Mario, uno de los puntos que me llamó la atención al leer tu libro es cuando hablas de la capacidad de la mente humana para regresar a su actividad después de una distracción. Tú mencionas que pueden pasar hasta 20 minutos antes de que nuestra atención se recupere completamente después de ser interrumpidos. Me parece un dato sorprendente.
Así es, y es más impactante cuando lo experimentas en carne propia. Durante la pandemia, me di cuenta de cómo mi atención se dispersaba con cada notificación que llegaba: desde los mensajes del trabajo hasta los de los hijos, los memes de WhatsApp o cualquier tipo de notificación. Antes de que me diera cuenta, estaba perdiendo tiempo sin siquiera saber cómo. De hecho, llegué a preguntarme si 20 minutos era exagerado, pero fue cuando realmente me puse a experimentar con esto, apagando las notificaciones, que entendí la magnitud del problema. Es un fenómeno que nos afecta a todos, aunque no siempre seamos conscientes de ello.
Y lo curioso es que, a pesar de ser conscientes de estas interrupciones, seguimos cayendo en ellas. ¿Cómo se relaciona esto con lo que llamas el “costo de la atención”?
Hay múltiples costos, algunos visibles y otros no tanto. Cuando perdemos el hilo de una conversación o una lectura, por ejemplo, hay un costo inmediato en nuestra capacidad de comprensión. Todos hemos pasado por esa experiencia de leer una página de un libro y, al mirar el teléfono por un par de segundos, regresar y no recordar lo que acabamos de leer. Pero el costo también es más profundo. En las conversaciones, por ejemplo, la calidad de la interacción disminuye notablemente cuando hay distracciones. Nadie puede realmente compartir cómo se siente si la otra persona está mirando la pantalla. Lo que estamos comunicando, a través de nuestra atención dividida, es que lo que está en la pantalla es más importante que la persona que tenemos enfrente.
Me llamó la atención una figura que usas en el libro sobre la desconexión, mencionas que cuando una persona está mirando su teléfono, es como si su alma ya hubiera salido del cuerpo, ¿puedes ampliar esa idea?
Claro, esa es una forma metafórica de mostrar cómo nos desconectamos cuando nos sumergimos en nuestros dispositivos. El cuerpo sigue allí, pero la atención ya está en otro lado. Es un fenómeno bastante común hoy en día, incluso en reuniones importantes. Estaba en una con la presidenta del Instituto Electoral de la Ciudad de México y ambas personas con las que estaba, la presidenta y su vocera, no dejaban de mirar sus teléfonos. En ese momento, me di cuenta de lo que estamos perdiendo como sociedad: la capacidad de estar presentes en una conversación.
Pero, ¿es una cuestión solo de educación o crees que es algo más profundo, relacionado con el condicionamiento tecnológico?
Definitivamente hay un componente de educación, pero lo que hemos vivido en los últimos años va mucho más allá. Hemos sido condicionados por la tecnología. Al principio, no pensábamos en los efectos que podría tener en nuestra atención, pero ahora sabemos que la tecnología está diseñada para interrumpirnos. Las notificaciones, los likes, las interacciones rápidas, todo está programado para activar un ciclo de recompensas. Es como una adicción que, al principio, no notamos, pero con el tiempo se vuelve cada vez más difícil de romper. Para nuestra mente, la falta de recompensas es como un vacío que necesita ser llenado, y por eso caemos constantemente en la trampa de revisar el teléfono una y otra vez.
En ese sentido, ¿cómo afecta esta dependencia en las interacciones humanas?, ¿Es esto algo que también afecta la educación?
Sin duda. Yo hablo en el libro sobre cómo esta dependencia se nota, sobre todo, en los jóvenes y en las aulas. Cuando volví a dar clases después de la pandemia, me sorprendió el nivel de adicción que muchos de mis alumnos tenían con sus teléfonos. Era como si no pudieran pasar más de diez minutos sin mirar la pantalla. El problema no es solo que se distraen, es que pierden la capacidad de profundizar, de pensar por más tiempo. Este tipo de condicionamiento afecta incluso la forma en que nos relacionamos con los demás: las interacciones se vuelven superficiales porque ya no sabemos estar completamente presentes.
En tu libro, hablas también de la ansiedad que genera la tecnología, sobre todo con las redes sociales. ¿Cómo crees que esa ansiedad se manifiesta en nuestra vida diaria?
La ansiedad está profundamente conectada con la necesidad de estar conectados todo el tiempo. Cuando no tienes tu teléfono cerca, la sensación de perderte algo se vuelve abrumadora. Las redes sociales están diseñadas para jugar con esa ansiedad: ya sea la ansiedad de no estar al tanto de algo importante o la ansiedad de no recibir la validación que buscamos. Es un ciclo constante. La ansiedad también puede manifestarse de otras formas, como el miedo a perder una oportunidad laboral, o el estrés de ver cómo los demás tienen una vida que parece más interesante o perfecta que la nuestra. Es un fenómeno que está en todas partes, y si no tenemos cuidado, nos consume.
En tu libro mencionas que estamos en una etapa similar a la de la industria automotriz o del tabaco, cuando no sabíamos aún los riesgos que implicaban. ¿Cómo ves el futuro en relación con la tecnología y nuestra atención?
