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La tumba del General Villa en el panteón de Dolores fue profanada hace un siglo / Foto: Archivo / EL Sol de Parral
Este año se cumple exactamente un siglo del robo de la cabeza de Pancho Villa, luego de que su cuerpo fuera misteriosamente profanado de su tumba en el panteón de Dolores de Parral en febrero de 1926, un hecho que desde entonces ha generado una serie de mitos en torno a su polémica figura. Para el historiador chihuahuense Reidezel Mendoza, los responsables de este acto fueron miembros del Ejército, quienes se llevaron el cráneo con la intención de cobrar una recompensa de 50 mil dólares. No obstante, la historia dio un giro inesperado cuando los perpetradores fueron defraudados.
Hablar de la Revolución Mexicana implica necesariamente referirse a Francisco Villa, una de sus figuras más complejas y controvertidas. Conocido como el Centauro del Norte, el general revolucionario fue protagonista de episodios decisivos del conflicto armado, así como de innumerables polémicas que acompañaron su trayectoria pública. Esa condición ambigua, entre héroe popular y personaje incómodo para el poder, no se extinguió con su asesinato, sino que se prolongó en los acontecimientos posteriores relacionados con el destino de sus restos mortales, los cuales se convirtieron en objeto de disputas, rumores y apropiaciones simbólicas.
Francisco Villa fue asesinado el 20 de julio de 1923 en Hidalgo del Parral, cuando el vehículo en el que viajaba fue emboscado al dar vuelta en la esquina de las calles Juárez y Gabino Barreda. Un grupo de hombres armados interceptó el automóvil y abrió fuego, provocando la muerte del general y de algunos de sus acompañantes. El crimen tuvo una amplia repercusión mediática tanto a nivel nacional como internacional y dio origen a diversas teorías sobre los autores intelectuales y los motivos detrás del ataque, consolidando desde entonces la figura de Villa como un mito histórico sujeto a interpretaciones contrapuestas.
Tras su muerte, el cuerpo del general fue sometido a una autopsia, embalsamado y sepultado en la fosa número 632 del Panteón Municipal de Dolores, en Parral. Durante casi tres años, los restos permanecieron en ese lugar sin que se registraran incidentes mayores, hasta que en la madrugada del 6 de febrero de 1926, un sábado, el nombre de Francisco Villa volvió a ocupar titulares, esta vez por un acto de profanación que conmocionó a la opinión pública: su tumba había sido abierta y su cabeza cercenada.
De acuerdo con la edición del 6 de febrero de 1926 del periódico El Correo de Parral, el cadáver del revolucionario fue profanado por sujetos desconocidos que sustrajeron el cráneo como una afrenta directa a su figura. Sin embargo, incluso antes de que se conociera oficialmente el robo, ya circulaban rumores entre los habitantes de Parral que ponían en duda la autenticidad del cuerpo sepultado en el panteón, sugiriendo que los restos de Villa habrían sido cambiados de lugar con anterioridad, lo que abría la posibilidad de que la cabeza robada no fuera realmente la del Centauro del Norte.
El historiador Reidezel Mendoza explicó que la profanación no fue un acto aislado ni espontáneo, sino una operación planeada y ejecutada por elementos del Ejército. “Una madrugada del 6 de febrero de 1926 hubo un grupo aparentemente de soldados encabezados por el cabo Miguel Figueroa, junto con José Martínez, Anastasio Ochoa y Nibardo Chávez, del 11º Batallón, quienes brincaron la barda del panteón, removieron la fosa y sacaron el cajón donde descansaban los restos de Villa”, detalló. Según Mendoza, la operación fue orquestada por el capitán Elpidio García Laso, bajo órdenes del jefe de la guarnición de Parral, Francisco Durazo Ruiz.
Durante el acto, los soldados intentaron desprender la cabeza del cuerpo utilizando una barreta, pero al no lograrlo, uno de ellos, José Martínez, sacó un puñal de sus polainas y cercenó la cabeza, resultando herido en el proceso. La cabeza fue colocada en una camisa y sustraída del lugar, tras lo cual los responsables huyeron. A partir de ese momento, comenzó una cadena de especulaciones que se prolonga hasta la actualidad sobre el paradero final del cráneo del revolucionario.
Mendoza señaló que investigaciones posteriores, como la realizada por Víctor Ceja Reyes en el libro Yo decapité a Pancho Villa, permiten sostener que el móvil principal del robo fue económico. “La operación tenía que ver con la venta de ese despojo humano. Aparentemente se habían acordado 50 mil dólares por la cabeza, pero el comprador estadounidense se echó para atrás y ofreció solo 10 mil. Ante eso, Durazo decide no concretar el trato y se queda con la cabeza”, explicó el historiador. Una versión relata que la cabeza fue colocada debajo de la cama de Durazo, quien sufrió pesadillas esa noche y ordenó al día siguiente deshacerse de ella.
