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Culturasábado, 6 de diciembre de 2025

Mundial 1986: ¿Cómo era México en el año en que recibió su última Copa del Mundo?

Pese a que México se encontraba en medio de una crisis económica y continuaba el proceso de reconstrucción de su capital, fue sede por segunda vez del torneo

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Samantha Laurent

Una capital hundida en escombros

Fue un duelo nacional, si bien la entidad más afectada había sido la capital del país, el resto de los estados se mostró desconcertado ante lo ocurrido aquella mañana del 19 de septiembre de 1985, cuando un sismo sacudió y derrumbó edificios enteros y a civiles dentro de ellos.

¿El panorama? Nada alentador, pero no “quedaba de otra”, la nación debía salir de ese gran bache, pues tenían que prepararse para el Mundial de 1986, del que fue anfitrión meses después y los preparativos no podían echarse para atrás.

Prueba de ello fue el sorteo. No habían pasado ni 100 días desde la tragedia y éste se llevó a cabo en los estudios Televisa San Ángel problema alguno el 15 de diciembre de 1985. El mensaje era claro: México se mantiene en pie ante la adversidad.

Sin duda, esto no fue un impedimento para que el Mundial se inaugurara en el Estadio Azteca el 31 de mayo de 1986, año en el que la capital todavía se encontraba en un estado de reconstrucción y limpieza de las zonas afectadas.

Reconstrucciones, crisis y huelgas

Mientras la sociedad intentaba levantarse de lo ocurrido, la capital poco a poco se reconstruía, su rostro cambió y dejó de ser la que todos conocían, esto tras la demolición completa de diferentes edificios que ya formaban parte de la vida cotidiana y en cuyo lugar aparecieron otros.

Asimismo, el país enfrentaba en ese momento una economía debilitada, desempleo, falta de vivienda, específicamente para los afectados en la ahora Ciudad de México, problemas sociales, etc.

La protesta era contra el “Plan Carpizo”, propuesto por Jorge Carpizo, el rector de la UNAM en esos momentos, en abril de ese año, el cual buscaba privatizar la educación y aplicar cuotas a los estudiantes de la máxima casa de estudios.

El movimiento cuestionaba también la falta de democracia al interior de la institución, como la elección del recto y otros cargos. De esta forma, las calles y algunas instalaciones universitarias se vieron ocupadas por miles de estudiantes que salieron a manifestarse en contra de esto.

La euforia envolvió no sólo a los aficionados del balompié, sino también a una sociedad entera que a ratos salía a festejar los goles de su selección a las calles.

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La emoción se reflejaba en las caras de los espectadores y dejaba ver que la sociedad no se había inmutado ante la crisis, tal y como lo menciona Monsiváis en su libro “Entrada libre: crónicas de la sociedad que se organiza”:

“Los rostros se iluminan 30 o 45 segundos y prueban que la crisis solo afecto la economía y la psicología colectiva nada más”.

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