Exactamente. Al principio, abrazamos la tecnología sin pensar en las consecuencias. Con el tiempo, hemos empezado a darnos cuenta de los efectos negativos, como lo hicimos con los autos o el tabaco. Ahora estamos en una fase donde la pregunta es si necesitamos regular nuestra relación con la tecnología. Algunas soluciones que están surgiendo incluyen crear espacios libres de teléfonos, o incluso recurrir a lo que se está llamando “teléfonos tontos”, dispositivos sin acceso a Internet. Es una forma de recuperar el control y, quizás, una señal de que hemos llegado al punto donde debemos replantearnos si la relación que tenemos con la tecnología es la que realmente queremos para nuestra vida.
Y ya no tienes Instagram, no tienes otras cosas, y entonces hay quienes están buscando la solución desde la propia tecnología. Hay quienes están construyendo la solución desde el establecimiento de reglas de convivencia. Hay quienes están buscando la solución desde la formación de hábitos, como no establecer rutinas, hábitos, espacios, tiempos de uso... que en el libro abordo algunos de ellos. Y yo creo que, primero, que no hay una solución única. Pero lo que es indispensable es que no sea la propia industria la que establezca los límites, porque es como dejar a la industria tabacalera que ellos solitos se regulen, como la televisora. No es la autorregulación, hay temas donde no. Y por eso hay horarios para transmitir ciertas cosas y horarios prohibidos.
Porque a lo mejor en este caso, esta plataforma solo tiene un objetivo: retener tu atención frente a la pantalla. No hay otro objetivo, porque eso es lo que significa facturar el producto. Entonces, cada vez que tú pasas 30 segundos ahí, ellos ya pudieron exponer un anuncio y ya tuvieron información sobre ti. Si pudieran tenerte 24 horas conectados, te retendrían las 24 horas. Yo encontré la manera de poner, por ejemplo, límites en TikTok, en mi Instagram, y se los puse a mis hijos con claves que yo conozco, para que haya un cierto límite. No les gustó, pero después un día me pasó a mí, un sábado de ocio, llegué una hora en TikTok y eso es demasiado. Y qué hice cuando me dijo, ‘15 minutos más’? Hoy nos hacemos como que no pasa nada, no me asusté. Dije, me fui por mí mismo, porque pues yo no estoy protegiendo a mis hijos y todo, pero...
Pero, ¿cómo hacer frente a las empresas? ¿Cómo verlas como los villanos, como los malos de la película? ¿Qué pasa si el gobierno tiene que regularlas?
“Es una gran pregunta, porque si el dilema se plantea como libertad o censura, ya es un dilema falso. Porque entonces pareciera que cualquier cosa que hagamos es limitar la libertad y, en principio, si ese fuera el dilema, todo el mundo tendría que optar por la libertad, no por la censura.
“Pero si lo entendemos como un tema de que muchas industrias, que no son los villanos, pero las industrias están reguladas... la industria energética está regulada, la producción de alimentos está regulada. Eso no significa que el gobierno le diga a las empresas qué se puede producir y qué no se puede producir. Simplemente significa que se establecen criterios mínimos que establecen límites para la operación de las empresas. Y creo que aquí en esta industria no hemos tenido esa conversación.
“Te pongo ejemplos: uno de los elementos de conducta que provoca que la gente no se salga de la plataforma es que es el único producto que no tiene principio y fin. Cuando tú estás en TikTok navegando, no hay fin. Si ves un libro, el libro tiene fin. Es una serie, tiene fin. Una película tiene fin. Tú puedes literalmente entrar a los 15 años a TikTok y salir para jubilarte con tu pensión del bienestar y nunca dejará de haber contenido. Nunca se acabó. Yo creo que eso, por ejemplo, la propia industria ha planteado como una práctica, que es como el equivalente de los casinos que no tienen ventanas para que no sepas si es de día o de noche. Aquí no hay final.
“Este tipo de discusión también incluye la violencia en los entornos digitales, que no tiene tanto que ver con la adicción, pero sí con la ansiedad y lo que experimenta la gente en estas redes. Las plataformas tienen que hacerse cargo del entorno y del ambiente dentro de las propias plataformas. No podemos, por ejemplo, seguir tolerando las prácticas de acoso que se viven en muchas de estas plataformas, amparadas en el anonimato, y que le han costado literalmente la vida a personas, sobre todo jóvenes, que de pronto son sujetos de mucha violencia en esos espacios.
“Entonces, yo creo que la discusión tiene que pasar, primero, por la industria. Ellos tienen cosas que decir. No se les debe excluir de la conversación. Ellos tienen que estar en la conversación, y también tiene que estar el gobierno, porque la autoridad, al final de cuentas, es responsable de proteger la salud de la gente.
“Y así como se regula la Profeco para regular la comunicación de las empresas de publicidad, así como Cofepris regula la calidad de los elementos que se comercializan y que la gente ingiere, también tiene que haber una discusión sobre los efectos y consecuencias que tienen estas tecnologías en la vida de la gente.
“Y creo que hay un tercer elemento: el diálogo social. O sea, el libro lo que propone, en el fondo, es un insumo, una propuesta o una provocación para que se genere una conversación familiar, empresarial, escolar, en torno al tema del impacto de la tecnología y cómo queremos que juegue en nuestras vidas.”