La embalsamadora que le da vida a la muerte
Alejandra Acosta Pérez tiene 27 años y considera que el trabajo de los embalsamadores es un tema tabú, ya que es un recordatorio de que la gente se va a morir
Alejandra Acosta Pérez tiene 27 años y considera que el trabajo de los embalsamadores es un tema tabú, ya que es un recordatorio de que la gente se va a morir

Gloria López / El Sol de México
Alejandra Acosta Pérez limpia, drena, corta y remienda cuerpos. Mientras lo hace, piensa en cosas simples como qué va a comer o qué va a hacer cuando salga de trabajar.
Con la mirada fija sobre un hombre al que tiene que embalsamar, se pregunta si tiró la basura, enumera los pendientes del día siguiente o las tareas que aún tiene por resolver al regresar a su casa. Recuerda que la vida continúa, aunque ella toque la muerte cada día.
Ella se ha dedicado casi una década a un oficio que pocos se atreven a mirar de frente, pero que cumple una función esencial en la vida de las personas: preservar la dignidad de los muertos.
“Aprendes a vivir junto a la muerte sin que te consuma”, dice mientras lava el cadáver de un hombre que murió de cáncer de próstata.
Alrededor de las 11:00 de la mañana, el miércoles 29 de octubre, Alejandra, de 27 años, recibió el cuerpo del hombre de 60 años en la funeraria Condesa, lugar donde lleva más de tres años embalsamando cuerpos.
La funeraria, por su ubicación en la colonia Obrera, en la alcaldía Cuauhtémoc, casi a diario, recibe personas accidentadas en motocicleta, pero este no fue el caso. En esta ocasión fue una muerte por enfermedad.

La petición de los familiares para Alejandra Acosta fue rasurar la barbilla y peinar su cabello “hacia atrás”, como él lo hacía naturalmente. Le entregaron su última ropa para despedirlo. Un conjunto de pants y sudadera color beige, tenis negros, calzoncillos grises y calcetines grises con rombos negros.
Para la joven con los brazos tatuados, su trabajo es igual de importante que arreglar a una persona con vida. Los antecedentes y la causa de la muerte no importan, todos los días se propone entregar los cuerpos de manera digna.
Trata igual a los cuerpos, así hayan sido homicidas, feminicidas, rateros o violadores. El caso que más le impactó fue el feminicidio de una madre e hija. La pareja de la joven acabó con sus vidas. Alejandra embalsamó a las dos. También embalsamó a su tía, pero de eso no puede hablar tanto porque se le quiebra la voz. Dice que es más impactante embalsamar a un familiar.

Limpios, frescos, presentables, tranquilos, en paz y respetables. Como si no les hubiera atravesado la muerte, cuida que cada gesto, cada pliegue de la piel, cada dedo y cabello, deje el mejor recuerdo a los familiares del difunto.
“El embalsamador no es solo un técnico, también ayudamos en la parte del cierre emocional de las familias”, reflexiona.
Alejandra Acosta dice que el miedo a hablar de la muerte ha ocultado el trabajo de los embalsamadores, que es un tema tabú que los mantiene en el anonimato, porque su trabajo es un recordatorio constante de que la gente se va morir.
A ella no le da miedo la muerte. Come mientras embalsama. Tacos de suadero, pastor o campechanos, o mejor aún, enchiladas o chilaquiles, su comida favorita. Dice que lo importante es comer cuando no le ha dado tiempo. No importa si tiene que ser al lado de un muerto.

Escucha música mientras trabaja, rock o reggaetón. La ponen de buen humor. Los cuerpos que más le gusta embalsamar son los de las mujeres, en ellas puede arreglar las uñas de sus manos, peinar su cabello, maquillar su rostro y vestirlas bonito. Los que menos les gustan son los cuerpos de personas que se suicidaron y de bebés. Siente tristeza porque no vivieron lo suficiente.
Dice que desde niña le fascinaba la muerte. Cuando salía de la primaria y llegaba a casa, siempre buscaba la oportunidad de ver su programa favorito de medicina forense Dr. G Medical Examiner, ahí descubrió que en los restos de la vida podía haber propósito, ciencia y, sobre todo, belleza.
Desde entonces mantuvo firme su convicción y durante tres años estudió tanatopraxia y múltiples diplomados en preservación cadavérica, reconstrucción facial, repatriaciones y necropsias, es decir, la técnica de preparar cuerpos después de la muerte para que puedan ser velados.

