El reciente coqueteo de Estados Unidos con la monarquía es inquietante, pero la historia nos ha demostrado que la monarquía es mucho más que la apropiación del poder y los salones dorados
Ricardo era dado a la hipérbole, pero incluso según sus estándares, “para siempre” era un poco optimista. En 18 meses, lo expulsaron de su trono y lo asesinaron.
En las manos adecuadas, la monarquía podía ser una forma eficaz de organizar la sociedad.
¿O podría haber 44 en la práctica?
El tono y la velocidad del giro trumpista hacia lo que sus detractores llamarían dictadura, monarquía o tiranía no eran impredecibles.
A pesar de todo el ruido y las protestas, todavía estamos lejos del verdadero regreso del rey.
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Manifestantes en una protesta bajo el lema "Sin Reyes" en Memphis, Tennessee. Las protestas contra la administración Trump en más de 2600 ciudades y pueblos de Estados Unidos atrajeron a millones de manifestantes / Foto: The New York Times
En 1398, Ricardo II, rey de Inglaterra, escribió una ridícula carta a Alberto I, duque de Baviera. Ricardo estaba de buen humor. Llevaba más de veinte años gobernando Inglaterra y, aunque durante mucho tiempo se había sentido frustrado por los intentos políticos de suavizar sus instintos autoritarios, en los últimos meses había roto sus cadenas.
Durante años, afirmaba, había sufrido injusticias a manos de sus enemigos, “cuyas conspiraciones son notoriamente más destructivas que cualquier plaga”. (La plaga más reciente había matado hasta al 60 por ciento de la población de Inglaterra, pero en ese entonces nadie hacía verificación de datos). Ahora, Ricardo había contraatacado con el exilio o la ejecución de cualquiera que hubiera herido sus sentimientos. “Por el justo juicio de Dios, nuestra severidad vengativa se ha impuesto para la destrucción y ruina de sus personas”, escribió en la carta. Afirmó haber traído a su reino “una paz que, por la gracia de Dios, puede durar para siempre”.
En la larga lista de reyes y reinas británicos, Ricardo destaca como uno de los peores. Era susceptible, grandilocuente, paranoico, vengativo, dado a la exageración y la mentira, despreciativo de las normas políticas, inepto, vanidoso, perezoso y rencoroso. No sabía distinguir entre sus propios caprichos y los deberes de su alto cargo, y consideraba la mayoría de las críticas como traición. También se rodeó de aduladores de segunda categoría que le decían lo que quería oír, y los recompensaba por su lealtad incondicional.
En resumen, era un ejemplo de los peligros de la monarquía medieval: un sistema político que, incluso cuando estaba limitado por instituciones, constituciones, controles y contrapesos, seguía otorgando un enorme poder a una sola persona y a su amplia red de familiares, amigos y clientes.
Una formidable teoría política que se remonta a Aristóteles sostenía que un rey que defendiera las fronteras de su reino, respetara la ley y gobernara en consulta con su pueblo por el bien común era la clave para un Estado que funcionara bien. Si se conseguía un rey con conocimientos políticos, capacidad militar, inteligencia, reflexión, carisma, piedad, virtud y suerte —un rey como Eduardo III o Enrique V de Inglaterra—, se vivían buenos tiempos. Como figura cuasidivina, con un derecho absoluto (normalmente dinástico) al cargo, un rey podía servir como un campeón mítico para su pueblo: una figura en la que un reino podía basar su orgullo patriótico y su obediencia cívica.
Sin embargo, cuando la corona recaía en la cabeza equivocada, como a veces ocurría por azar genético, las consecuencias eran terribles. Un mal rey podía ignorar las normas políticas, abusar de su poder, robar, aterrorizar a sus súbditos, nombrar consejeros corruptos, eludir las instituciones o volverse loco.
Estos eran los ingredientes de la cara oculta de la monarquía: la tiranía. Y una vez que un rey se convertía en tirano, el daño podría extenderse con facilidad. Un tirano podría degradar tanto la corona que la salud del cuerpo político en general podía fallar. Pero destituirlo podría causar aún más daño a un sistema político que dejarlo en su lugar.
