Convertido en un pueblo fantasma, Hércules se aferra a sobrevivir en medio del desierto tras la caída de AHMSA
El pueblo minero se resiste a morir tras el cierre hace casi tres años de la mina de hierro, subsidiaria de Altos Hornos de México
Hector Dario Valenzuela y Quitzé Fernández / El Sol de la Laguna
Tenía 14 años de edad, venía desde Concepción del Oro, Zacatecas, rumbo a un punto que no aparecía en los mapas.
“Yo decía: Yo creo que voy a topar con la pared del mundo. Me imaginaba la tierra como una bola y que el camión iba a pegar en la pared”, recuerda.
Cuando por fin llegaron, no había calles, ni luz, ni iglesia, ni escuela. Apenas un rancho rentado, unas casitas de madera clavadas en medio del desierto y un cerro al que le decían “El Uno”.
…Todavía no se llamaba Hércules.
“Nos pusieron llaves de agua en cada casita, y a trabajar. Aquí no había nada. Ni luz, ni seguridad, ni doctor, ni escuela. Nomás el cerro y el fierro”, dice.
“Trabajamos muchos años sin seguro, sin nada. Era como si no existiéramos”, detalla respecto a las condiciones de trabajo que por décadas enfrentaron.
De rancho anónimo a mina gigante
Los hizo repetir tres veces una plegaria al señor Cayetano: “Un hombre fuerte como fierro”, según Dolores.
Cuando los geólogos confirmaron que sí había mineral de fierro, alguien decidió que aquel lugar debía llamarse como otro personaje fuerte: Hércules.
—Yo digo que es por eso —dice ella—. Por el fierro, porque era fuerte.
Por años, sin embargo, el pueblo fue un punto ciego.
Dolores agrega que un día regresó de visita a Concepción del Oro y familiares en la computadora buscaban “Hércules” y no lo hallaban. Encontraban La Perla, Jiménez… pero a Hércules no.
La comunidad que levantó el fierro
Y afuera de la propiedad de la mina, hay un pequeño hotel y una gasolinera que abre solamente ciertas horas del día.
Reyes Omar Granados llegó a Hércules en 1992, con 20 años y un hijo de tres meses. Venía desde la comunidad Esmeralda, también en Sierra Mojada, buscando un sueldo fijo. La mina lo enganchó rápido.
“Hércules fue lo máximo”, dice. “Mientras estuvo trabajando (la mina), aquí teníamos todo: salud, educación, becas, hasta casa. Ganábamos bien”.
Los días se repartían en tres turnos. En las tardes, las calles hervían. Había gente afuera de las casas, niños en bicicleta, partidos en las canchas.
Reyes habla en presente cuando se refiere a la felicidad, como si se tratara de algo que todavía no le quitan del todo.
Un pueblo en medio del desierto
Emanuel Macías, maestro de primaria, llegó en 2007. Le ofrecieron una plaza en Acuña; él pidió cambio.
“Me dijeron: Solo hay en Hércules, Coahuila”, cuenta. “Yo ya traía clavada la espinita del desierto, así que dije: Va”.
Viajó desde Monclova en autobuses de asiento duro hasta Torreón, luego a Camargo, y de ahí tomó un camión urbano adaptado que brincaba sobre cada piedra del camino. Tardó entre catorce y quince horas.
“Era como ir en una pecera, pero llena de tierra. Volteabas por la ventana y sólo veías desierto. Yo pensaba: Pues ya estoy conociendo el ecosistema que quería, ahora falta ver a dónde diablos voy a llegar”, dice.
Cuando llegó a la escuela Adolfo Prieto, las familias ya lo esperaban. En aquellos años había rotación constante de maestros: muchos sólo cumplían los meses necesarios para pedir cambio. Emanuel decidió quedarse.
“Me enamoré del pueblo” dice. “Había mucho trabajo que hacer con los niños, con los jóvenes, también en la iglesia. Y aquí, entre el desierto y el fierro, sentí que mi vida tenía sentido”.
El día que empezó a vaciarse Hércules
Esa primera noche sin luz fue la más larga. Adentro de las casas el aire se espesó y los ventiladores quedaron inmóviles. Afuera, el pueblo se hundió en una penumbra absoluta.
“En invierno aguantamos frío, pero el calor de aquí sin luz es otra cosa”, cuenta Oscar Arturo Sagarnaga, mecánico y encargado de los generadores. “Hubo un diciembre que casi lo pasamos todo sin Comisión”.
La empresa y el municipio llevaron generadores para alimentar por lo menos una parte del pueblo. Se organizaron por sectores: unas horas de luz para un barrio, luego el siguiente.
Emanuel Macías lo vivió con sus alumnos.
“Había días que nos quedábamos cuatro o cinco días sin luz”, relata. “Teníamos que programarnos: juntar agua cuando hubiera, adelantar tareas, aprovechar al máximo las horas de claridad”.
Cuando se apagó la mina
“A nosotros nos empezaron a detener los pagos hace dos años y medio”, explica Reyes. “Luchamos, hicimos lo que pudimos, pero no logramos nada. La gente se empezó a ir cuando ya no había nada para nosotros”.
Honorio Natanael García era operador de triturado y cuarto de control. Tenía ocho años en la mina cuando la operación se frenó.
“Yo me fui seis meses a Monclova”, cuenta. “Entré a una maquila, hacía respaldos y cabeceras de trocas, pero batallábamos mucho. No había chamba en todos lados”.