Ahora, Alejandra Acosta se siente especial, como una superheroína que tiene el poder y conocimiento de lograr que un cuerpo dure más tiempo, que a pesar de que pierde su forma, color y firmeza, puede ser entregado con un aspecto sereno y digno, pues sin este proceso, los familiares no tienen la posibilidad de realizar un funeral y despedir por más tiempo a su muerto.
“Para mí el embalsamamiento es encontrar belleza en el dolor, dignificar la muerte”, dice mientras acomoda sus guantes de látex.
Para Alejandra Acosta, la parte más complicada de su trabajo es el tratamiento y extracción de cavidades porque considera que es grotesco, pues debe perforar el cuerpo de una persona por todos lados. Pulmones, corazón, tráquea e intestinos.
No siente asco cuando toca órganos, vísceras o cavidades internas, a excepción de una sola cosa. Las larvas. Detesta tener que quitarlas de los cuerpos en estado de descomposición. No soporta sentir en sus manos los pequeños insectos como si fueran “arroz batido”, pero entiende que forman parte del ciclo, que incluso en la muerte hay vida que insiste.
El proceso de embalsamamiento consiste en conservar el cuerpo durante más tiempo, sin este tratamiento químico, el cuerpo debe ser velado en un corto periodo de tiempo, entre 24 y 48 horas, antes de que comience la descomposición.
En cada embalsamamiento, Alejandra Acosta realiza un ritual entre químicos, agujas y maquillajes. Comienza con la limpieza y desinfección del cuerpo, lavando piel, cabello y uñas para preparar el terreno. Luego realiza un drenaje de fluidos y la inyección de químicos en el área de la arteria carótida que se encuentra en el cuello, para detener el proceso de descomposición.

Inserta grandes instrumentos quirúrgicos como cánulas para la extracción de fluidos por medio de un pequeño orificio en el área abdominal. Realiza una aspiración nasal y bucal para evitar que puedan salir fluidos, mucosidades o espuma por la nariz y boca cuando están dentro de los ataúdes.
Durante este proceso también atiende heridas, cortes o cicatrices visibles y, si es necesario, se hace reconstrucción facial o de otras partes del cuerpo, como manos o rostro, usando materiales especiales.
La parte favorita de Alejandra Acosta es maquillar y ajustar los últimos detalles, el instante en que el cuerpo parece ceder a la calma. Dice que en ese momento se siente relajada, casi inspirada, como si cada trazo devolviera un gesto perdido.
Cierra los ojos, cose los labios con una precisión de costurera paciente, maquilla el rostro hasta alcanzar un tono que recuerda la vida, peina el cabello y viste el cuerpo. Finalmente, queda listo para que los familiares puedan despedirse con sosiego.
Alejandra Acosta también colabora en el trámite de repatriación, el ritual de retorno. Prepara los cuerpos de los muertos que fallecieron en la ciudad para regresarlos a su estado o país de origen, para su último regreso a casa. Hace ocho meses preparó el cuerpo de un hombre nigeriano que se murió de una infección en la Ciudad de México.
El proceso de embalsamamiento duró tres días, donde tuvo que tomar descansos de cinco horas para realizar un buen trabajo y evitar que se desprendiera ningún tipo de olor fétido o fluido. El cuerpo del hombre tenía como fecha de caducidad un mes o de lo contrario comenzaría su proceso de descomposición. Afortunadamente, tras el proceso legal, logró que el cuerpo integro regresara a Nigeria.
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Reportera de la CDMX. Cubro temas de género, política, derechos humanos y de la diversidad sexual.
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