguro de que nunca despertaremos para darnos cuenta que siempre ha permanecido ahí.