Hoy en día, la monarquía nos parece una forma extraña y arcaica de gobernar un país, una reliquia de la Edad Media que es mejor dejar allí, junto con la peste bubónica. Sin embargo, durante la mayor parte de la historia de la humanidad, fue la forma predeterminada de gobierno. Excepto los nobles experimentos de la democracia ateniense (siglos VI al III a. C.) y la República romana (siglos VI al I a. C.), el giro contra la monarquía no comenzó en serio hasta hace unos dos siglos, con la revolución francesa y la estadounidense. Incluso entonces, la monarquía ha perdurado: despojada, desarmada, pero aún presente. A principios del siglo XX, había alrededor de 160 monarquías gobernantes en el mundo. Hoy en día, 43 naciones siguen teniendo un rey o una reina como jefe de Estado.
Esa es la tesis del movimiento “No Kings” (No a los reyes), que se puso en marcha en junio de 2025 con una serie de protestas que coincidieron con el cumpleaños 79 del presidente Donald Trump. Los organizadores de las protestas de “No Kings” argumentan que la segunda presidencia de Trump equivale a una serie de apropiaciones de poder autoritarias cuyo objetivo es instaurar en Estados Unidos una forma de monarquía. Consideran que la persecución de los inmigrantes ilegales, los recortes en el gasto federal, las desgravaciones fiscales para los más ricos y las supuestas medidas para restringir las elecciones justas por parte del gobierno de Trump son formas de monarquía con otro nombre. La declaración de su misión dice así: “Este país no pertenece a reyes, dictadores ni tiranos. Pertenece al pueblo... Sin tronos. Sin coronas. Sin reyes”.
Sería fácil descartar esto como alarmismo si no fuera porque el propio Trump ha fomentado, de forma provocadora, esta misma comparación. En febrero, después de que frustrara un intento de introducir tarifas por congestión de tráfico en la Ciudad de Nueva York, la cuenta de X de la Casa Blanca publicó una portada falsa de la revista Time en la que aparecía Trump con una corona, acompañada del pie de foto “Larga vida al rey”. Días antes, Trump publicó un comentario en Truth Social en el que se leía: “El que salva a su país no viola ninguna ley”.
Millones de manifestantes asistieron a las manifestaciones “Sin reyes” en todo Estados Unidos en junio y octubre por la preocupación por el fortalecimiento de los poderes presidenciales y la creciente autocracia bajo el presidente Donald J. Trump / Foto: The New York Times
La fascinación personal del presidente por la monarquía le valió una inusual segunda visita de Estado al Reino Unido, donde en septiembre fue recibido por el rey Carlos III en un banquete en el castillo de Windsor. Mientras tanto, en su país, el Despacho Oval ha sufrido una especie de transformación real, con decoraciones doradas pegadas en todas las superficies. El ala este de la Casa Blanca ha sido demolida para dar cabida a un nuevo salón de baile digno de un zar ruso. Hay en todo el asunto un guiño muy apropiado a Versalles, el palacio encargado por Luis XIV, el “rey Sol” de Francia.
Se supone que Luis es el rey que dijo: “El Estado soy yo”. Durante su primer mandato como presidente, en virtud del artículo 2 de la Constitución de los Estados Unidos, Trump afirmó “tener derecho a hacer lo que quiera como presidente”.
Mucho antes de las elecciones de 2024, comentaristas de la derecha estadounidense, entre ellos el académico Hans-Hermann Hoppe y el bloguero Curtis Yarvin, defendían la sustitución de la democracia estadounidense por una forma de monarquía ejecutiva.
Ambos encontraron una audiencia receptiva para sus ideas en el mundo libertario y cercano a la tecnología de la política de la “píldora roja”, donde existe una sensación cada vez mayor de que el mayor obstáculo para el progreso social y económico es la tediosa existencia de las instituciones democráticas. Esa opinión ha sido resumida de la mejor manera porel empresario multimillonario Peter Thiel, quien una vez escribió: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.
