La adrenalina del martillo: sudor, billetes y obsesión en la subasta del Indep
Hombres del campo, revendedores y empresarios se enfrentan a punta de billetes por camionetas, lotes exóticos y chatarra de lujo en la subasta a martillo del Instituto Para Devolverle al Pueblo lo Robado
Rafael Ramírez / El Sol de México
Los lotes exóticos y el fetiche por la rareza
Los asistentes con experiencia explican divertidos que lo más interesante es ver joyas o artículos decomisados al crimen organizado en la subasta, pero de eso no hubo nada este jueves. Aunque desfilan objetos que parecen sacados de bodegas secretas:
• 252 drones: precio de salida, 30 mil pesos; venta final, 75 mil.
• Rollos de alambre: 56 mil 400… vendidos en 130 mil.
• Set de uñas (sí, dos toneladas de uñas): 47 mil 700… rematado en 160 mil.
• 291 kilos de bocinas, 240 mil.
• 365 kilos de relojes, 86 mil 400 pesos… desierto.
• Botellas de vidrio vacías en 128 mil 500… nadie quiso cargar con su absurdo.
Las joyas del día ruedan en llantas: camionetas blindadas, pickups desgastadas, vehículos que cambian de dueño al ritmo frenético de las paletas levantados.
Una Nissan Navarra 2020 arranca en 209 mil 500 pesos y termina en 370 mil.
Pero la estrella enloquece al salón: una Ford F-250 modelo 2023, salida en 393 mil 200 pesos… vendida en un millón 180 mil pesos. El eco del martillo suena como un disparo.
Entre el mar de botas y chamarras de piel, surge Fátima López, zacatecana, joven, seria, enfocada. Vino a hacer negocio con autos. Perdió su ansiada F-250, pero ganó aprendizaje.
“Soy primeriza… solo había estado en subastas en línea. Aquí juegan con mucha estrategia”, admite, casi ruborizada.
Aunque se fue con las manos vacías, aprendió que la ambición puede costar más que el vehículo y hay que ser cauto.
Los textileros del millón
En medio del salón, empresarios de origen judío compran lotes de tela como si tejieran destinos: mil 694 rollos suben de 878 mil pesos hasta cerrar en un millón 330 mil. Cada puja suena como tijera cortando ansiedad.
Junto al pasillo, Reinaldo Domínguez presume su botín: una 4×4 doble cabina 2013. “Es cuestión de billetes”, advierte.
“Ofreces otros cinco mil, otros 10 mil… hasta que dices ya no puedo. A veces no vale la pena, ves cuando son puros fierros”.
Lo más loco que ha visto: una avioneta Beechcraft C-90 vendida el día anterior en cinco millones de pesos. “Eso ya no es para uno”.
Cuando el martillo manda callar
La verdadera alma del lugar se mueve de lado a lado con un chaleco verde, silbidos y palmadas. Se llama Jorge Gómez Leiva, y su oficio tiene nombre: Ringman.
Su trabajo: detectar miradas, cejas, dedos nerviosos, pequeños gestos que significan dinero y animarlos a ofrecer más. “Hay que mantener esto al 100%”, dice, empapado en energía.
Su sonrisa aviva llamas internas. Su silbido abre carteras.
Al final, la directora del Indep, Mónica Fernández Balboa, sonríe. Dice que superaron el monto de salida, que todo está “claro y transparente”.
Recuerda al reportero de El Sol de México que lo recaudado irá a causas sociales, fondos de bienestar, programas públicos. Y que cada modalidad —en línea, a sobres cerrados, martillo— tiene su público, su fauna, su fiebre.
La fiebre del remate
Entre risas, decepciones y paletas rojas sudadas, cae la tarde. La adrenalina se diluye como azúcar en café.
Hay quienes se van con camioneta nueva, aunque en realidad “es de medio cachete”. Hay quienes vuelven con manos vacías y una historia para presumir.
Pero todos salen iguales: con el corazón latiendo como si hubieran apostado su alma en una pelea de gallos.
En México, la subasta es ritual. Es negocio, vicio, suerte, ego… y hambre. Y mientras el martillo siga sonando, siempre habrá alguien dispuesto a levantar la mano. Aunque le cueste más de lo que vale.
Soy reportero desde que los teléfonos tenían antena. Escribo del congreso y partidos políticos.
































