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Culturaviernes, 31 de octubre de 2025

Xoxocotlán, cuando los muertos regresan a casa

Cada 1 de noviembre, el municipio zapoteca de los Valles Centrales de Oaxaca se cubre de cempasúchil y copal. En sus tres panteones, los vivos conviven con sus ancestros en una velada que resiste al paso del tiempo

Luis Ramírez / Corresponsal

A solo dos kilómetros, el imponente sitio arqueológico de Monte Albán observa en silencio la continuidad de una tradición que nació con los antiguos zapotecas y que hoy se fortalece con cada generación.

“Aquí están los abuelos”

En el panteón San Sebastián, considerado el más antiguo y conocido como el viejito, doña Avelina, de 77 años, acomoda flores frente a las tumbas donde descansan su abuela Josefa, una hermana y dos niñas.

Mis hijos están en el otro panteón, velando a los demás”, dice mientras enciende una vela. “Aquí ya no entierran a nadie, pero aquí están los abuelos, los que fundaron el pueblo.”

Herencia de Monte Albán

Santa Cruz Xoxocotlán, cuyo nombre significa “junto a los frutos agridulces”, conserva una relación directa con la antigua ciudad zapoteca. La antropóloga Alma Susana Hernández Narváez, especialista en patrimonio cultural, explica:

La noche que se enciende

Desde la tarde del 31 de octubre, las campanas anuncian la llegada de los angelitos, las almas de los niños. El 1 de noviembre es para los adultos, y el 2 se dedica a todos los fieles difuntos.

El pletatamal, sabor de la memoria

Entre los aromas de copal y pan de yema, destaca un platillo que solo se prepara esta fecha, el pletatamal, símbolo de comunión familiar.

Es una comida ancestral”, cuenta don Cecilio. “Mi abuelo, nacido en 1878, ya lo conocía. Se hace con maíz quebrado y chile rojo, cocido al vapor en hojas de plátano y hierba santa. Es algo que solo tenemos en Santa Cruz.”

Fe que no se apaga

“Cada año somos más los que participamos”, dice don Cecilio. “Nuestros panteones se llenan de luz y vida. Algunos dicen que las tradiciones se pierden; aquí no. Aquí crecen. Lo que nos une es el amor a nuestra gente y a nuestros muertos.”

Una herencia que perdura

Para la antropóloga Hernández Narváez, Xoxocotlán comparte con Mixquic y Pátzcuaro el mismo espíritu, la convivencia con la muerte.

“La diferencia”, dice, “es que aquí el vínculo con los ancestros zapotecas sigue intacto. Es una herencia viva, transmitida con orgullo.”

Don Cecilio agrega que “aquí la muerte no se teme, se honra. Nuestros muertos no se fueron, solo están del otro lado, esperando que encendamos la luz para que vuelvan a casa por una noche.”

Entre sombras y recuerdos

Al final de la velada, el silencio vuelve al panteón. Algunos aseguran sentir la presencia de quienes regresan. Don Cecilio recuerda una historia familiar:

En Santa Cruz Xoxocotlán, el Día de Muertos no es solo una conmemoración. Es una lección de vida, la certeza de que la muerte, cuando se acompaña con amor, también ilumina.

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