Cuando su suegro, también trabajador de la mina, le habló para decirle que se jubilaba y que había una casa disponible en Hércules, Honorio ni pensó dos veces.
“Nos regresamos. Aquí está más tranquilo para criar a los niños. Yo quería que vivieran lo que yo viví: todo el día en la calle, en la cancha, sin tanta preocupación”, relata.
Los que podían se fueron a Camargo, Delicias, Chihuahua, Monclova. Otros optaron por municipios cercanos. Muchos dejaron las casas tal como estaban: muebles, cortinas, juguetes, ropa en los clósets.
“Es que la gente piensa volver”, explica el pastor Juan José Contreras. “No se llevan todo porque tienen fe en que la mina va a arrancar otra vez”.
Los que se quedaron
“Aquí todos nos conocemos”, dice Reyes. “Muchos somos hijos de los mineros viejos. Así que cuando alguien batalla, entre todos le echamos la mano”.
Vivir con cortes y silencio
“Hubo un frío muy duro. Hacían cortes estratégicos: unas horas de luz para cada sector. Nos programaban para que alcanzáramos a juntar agua, a lavar, a hacer lo básico”, relata el maestro Emanuel Macías.
“A mí nunca me gustó el pueblo”, confiesa. “Me gusta el monte. Aquí agarro mi bote de agua y me voy donde quiero. Hay venado, jabalí, gato montés, coyote, zorras, tlacuaches”.
El silencio es tan profundo que, como Dolores Vázquez aquella primera vez, uno podría pensar que llegó al borde del mundo. Sólo suena la orquesta persistente de los grillos.
Infancias en un pueblo minero
El maestro Emanuel Macías recuerda que, al inicio, el plan de la mayoría de los niños era claro: terminar la escuela y entrar a trabajar a la mina. Ahora, muchas de esas rutas se rompieron.
“Sí ha sido un proceso complicado. Cada baja es una familia que se va. Hay niños que vienen a despedirse: ‘Maestro, ya nos vamos porque mi papá encontró trabajo en otra ciudad’. Duele, pero aquí seguimos”, admite.
Honorio Natanael García, en cambio, quería que sus hijos vivieran la experiencia completa del pueblo, incluso en crisis.
“En Monclova casi no los dejaba salir. Aquí, en cambio, uno de niño se la pasaba todo el día en las canchas, en la calle. Eso quería para ellos”, relata.
Mientras el número de alumnos baja, las escuelas se resisten a cerrar. La instrucción, dice Emanuel, es mantenerlas abiertas. Él y su esposa —también docente— han decidido quedarse, al menos por ahora.
“Amamos este lugar. Nos ha dado mucho”, afirma.
Fe, trabajo y espera
“Cuando yo vine, esto estaba lleno. Teníamos entre 150 y 180 personas por culto. Ahora seremos unos 60 o 70, contando niños”, recuerda.
“Muchas familias venían conmigo. Me decían: ‘pastor, no sabemos si irnos o quedarnos’. Yo les decía que hicieran una balanza: qué ganan y qué pierden aquí, qué ganan y qué pierden allá. Yo no decido por ellos, sólo les ayudo a pensar”, cuenta.
“Aunque haya crisis, la gente aquí tiene mucha fe. Fe en Dios y fe en que la mina va a volver a trabajar. Por eso muchos dejan sus casas amuebladas: están seguros de que van a regresar”, detalla.
Los viejos mineros
“Nos pagaban veinte pesos por dompe lleno (camión). Y a los trabajadores de planta, 17.50 por día. No había médico ni luz ni nada. Pero era bonito, más tranquilo que ahora”, dice.
El accidente de su marido la dejó marcada para siempre.
A él lo sacaron en avioneta. A ella la sacaron del entendimiento.
“No razonaba. No conocía a mis hijos. Quedé como loca”, dice.
Años después, José Raúl murió con los pulmones llenos de fierro.
“Escupía puro fierro”, recuerda Dolores. “Le afectó el corazón, todo. Murió a los 85 años”.
Ella no tuvo pensión debido a que en los inicios de Hércules, nadie tenía acceso a prestaciones laborales como seguridad social y su esposa debido al accidente, fue “pagado” con 14,000 pesos después del accidente.
Vive de la pensión para adultos mayores del gobierno federal. Cuando le preguntan si se iría del pueblo, responde que no, que quiere quedarse. “A ver si se arregla esto, y luego ya sí, morirme”.
El futuro que se sueña
Debajo de las casas, la plaza y el estadio, sigue habiendo mineral. Dolores recuerda que su esposo le pedía no construir “una casa muy buena” porque ahí abajo, derecho hasta el estadio, “va el fierro pavo, que es el mejor fierro”.
“Los geólogos sacaron un mapa, como platillo volador con brazos para todos lados, como pulpo, pero era puro fierro. Ese fierro pasa por aquí”, cuenta.
Reyes coincide: el problema no es que la mina se haya agotado, sino que falta inversión y claridad sobre el futuro de AHMSA y de Minera del Norte.
“Todavía le queda vida a la mina. Es cuestión de que alguien le meta dinero en serio. Aquí está la materia prima, el resto del mundo sigue necesitando acero”, asegura.






























































