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Méxicodomingo, 1 de marzo de 2026

El animal que habita en mí: identidad, juventud y el fenómeno therian

Rubén Romero, Montserrat Maldonado, Daniela Hernández y Gloria López / El Sol de México

La expectativa era multitudinaria.

En el punto acordado comenzaron a reunirse estudiantes y curiosos. Algunos sostenían el celular listos para grabar. Otros observaban con esa mezcla de escepticismo y entretenimiento que acompaña cualquier episodio que promete rareza.

Pero de quienes se identifican como therians llegó solo uno.

Tenía 25 años. No llevaba máscara ni orejas postizas. No había disfraz ni teatralidad. Dijo reconocerse como French Poodle blanco.

Lo que parecía el nacimiento visible de una subcultura masiva terminó revelando otra cosa: la distancia entre el ruido digital y la experiencia íntima.

En México, esa conversación apenas empieza a asomarse al espacio público.

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En Atlixco, Puebla, lejos de cualquier convocatoria viral, la historia de Ninoo comenzó de otra manera.

“No era una sensación de superioridad, sino de diferencia”, dice.

Mientras otras niñas parecían tener claridad sobre quiénes eran, ella experimentaba una inquietud difícil de nombrar. No sabía cómo explicarla porque ni ella la comprendía del todo.

No sabía volar. No nació con alas. Pero cada vez que alzaba los brazos imaginaba plumas desprendiéndose de ellos. Era una fantasía íntima, casi vergonzosa.

“Soy una therian”.

Hoy tiene 17 años y cursa el último año de bachillerato. Utiliza un nombre distinto para proteger su identidad. Desde hace cuatro años se reconoce como búho.

No se despertó un día sintiéndose animal. No se ha visto como uno ni actúa como ave. No imita movimientos ni se pone plumas. Lo que es no se expresa en lo físico, sino en lo espiritual.

Para ella, ser therian no implica comportamiento literal.

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En un mundo donde la identidad ya no se hereda sino que se construye, esa pregunta —¿quién soy?— adquiere una intensidad particular.

En ese terreno movedizo, la adolescencia no es excepción.

“Es parte de la búsqueda de identidad”, señala. Cada grupo y cada forma de identificación están asociados a factores sociales, económicos y culturales de su época.

Para él, la presión identitaria no es mayor que en otras generaciones. Cada joven atraviesa esa fase intermedia en la que deja de ser niño pero aún no es plenamente adulto. La pregunta “¿qué soy?” es estructural.

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Juan Martín Pérez García, coordinador de Tejiendo Redes Infancia, sitúa la conversación en una perspectiva histórica más amplia.

Frente a la reacción social, habla de pánico moral y adultocentrismo: la tendencia a que la voz adulta tenga más valor que la de niñas, niños y adolescentes. Cada generación mayor cuestiona a la siguiente.

A madres y padres recomienda tranquilidad, escucha y acompañamiento sin prejuicios ni imposiciones.

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Mientras en Atlixco la identidad de Ninoo se vive hacia adentro, en la Ciudad de México Gray la habita con mayor visibilidad.

“Estudio, salgo con mis amigos, con mi novio, hago lo que un humano haría normalmente”, dice.

“La máscara es un arte, es un talento que vamos adquiriendo. Ahora me piden máscaras por internet y las vendo entre 700 y mil pesos”.

Entre clases de anatomía y cuidado animal, Gray responde pedidos en línea. Ha hecho máscaras de gatos naranjas, nutrias y otros animales que marcaron su proceso. Algunas las conserva como registro de ese trayecto.

Calcula que la comunidad therian en México es pequeña. Menciona alrededor de 150 personas en la Ciudad de México y quizá cerca de mil en todo el país, aunque reconoce que no hay cifras formales.

Ella también ha recibido mensajes hostiles. No los dramatiza.

Sé quién soy. No soy esa persona que están retratando. No dejo que alguien que ni siquiera conozco me arruine mi vida, ni mis días”.

“Soy una persona buena, hago cosas humanas y tengo un pequeño extra en mi personalidad: ser therian”.

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Luis Moisés López Flores, profesor del Departamento de Estudios Humanísticos del Tec de Monterrey, amplía la discusión hacia la relación histórica entre humanidad y animalidad.

Las redes actuales permiten que esas experiencias se encuentren y se reconozcan entre sí. Lo digital y lo presencial, añade, ya no están separados: lo que se viraliza impacta la vida cotidiana.

Antes de asumir que se trata de un “problema identitario”, propone aproximarse desde la escucha y el análisis contextual.

“Antes de alarmarnos, el primer paso debe ser tratar de comprender”.

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En Ciudad Universitaria la conversación fue breve. En redes, intensa.

La identidad se asoma, tímida, entre estéticas que ya llevan décadas ahí.

En Atlixco, Puebla, la vida de Ninoo sigue otro ritmo.

Cursa el último año de bachillerato. Su identidad como búho no define cada aspecto de su vida, pero forma parte esencial de quien es.

“No se trata de ponerse en cuatro patas ni de imitar sonidos. Es una vivencia espiritual interna”, dice.

Cuando decidió compartirlo lo hizo primero con amistades cercanas. Después con su familia. No habla más de ese proceso, por respeto a su privacidad.

Aun así, encontró aceptación en su círculo cercano. No lo hace público abiertamente. “Sé que la exposición implica riesgos”.

A pesar de ello, la decisión le dio libertad.

“Es como si finalmente hubiera alineado lo que sentía desde niña, sin necesitar una validación legal ni reconocimiento público”.

El búho no reemplaza su humanidad. Le ha enseñado, dice, a observar antes de hablar, a moverse con cautela, a valorar el silencio.

“Lo espiritual no siempre necesita ser visible para ser real”.

Después guarda silencio unos segundos.

“Yo no tengo alas”, dice finalmente, “pero el búho que habita en mí no necesita volar físicamente para existir. Y eso, para mí, es suficiente”.

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