Jaime López cuenta que todo comenzó desde que nació, en 1954, por el entorno y su familia. “Cuando la frontera con Estados Unidos aún no era la rebatingade hoy”.
Jamie de pequeño soñaba con tocar la guitarra
Por el trabajo de su padre militar, Jaime y su familia, solían viajar a lugares estratégicos del país: “A donde hubiera caballos ahí íbamos”.
Antes que nada, la forma es contenido
Y en una de esas descuelgo la guitarra y me voy con “El trovador solitarioY en una de esas descuelgo la guitarra y me voy con “El trovador solitario
La rotonda de los hombres “inlustres”
De los hoyos funky a la TV
¿Y la “Chilanga banda”?
“Como compositor yo no veo esos límites del cuadrante natural que es este país. Como tal, yo me quedo con la confluencia y la diversidad más que con la división”, apunta López.
“Yo nunca he creído en la nostalgia. Para mí es un animal muerto, estéril. El pasado como tal no, que quede claro porque a veces se confunde pasado con la nostalgia”, finaliza.
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Jaime López cuenta su historia en la música / Ivonne Rodríguez / El Sol de México
“Yo no soy muy dado a los manifiestos, siempre he desconfiado de ellos. Pero si hay uno que he seguido es el de Picasso, que dice ‘Yo no busco, encuentro’”, afirma Jaime López (1954) con su áspera voz, en entrevista con El Sol de México en la terraza de un café en la colonia Portales de la capital chilanga.
“Uno nace para transformar la realidad, lo quieras o no… Pero estar en la jugada es lo que propicia los encuentros, que son la única forma de llevar todas las ocurrencias hasta las últimas consecuencias. Así es como me ha sucedido”, agrega, mientras frente a él yace un ejemplar físico de su más reciente disco, “Séptimo pisto”, con el que celebra y agradece los kilómetros recorridos a sus 71 años.
Autor icónicas canciones, como “Chilanga Banda” —la misma que Café Tacvba terminó de elevar como un rotundo éxito musical— y “Sácalo”, casi un himno en la voz de Cecilia Toussaint, o “A la orilla de la carretera” y “Ella empacó su bistec” en su propia voz, es un atento testigo y partícipe (crítico y criticado) de la evolución del rock y la música popular. Además ha incursionado en la televisión y el doblaje de películas; su vida ha sido un largo transitar entre cruces y fronteras.
Pasó sus primeros años de infancia en varias ciudades del norte del país, entre ellas Ciudad Juárez y Nogales, pero principalmente en su querida y natal Matamoros, “la ciudad más occidental del Caribe, muy cerca de Nueva Orleans”, una región entrecruzada por sonidos.
“El Golfo de México siempre ha sido una gran olla criolla, con muchos ritmos, no sólo la música norteña, sino la tropical, el jazz y el nacimiento del rocanrol negro, que es el que les tocó a mis hermanos en su adolescencia, es decir Chuck Berry, Little Richard, James Brown”, la “canciones de cuna”, que escuchaba dentro de “una familia disfuncional que funcionaba”, llena de melómanos, en la que Jaime fue el único que tocó un instrumento, aparte de su padre que había sido primero violinista y luego militar Mayor de Caballería.
“La música ahora sí que estaba en el aire, ‘blowing in the wind’, como en la canción. Mi hermano Luis era aficionado al radio de onda corta, entonces captaba estaciones de Nashville, de Cuba, de Centroamérica, ‘del Infinito y Mazatlán’”, recuerda, y ríe al recordar a esos hermanos que a sus más de 90 años, siguen discutiendo con gran pasión las raíces del rock. Ellos le inculcaron la devoción por los discos de 45 revoluciones. “Yo antes que un libro, tuve un disco entre mis manos”, apunta.
Fue así que una temporada vivió en la localidad de Cerro Azul, en la huasteca veracruzana, donde había un pozo petrolero y fue el lugar donde cursó la secundaria en una cooperativa de Trabajadores de Pemex, viviendo entre las barracas militares.
