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Méxicodomingo, 7 de septiembre de 2025

No jurarás el nombre de Dios en vano… para dejar de beber 

En la capilla donde suena “La maldita primavera”, todo es contradicción: un rito breve para una guerra larga, miedo que consuela y un cartón frágil que pesa como una vida

Gerardo Jiménez

El verde de la marquesina es un verde gastado. Al levantar la mirada, un letrero confirma que quienes buscan el lugar han llegado: “

JURAMENTOS.... Te convoco de todo corazón. ¡RESPÓNDEME, SEÑOR!

“¡No jurarás el nombre de Dios en vano!”

Camina entre filas y reparte estampillas. Les pide que lean. Les dice que redacten. Les coloca una prueba frente a la prueba: un texto breve que deberán volver a leer y estudiar en el mismo cuaderno pequeño donde escribieron su nombre.

Llama la atención un hombre mayor, más de cincuenta. Delgado, cabello salpicado de canas, no rebasa el metro sesenta de estatura. Entra atropelladamente al templo. Se tambalea. Una de sus hijas lo apoya del brazo.

El castigo puede ser implacable, según la religión y según la propia sociedad. Por ello, el diácono Juan Leandro Ricoy lo repite una y otra vez durante el sermón de juramento: “¡No jurarás el nombre de Dios en vano!”.

“Para que ese sano temor a Dios infunda en nosotros el hecho de que si juramos lo tendremos que cumplir para el bienestar, como decíamos, ¿verdad?”.

Les recomiendan que cada semana o cada mes lo vuelvan a leer completo, para que no desfallezca la abstinencia.

“En un día promedio, de 9:00 a 14:00 horas y de 16:00 a 18:00 horas, podemos atender a 500 personas”, explica Leandro Ricoy.

Afuera espera otro grupo para ingresar y repetir la misma acción. El tránsito no se detiene; la fila se organiza sola; la voz de la canción, intermitente, sigue ahí, como un rastro que uno encuentra cuando regresa por el mismo camino.

“Si no creemos en esto, estamos perdidos totalmente”

Martín sale serio de la capilla de las Capuchinas, que es donde acaba de jurar para no alcoholizarse más, porque llevaba “muchos años de mucha fiesta”, justifica, mientras mira de reojo a su esposa, a su madre y a su suegra.

Hace una pausa sin dejar de observar a su esposa, que parece haber llorado toda la noche —tiene los ojos hinchados—, y admite que se tuvo que doblar ante el vicio.

Uno solo no puede. Necesitas derrotarte ante el vicio y buscar ayuda de Dios y de la familia, porque uno solo no puede, definitivamente

Afuera la canción sigue en la bocina, sin necesidad de que nadie la anuncie; el mismo estribillo, el mismo registro, una pista conocida en una escena que no necesita más música que la que ya tiene.

“Eso me ayuda un poquito más a confiar en él, entonces esperemos que así sea, que se recobre la fe. Que se recupere la fe y que la recupere él también. Y la confianza va agarrada a la mano”, expresa con voz nerviosa.

Agrega que recurrió al “pedacito de fe” que tenía escondido para llevarlo hasta la capilla de los Juramentos. Irene, una mujer madura de temple recio, es la madre de Martín.

Dice que tiene historial compartido con un alcohólico —su esposo— y trata de entender a su nuera; por eso decidió acompañarlos.

En los seis años que Juan Leandro Ricoy Ramírez lleva como diácono — el hombre ordenado que asiste a los sacerdotes y proclama el evangelio— ha conocido todo tipo de historias, desde las más comunes hasta las más inesperadas.

“Me la pasaba todo el día tomando hasta la fecha, ahorita me dieron ganas de venir porque estaba con mi hija, con mi nieto y los corría de mi casa.

Desde los veintidós años consume alcohol, pero la adicción se incrementó hace unos meses, cuando conoció a su actual novio, a quien señala como responsable de obligarla a beber porque, según cuenta, a ese hombre le complace verla en ese estado.

Asegura que no fue deportado; regresó porque extrañaba a su familia. Una playera negra con letras brillantes con la frase “Las amo” así lo refleja.

Dice que se la puso en honor a ellas: su esposa e hijas. Lleva tres años ingiriendo bebidas alcohólicas; está desempleado y ha decidido dejar de beber por un año, mientras pregunta dónde venden pancita o un caldo de pollo

Juan Leandro Ricoy y el diácono Ignacio Guadalupe Valtierra Rodríguez coinciden en que este lugar es un “espacio de salvación”, otra alternativa porque la ciencia y los tratamientos no han podido, a veces, con el control de las adicciones.

Por eso es motivante cuando viene un hermano o hermana que nos dice: ‘terminé mi juramento de 20 años, de diez años’ de no beber o drogarse, y eso lo llena a uno de alegría. Otros desgraciadamente no cumplen”.

Las regiones top son Ciudad de México-Estado de México y la zona Pacífico-Norte del país para consumo excesivo anual; mientras que la Frontera y Pacífico-Centro para consumo de bebidas alcohólicas reciente.

“Desde aquí escuchas mi petición y plegaria. Te prometo dejar las bebidas o lo que él crea conveniente, eso lo puede hacer”, recomienda. No exige testigos; exige intención. El cartoncillo puede estar o no estar; la voz basta.

El consumo de alcohol y estupefacientes no son las únicas adicciones por las que acuden a jurar a esta capilla.

Rodríguez Valtierra señala que, en estos días, hay otras penas que aquejan a los fieles: dejar de robar, reñir, engañar, creer en supersticiones, ser infiel, la adicción a la tecnología y problemas alimenticios.

Leandro Ricoy agrega que son los jóvenes quienes enfrentan estas adicciones.

No hay promesa de milagro, hay un método: el texto firmado, el rezo, el recordatorio periódico, el acompañamiento posible.

Esta es la última puerta de salida para dejar de sufrir y hacer sufrir. Es el consuelo que algunas personas reflejan cuando salen del templo con juramento en mano, aunque esa promesa se rompa en los próximos días o en las próximas horas.

Y todo lo que arrastra. Y todo lo que sostiene. Y el intento —otra vez, una vez más— de empezar.

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