Sentimientos como estos, que hace solo unos años se habrían considerado profundamente antiestadounidenses, han perdido al menos parte de su impacto. Y tal vez eso sea comprensible. Las otras superpotencias mundiales del pasado y del presente, Rusia y China, han estado gobernadas durante años por líderes autoritarios septuagenarios, que ejercen el poder de forma indefinida y parecen encarnar cada vez más su reino.
Y aunque, desde la Segunda Guerra Mundial, esa no ha sido la forma de actuar de Occidente, existe una creciente sensación de inquietud en todo el mundo libre sobre la capacidad de las instituciones de la posguerra para hacer frente a los problemas posteriores a la pandemia de COVID-19. Las sociedades obsesionadas con las celebridades están llegando a considerar quelos pilares de la sociedad de la posguerra —la prensa, el poder judicial, el Congreso— han sido capturados por élites remotas, incapaces de llevar a cabo cambios o que los obstaculizan de manera deliberada. Durante el breve periodo en que Elon Musk fue el visir de Trump para la eficiencia gubernamental, defendió su teoría de que la democracia se veía estructuralmente obstaculizada por la existencia de una gran burocracia permanente que bloqueaba cualquier cambio significativo, sin importar los deseos del electorado.
La solución a esto —la táctica rectora del gobierno de Trump— ha sido intentar gobernar mediante decretos de estilo monárquico, con la emisión de una avalancha de órdenes ejecutivas, con lo que elude o arrolla la oposición de otras ramas del gobierno y corteja la obediencia de los oligarcas multimillonarios como condición para su continua prosperidad, además de confiar en un gabinete de ministros elegidos no por su capacidad de pensamiento independiente, sino por su conexión familiar con el presidente o por su lealtad incondicional, expresada repetida y efusivamente.
El presidente Donald Trump con el presidente Nayib Bukele de El Salvador dentro de la Oficina Oval de la Casa Blanca en Washington / Foto: The New York Times
¿Esto convierte a Trump en un rey medieval en todo menos en el nombre? Por mucho que pueda parecer un Ricardo II de nuestros días, hay una objeción crucial. En 1787, después de que Jorge III fuera expulsado de las coloniasy se estuviera redactando la constitución de los nuevos Estados Unidos, Alexander Hamilton recomendó a la Convención Constitucional que el presidente fuera elegido, pero que ostentara el poder de por vida.Esto habría sido lo más parecido a una monarquía estadounidense que se pueda imaginar.
Sin embargo, Hamilton fue derrotado y la presidencia se limitó a mandatos de cuatro años, que, desde la aprobación de la 22ª Enmienda, sólo pueden ocuparse legalmente dos veces. El coqueteo de Trump con el desafío a la Constitución —y las afirmaciones rotundas de Steve Bannon, presentador de pódcast y antiguo asesor del presidente, de que Trump se presentará en 2028— no son más que bravuconerías.
Eso es importante. Si hay una característica que distingue a la monarquía medieval de todas las demás formas de gobierno, es la permanencia y, por lo general, la hereditariedad. La razón medieval para aceptar un gobernante supremo que ostentaba el poder hasta el día de su muerte y que luego transmitía el trono a un heredero directo era eliminar cualquier duda sobre el origen y el destino de la autoridad pública. En torno a la figura atemporal del rey y la línea real, se podía construir un sistema político estable.
Sin importar lo que se piense de la presidencia de Trump y sus políticas, esta es una línea que aún no se ha abordado, y mucho menos cruzado. La verdadera implementación de una monarquía estadounidense consistiría en instaurar no sólo al rey Donald I, sino a una dinastía de la familia Trump. Eso sería una revolución comparable, o incluso superior, a la del siglo XVIII.
/ Foto: The New York Times
Dan Jones es historiador, escritor y presentador de televisión británico. Es autor de Poder y tronos: Una nueva historia de la Edad Media y Henry V: The Astonishing Triumph of England’s Greatest Warrior King (Enrique V: El asombroso triunfo del mayor rey guerrero de Inglaterra). También presenta el pódcast “This Is History with Dan Jones”.