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Cuando estamos pequeños somos totalmente dependientes, lo sabemos, donde no podemos ni tener un dulce si no es porque un adulto lo compra antes, la mayoría de los mamíferos al destete están listos para conseguir su alimento, quizá un pequeño lapso de tiempo acompañados por la madre, pero la especie humana estamos más tiempo pegados a un adulto, por esa dependencia total que experimentamos durante la infancia y pubertad.
Al llegar a la adolescencia viene el anhelo de ser independientes, comienza un rechazo a la formación educativa de la casa y una rebeldía mal entendida, al tratar de encontrar nuestra identidad, porque creemos que somos independientes, ya somos grandes, pero seguimos comúnmente dependiendo de un adulto que nos provea no sólo el alimento sino también la tecnología
Por ejemplo: se quejan en el consultorio de que sus hijos se la pasan en los videojuegos o el celular, en ese momento le pregunto al pequeño ¿cuánto te costó el teléfono? En ocasiones me dicen el precio, pero le vuelvo a hacer la misma pregunta, ya en la segunda ocasión diciéndole específicamente que el dinero lo obtuvo de ese adulto que se está quejando, por lo que el joven está sobreutilizando algo que él mismo le proporcionó. Haciendo hincapié que la tecnología no es mala, sino que no se pusieron reglas, por eso la consecuencia es más difícil de controlar.
Pero la realidad es que esa independencia solo es una ilusión, ahora esa ilusión, ese sueño no se alcanza en la adolescencia, pero tampoco en la etapa adulta, porque siempre al estar dentro de una sociedad vamos a depender de un tercero, esa persona que tiene ganado, aquel que mata las vacas, quien hace zapatos, el comerciante que los acerca al mercado, en fin todas las personas que estamos en una sociedad, dependemos de otros y nuestras actividades participan también dentro de esa comunidad.
Somos interdependientes, la independencia es solo una utopía, ni ricos ni pobres son independientes, a menos que una persona sea ermitaña no habría otra forma de conseguir esa ilusión, entonces podemos construir sociedades sanas a partir de comprender ese concepto, porque mi sobrevivencia y la de mi familia depende de alguien más, pero también el producto de mi trabajo o de lo que realice mi familia contribuye a un equilibrio positivo dentro de la sociedad.
Si comprendemos eso podemos tratar mejor al prójimo, a nuestros vecinos, a nuestros clientes, empleados o a quien nos sirve en algún negocio, sería la base de una sociedad más armoniosa, entendiendo que el beneficio de la comunidad se va a reflejar en lo individual y viceversa.
Ahora no se trata de frustrarnos al ver que ese sueño de ser independiente jamás lo lograría dentro de una sociedad, pero al preparar nuestro entorno para una visión interdependiente seremos mejores ciudadanos e incluso buscaremos de qué manera participar más activamente, cuando yo comprendí eso busqué ayudar no sólo desde mi trabajo como doctor, también doy clases de medicina, escribo en un periódico, participo en consejos empresariales locales y en Cruz Roja, buscando no solo ser una parte pasiva en la comunidad, sino Dios mediante dejar mi ciudad mas bonita y armoniosa de cuando me recibió.