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Parral fue una de sus paradas más recientes, donde mostró su talento pese al viento y semáforos cortos. / Foto: Marcos Merendón / El Sol de Parral
Por segunda ocasión, Parral recibió la visita de Tutifruti, un singular malabarista de rostro pintado y manos hábiles que ha recorrido gran parte del país llevando su arte a cruceros, plazas y esquinas con alma de escenario. Su nombre real es Roberto, es originario de Ciudad Juárez, y desde hace algunos años eligió el camino del espectáculo callejero como su forma de vida, con una convicción: hacer malabares no es solo una forma de ganarse el sustento, sino una aventura que le ha permitido conocer la diversidad cultural de México.
En su travesía ha pasado por Ciudad de México, Veracruz, Oaxaca, Querétaro, Guanajuato y múltiples Pueblos Mágicos. Su llegada a Parral, cuenta, responde al interés de visitar otro de estos rincones con encanto. “Parral me parece uno de los Pueblos Mágicos más bonitos que he conocido”, dice con una sonrisa bajo su maquillaje, mientras los colores de su rostro relucen al sol de la tarde. Adelanta que su próximo destino será Guachochi, otro Pueblo Mágico de Chihuahua que espera recorrer con su sombrilla, pelotas y sueños.
Durante la entrevista, Roberto se encontraba en el crucero entre la avenida Independencia y la calle Pedro de Lille. En una breve pausa entre semáforos, lanzaba machetes al aire y los atrapaba con precisión, mientras algunos conductores aplaudían o bajaban el vidrio para ofrecerle unas monedas. “Aquí está más difícil, los semáforos duran bien poquito y hay pocos carros, pero uno se adapta”, comenta mientras acomoda su equipo de trabajo.
Aunque los machetes llaman la atención, su acto principal involucra una sombrilla y una pelota de baloncesto. Con destreza hace girar la pelota sobre la punta de la sombrilla, luego la abre sin que deje de girar, y mientras tanto lanza varias pelotas al aire.
Es un espectáculo que mezcla equilibrio, ritmo y gracia. Sin embargo, las fuertes ráfagas de viento y la amenaza de lluvia impidieron que lo mostrara completo. “No es lo mismo hacer esto con viento, se vuelve peligroso, por eso hoy mejor solo machetes”, explicó.
La pintura facial que porta no es solo decoración, sino estrategia. “La verdad, cuando haces malabares sin pintarte la cara, la gente te ve como cualquiera, como uno más. Pero si me maquillo como payaso, llamo más la atención y me apoyan más. No es que sea un payaso todavía, pero quiero aprender a serlo y presentarme en plazas, no solo en los cruceros”, confiesa con sinceridad.
Roberto rechaza la idea de que su vida sea la de un “hippie mantenido”. “Eso se da mucho en Estados Unidos, pero a mí me ha tocado trabajar, moverme solo y ganarme la vida por mi cuenta. Esto no es fácil, pero es lo que me gusta. En el camino me he topado con mucha gente buena y también con artistas muy talentosos que me han inspirado a seguir”.
Con su rostro pintado, sus machetes brillando en el aire y una sombrilla mágica lista para encantar a quien lo mire, Tutifruti sigue su ruta. Lejos de los grandes escenarios y bajo el cielo cambiante de México, cada crucero es una nueva función y cada moneda, un boleto para continuar su viaje.