De acuerdo con este testimonio, la cabeza habría sido enterrada a un costado de la antigua carretera de Parral a Jiménez, a la altura del rancho El Cairo, propiedad de Durazo en aquella época. No obstante, el soldado encargado de sepultarla nunca precisó el punto exacto, limitándose a señalar que fue a la orilla del camino, lo que ha impedido cualquier localización posterior. “A partir de ahí, todo lo demás son especulaciones”, subrayó Mendoza, quien descartó teorías como la supuesta apropiación del cráneo por parte de sociedades secretas o instituciones extranjeras con fines científicos.
A la controversia sobre la cabeza se sumó, décadas después, el debate en torno al resto de los huesos atribuidos a Francisco Villa. En 1976, mediante un decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación el 16 de noviembre de ese año, se ordenó la exhumación y traslado de los restos del general del Panteón de Parral al Monumento a la Revolución, en la Ciudad de México. Dos día después, el 18 de noviembre, se llevó a cabo una sesión solemne del Congreso General con motivo de la inhumación de los restos, acto que buscó incorporar oficialmente a Villa al panteón de los héroes nacionales.
Sin embargo, la falta de estudios antropológicos y de identificación científica de los restos exhumados dio pie a nuevas leyendas. Mendoza explicó que, tras la profanación de 1926, una de las viudas de Villa habría decidido mover el cuerpo decapitado a otra tumba, ubicada a unos metros de la original, dentro de un lote familiar. Años más tarde, sobre ese mismo espacio fue sepultada una mujer, lo que alimentó la hipótesis de que, en 1976, las autoridades habrían exhumado restos que no correspondían al revolucionario. “Sería muy sencillo saber la verdad con una prueba de ADN, pero en México nos encantan las leyendas y eso mantiene vivo el tema”, afirmó.
Frente a estas versiones, el historiador y biógrafo Friedrich Katz en su libro sostuvo que los restos trasladados a la Ciudad de México sí pertenecían a Francisco Villa, postura que contrasta con el imaginario popular que insiste en la posibilidad de un intercambio de cuerpos. Más allá de la certeza histórica, el debate refleja la carga simbólica que rodea al personaje y la dificultad de separar los hechos documentados de las narraciones construidas a lo largo del tiempo.
Independientemente de dónde se encuentren realmente los restos del Centauro del Norte o del destino final de su cabeza, el episodio del robo ocurrido en 1926 sigue siendo un referente para entender la relación entre memoria, poder y mito en la historia mexicana. A casi un siglo de distancia, la profanación de la tumba de Francisco Villa no solo revela tensiones políticas y sociales de su tiempo, sino que también evidencia cómo la figura del revolucionario continúa interpelando a la sociedad, alimentando preguntas que, hasta hoy, permanecen sin una respuesta definitiva.
El interés que despierta este episodio no se limita únicamente al ámbito académico, sino que se proyecta en la forma en que la sociedad construye y resignifica su pasado. Para Reidezel Mendoza, el robo de la cabeza de Villa es un ejemplo claro de cómo ciertos hechos históricos se transforman en narrativas híbridas, donde la documentación convive con la tradición oral, los silencios oficiales y la especulación popular. “Villa incomodó en vida y siguió incomodando muerto”, señaló el historiador, al explicar que la profanación de su tumba puede leerse también como un acto simbólico de control político sobre una figura que, aun retirada en Canutillo, seguía representando una amenaza latente para determinados sectores del poder.
Esta condición explica por qué, a diferencia de otros caudillos revolucionarios, el destino de sus restos nunca fue tratado con claridad ni con el rigor científico que ameritaba, permitiendo que el misterio se perpetuara y se integrara al imaginario colectivo. En ese sentido, el caso de Villa no solo habla de un crimen cometido contra un cadáver, sino de una disputa prolongada por el significado histórico del personaje, una disputa que se expresa en rumores, libros, investigaciones inconclusas y en la fascinación constante que provoca la idea de una cabeza perdida, convertida en símbolo de la fragmentación con la que México ha narrado su propia Revolución.
Cada año, los sitios vinculados con la muerte y el sepelio de Francisco Villa en Parral reciben a cientos de visitantes, investigadores y curiosos que buscan acercarse a la historia del personaje. El interés persistente confirma que, más allá de las leyendas y las versiones encontradas, la figura de Villa mantiene una presencia viva en la memoria colectiva, como símbolo de una lucha que marcó el rumbo del país y cuya complejidad sigue desafiando a la historiografía contemporánea.