Un buen día de 1967, Jaime le pidió de broma a su madre que le trajera una guitarra cuando hiciera uno de sus acostumbrados viajes familiares a Jalisco. “Entre militares, petroleros y comerciantes Cerro Azul era muy cosmopolita. Para mí era una pequeña ciudad donde había gente de todos lados. Mi jefa solía hacer esos viajes y entonces, como al mes de una de sus ‘giras’ por el Bajío, regresó con una guitarra de Tlaquepaque. Era una broma, pero el que se ríe se lleva”.
Jaime intentó aprender con un grupo norteño, “pero eran tan cábulas que no funcionó”, además de que el puente de la guitarra le parecía “más grande que el Puente de Brooklyn”, por lo que colgó la guitarra. Aun no sabe bien cómo, pero un año después, tal vez de una forma irónica o más bien simbólica, la volvió a tomar entre sus manos.
Jaime López en entrevista / Ivonne Rodríguez / El Sol de México
“Y en una de esas descuelgo la guitarra y me voy con “El trovador solitario’, que era un sargento de Caballería, Vicente Chanona, y en menos de dos semanas yo ya distinguía afinación, armonías y ritmos, que curiosamente no fue el rock, sino boleros y rancheras”, relata el músico, que asegura que su primera canción fue un bolero. “Fue entonces que supe cuál sería mi oficio, la música”.
Una vez más Jaime viajó, pero ahora a la Ciudad de México y se instaló en la unidad Lomas de Plateros, cerca de Barranca del Muerto. La suerte hizo que se quedara en Prepa 5 de la UNAM y fue ahí donde comenzó a estudiar teatro con el dramaturgo y director Héctor Azar.
“Fue el teatro lo que me colocó aún más en eso de la tocada y la composición. Extraño, porque la música me condujo a la literatura y el teatro y éstos de nuevo me llevaron a la música”.
Así Jaime, tanto en la preparatoria como en la universidad —estudió sólo un semestre la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM—, adquirió mayor conocimiento sobre gramática y métrica, materias que le gustaron porque le hicieron descubrir que el lenguaje tenía su propio tipo de solfeo.
Música de la palabra que aprendió a identificar en autores del Siglo de Oro, como Santa Teresa, Francisco de Quevedo y Góngora (bien conocidos por su sátira), además de García Lorca, Jorge Manrique, el arcipestre de Hita y Dylan Thomas. Varios de ellos musicalizados por su maestro, el compositor Paco Ibáñez.
“Todos estos ejercicios me hicieron consciente de algo que es muy personal: para mí la forma es contenido, antes que nada. Si dominas la técnica con un balón puedes hacer buenas jugadas, si manejas bien el capote puedes ser buen torero. Es de ahí donde surge la inspiración realmente, que sin técnica, luego no tienen ningún sentido”, cuenta.
Como si hubiese tenido una segunda vida, Jaime López comenzó a moverse en el submundo de una especie de “pre-hoyos funky”, en los primeros años de la década de los 70, que fue su introducción a “la rotonda de los hombres inlustres”. Estos se ubicaban en barrios de la ciudad, que él poco a poco fue conociendo hasta que se encontró con que había una colonia rica en sonidos: Portales.
“Yo empecé a vagar y vagar por este lugar que yo sigo sosteniendo que fue como nuestro Liverpool y creo que de algún modo lo es, porque tengo entendido que aún hay varios músicos importantes que han salido y siguen tocando aquí. Yo estuve en ese circuito en que gracias a Portales empecé a conocer, ahora sí que toda la ruta madre, de la Cavernícola Oriental, la Roma, Mixcoac y otros lugares donde tuve bandas que no tenían nombre, que se hacían y dejaban de existir”.
Todo pintaba que ese era el medio, pero entonces sucedió Avándaro, que le dejó con sentimientos encontrados, entre gozo y decepción, pues se había sentido mucho más atraído por el teatro, principalmente de Alejandro Jodorowsky. Aunque esto no evitó que tuviera cada vez más presentaciones, e incluso grabar sus primeros discos.
