En un mar de casas, de edificios, de calles y avenidas, donde el hormigón se desparrama como lava de un volcán en erupción y cubre la mayor parte de la superficie, el humo se aprecia en todas direcciones, el cemento se convierte en una piedra caliente que eleva la temperatura de cualquier parroquiano que osa caminar sobre ella, cuando las manecillas del reloj se juntan al borde del medio día. En el horizonte una nube de polvo, humo y vapor opacan la vista panorámica de los lejanos cerros que sirven de barrera a este mar, allá donde las palmeras de metal se cubren de luces por las noches para evitar que las luciérnagas nocturnas con motor y alas se estrellen contra ellas.
Al centro del mar se abre un canal por donde fluyen los más incómodos desechos de los miles de aldeanos que navegan sobre la superficie, dejando constancia que no todo es belleza y buenos olores en la inmensidad. Sobre las calles y avenidas hay miles de puntales que sostienen delgadas hebras mediante las cuales los aldeanos se comunican. Un mosaico de colores artificiales invade el espacio, anuncios, luces, fotografías, bardas, puentes, edificios hacen del lugar un paisaje artificial que solo el aldeano es capaz de diseñar y pintar. Los matices verdes son pequeños puntos que sobresalen en espacios reducidos y las flores, las flores son solo luces artificiales que deslumbran el mar cuando los rayos del sol se han ausentado de la superficie, dando paso a la mustia luna que lento se despierta detrás de la distante montaña y que se pierde en medio de ese jardín de flores artificiales.
La marea de colores; rojo, azul, verde, blanco, negro, morado, amarillo y más va y viene, embravecida se desplaza a lo largo y ancho del mar, va de orilla a orilla, en el día alcanza su máximo, por las noches en ocasiones suele calmarse un poco aunque no siempre. El tropel que parece incesante de esas ruedas de hule que golpetean contra el cemento o el asfalto, provocando un perturbador ruido que por momentos enloquece a ese enorme mar y a sus moradores, lo mismo pequeñas lanchas que grandes barcos navegan de oriente a poniente o de norte a sur, los estresados conductores se convierten en expertos, en audaces operarios del volante y de la velocidad, lo mismo esquivan un hoyo, un bordo, un semáforo, otro barco, o algún infortunado aldeano que tiene la necesidad de atravesarse en su ruta, la prisa carcome la prudencia y la cortesía, todos velan por sus intereses personales y por sus necesidades apremiantes, se envuelven en su pequeño mundo y en su círculo inmediato.
El fuerte calor le añade un toque adicional a esa coyuntura, haciendo que los barcos casi estén a punto de reventar. La marea se calma por un instante en las proximidades, pero a la distancia se observa como ese mar sui géneris está en un constante movimiento, con mareas que parecen interminables, que van y vienen sin un orden aparente.
Así los aldeanos de este mar de asfalto y cemento se consumen poco a poco, en esta vida presurizada donde la constante es el cotidiano estrés, es la gran ciudad con sus múltiples facetas donde la marea de autos invade las calles, dejando a su paso una franja de espeso humo, polvo y un ruido perturbador que quebranta la armonía de los intrépidos aldeanos y que sin embargo, suele satisfacer una necesidad real o tal vez artificial.