Me contaron que al principio hubo algo más de cordura, con una canción que hablaba de recuerdos y el retorno a ellos. Me la perdí. Sin ello, no pude redimir lo que le siguió.
¿De qué trata “Tu cuerpo partido o 20 días negros”?
A veces erramos. Ese es el tema con experimentar. Pero me aterra que no lo digamos y que, en un sentimiento de hermandad malformada, demos falsos aplausos que representan nuestra sociedad.
Quizá, eso es el siglo XXI. Una audiencia frustrada, enojada, incluso, sin atreverse a decirlo.
Esa tarde, también aplaudí. Hoy, con estas palabras, lo retiro. Espero otros hagan lo mismo.
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Los personajes de "Tu cuerpo partido o 20 días negros" cantan en maya y en español. / Foto: Cortesía: Teatro la Rendija
Al giro del siglo XX, decidimos, como sociedad, que el teatro era espacio para experimentar, al menos, eso decidieron los autores cada vez más atrevidos. Ese es el fundamento del teatro contemporáneo: la experimentación, el atreverse a romper formas establecidas para llevar a la emoción. A veces se triunfa, a veces, la osadía lleva a algo tanto mejor que si nos hubiéramos quedado con las obras de Shakespeare o Lope. Pero a veces, como recordé hace unos días, la metáfora toma el otro sentido. Las obras, al igual que los experimentos, pueden fallar.
Hoy, escribo de uno de esos casos, de “Tu cuerpo partido o veinte días negros”, una obra que vi en sus funciones postreras, un día nublado en el teatro del bosque Julio Castillo.
Iniciaría por el principio, pero llegué minuto y medio tarde, con un grupo de amigos que fue separado, con precisión quirúrgica, por los trabajadores del teatro entre el puñado de asientos restante, hecho que sería crucial para atreverme a escribir esta crítica. Me enfrenté con un teatro a oscuras y a la obra recién iniciada. Frente mío, una estructura transparente inflada, dentro de ella, un hombre sin camisa alternando la desesperación con gritos. Afuera, entraban y salían personajes en movimientos y coreografías que parecían azar, eso, me temo, es lo mejor que podré decir, aún sin saber si esa era la intención.
Por una hora y media, se alternó lo mismo. Una y otra vez entraban personajes, salían, cantaban entre el maya y en español. A veces, se paraban en un par de cajas, a veces, se tiraban al suelo. El fondo cambiaba en momentos dados; en ocasiones, ponía las letras de canciones aunque, no pude evitar notar, con un desfase desesperante, dejando la palabra anterior cuando ya se cantaba la siguiente.
Me entristece haber leído, antes de entrar, el resumen de la obra que ofrece la Ciudad de México en su página web. Gracias a ella, entendí muy vagamente la trama. Sabía que trataba de la guerra de castas; de la brutalidad de los eventos y un eventual retorno, nostos como dirían los griegos. Gracias a ello, entendí por qué se hablaba maya, por qué los atuendos eran los que se usaban y por qué, en momentos dados, los personajes cantaron la palabra “Mérida”.
Ahí, en el teatro, sentado en la oscuridad, me preguntaba lo que habría sido sin ese apoyo del internet y habiéndose perdido esos minutos, al principio. Una concatenación de cantos sin historia que llevan a un final repentino, el cual recibí confundido, pero agradecido de su llegada. Algo habría entendido sobre Yucatán, aunque, si hubiese sido un extranjero, o pensado en una puesta en escena, en otro país, eso me habría, también, evadido.
Al prenderse las luces, escuché como a un lado mío, la gente debatía si aplaudir. Las palmadas tardaron unos segundos, pero llegaron, incluso escuché cómo alguien susurraba “hipócritas”. Al salir y encontrarme, de nuevo, con mis amigos, separados en un principio comentamos que todos vivieron lo mismo: confusión acompañada de frustración; todos alrededor nuestro, hablando, entre voces, sobre su frustración.
De haber ido solo, me hubiera ahorrado estas palabras; hubiera buscado otro tema para contribuir y comentar de la vida cultural capitalina. Pero, habiendo visto la frustración generalizada oculta entre los aplausos, no pude resistir a decir lo que sentí.
Sí, entendí poco de la obra y podría criticarla. Criticar su narrativa pobre, tanto así que perderme unos minutos me tiró a un maremoto de confusión. Así mismo, hablar de las canciones que movían la trama con figuras surrealistas que, antes de poder descifrar, ya habían brincado a otra igual de enmarañada. Tanto que decir, de algo que dijo tan poco.
Pero no. Me llamó más ese sentimiento compartido, al final, por mis compañeros y las personas alrededor. Una confusión por no entender lo que vimos, seguido por una falso aplauso después de que uno, solo se requiere de uno, lo inició. Todos aplaudimos entre susurros, todos nos frustramos. No nos atrevimos a decir lo que sentimos; eso quizá, es una metáfora del siglo en el que vivimos.
Hemos dejado que gobierne lo subjetivo. Que gane una compasión infinita que, en general, respeto y admiro. Vemos el arte de nuestros tiempos, nos confundimos, pero en lugar de criticarlo, apreciamos que a otros podría gustarle; otro podría aplaudirlo. Escuchamos sus palmadas y, en conjunto, aplaudimos. Un aplauso incómodo que oculta lo que realmente sentimos.
Hay que ponerle un alto. Hay que decir las cosas como son y dejar, a un lado, la idea que la subjetividad implica un infinito permisivo. Eso será, para nuestra calidad artística, un hecho dañino. Si el arte, como la humanidad, también marcha hacia formas mejores, estamos en un trote dificultado por nuestra tolerancia subjetiva.
A veces, en el intento por crear, fallamos en el fundamento del arte: el evocar emociones en su público. Si ese era el objetivo, como supongo de toda obra, la que describo, fue un fracaso rotundo. Lo fue en lo subjetivo personal, pero también en el de las siete personas que me acompañaron y todos en su redonda. Si eso no basta para una crítica, no sé lo que lo hará.