“El primer sorprendido al paso del tiempo fui yo, de ver que se estaba convirtiendo en mi trabajo y que sobre todo estaba generando dinero. Yo amo hacer canciones y creo que la mejor manera de proteger lo que amas es saber cobrar. Yo tuve que aprenderlo, porque al principio cobraba para que no me vieran la cara de pendejo”, asiente mientras recuerda que su primera paga fue de siete pesos con 50 centavos. “Ese fue un momento referente para mí, que me dijo que valía algo. Había otros pagos, ya sabes, en especie: Sexo, drogas y rocanrol”.
Con los conciertos, vinieron cada vez más composiciones que pegaron al instante, como “Blue Demon Blues”, que llamó la atención por ser de las primeras composiciones sobre la lucha libre; así como lanzamientos de discos y diferentes colaboraciones, con Roberto González y Emilia Almazán, Arpía, el grupo de Cecilia Toussaint, o José Manuel Aguilera, actual líder de La Barranca. Muchas de ellas, más que jocosas, crítica política tanto a la izquierda como a la derecha.
Comenzó a firmar con disqueras, entre ellas una de Nueva York, y a participar en el programa de televisión “Siempre en Domingo”, que conducía Raúl Velasco, y para el cual el comenzó a crear contenido. Las críticas no se hicieron esperar, lo acusaron de traidor.
Café Tacvba considerada Re el mejor disco del rock en español / Foto: Nadya Murillo / El Sol de México
“Hay un gran temor en cierto sector contestatario, que ni es sector ni es contestatario, y que muchas veces es una economía inactiva, que no genera realmente y que más bien pega por delante y cobra en la trastienda. Varias veces ese sector es parte de la izquierda que si dejas de estar en sus foros te acusan de traición a la patria.
“Cuando yo trabajé en Televisa, nunca fui un artista exclusivo de ellos. Era un artista realmente independiente, antes de que existieran ‘independientes’ con independencia subsidiada. Me aventé al ruedo y una de dos, o aprendes a volar o te das en la madre. ‘Placer o no ser, ese es el riesgo’”. Luego llegó el temblor de 1985 y ese trabajo en televisión mermó. Sin embargo, Jaime siguió su camino.
Sobre su canción más conocida, “Chilanga banda”, asegura que en realidad fue producto de la técnica, necesidad laboral, inspiración repentina, pero también su contacto constante con diferentes variantes del español como la del norte y la del centro.
“Mi proceso de ‘chilanganización’ se fue dando sin saberlo. Yo no soy un cronista de esta ciudad. Cronista José Joaquín Blanco, que lo hace muy bien. Esta ciudad se te impone, pero vale más por lo que le inventas que lo que porque te da en concreto. Entonces yo me fui inventado esta ciudad”, y así, tras algunos intentos de componer una especie de rap para el programa “Siempre en Domingo”, un día, caminando por la ciudad, la “Chilanga banda” salió de un tirón, la cual tuvo una buena recepción, pero no fue un éxito hasta que Café Tacvba hizo el cover.
“Un día en una de las resurrecciones del Rockotitlan se me acercaron ellos, hablándome de usted. Yo les dije que podían hacer lo que quisieran, pero que como ya estaba editada, tenían que ver cuestiones formales con la editorial. Ellos lo vieron y salió. Fueron muy decentes en pedir permiso y, por supuesto por velar por la chamaca, es decir la rola”.
De regreso al “Séptimo pisto”, que ya está a la venta en formato físico y disponible en streaming, Jaime López explica que se trata de una serie de tributos a varios encuentros que ha tenido en su carrera, personajes como Álex Lora con quien tiene una colaboración, José Agustín a quien sobre todo leyó en los 90, al poeta Dylan Thomas, y a sí mismo, para ponerse muy “whitmaniano”.