“Hay ex alumnos en Bruselas, en Denver, en Kansas”, cuenta con brillo en los ojos. “Y cuando regresan, siempre se toman el tiempo de venir a saludarme”.
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“El ambiente de secundaria es muy distinto”, admite, “pero la preparación y la experiencia fueron nuestros aliados” / Foto: Cortesía / Víctor Arroyo
Desde los pueblos de la Sierra Tarahumara hasta los salones de primaria en Parral, y de ahí a las aulas vibrantes de secundaria, el profesor Víctor Arroyo forjó su vida al ritmo de la vocación y la esperanza. Una travesía que comenzó en 1982, al egresar de la Escuela Normal “Miguel Hidalgo”, con un mandato claro: servir allí donde hiciera más falta.
“En aquellos años”, recuerda, “sabíamos que nos esperaba o la frontera o la sierra”. A él, como a muchos jóvenes normalistas, lo tocó la vasta, indómita sierra. Su primera encomienda fue en Memelichi de Abajo, un paraje remoto del municipio de Ocampo. Para llegar allí, había que viajar durante diez horas por brechas y caminos de terracería. Luego, descender del camión y caminar cinco kilómetros más, desafiando el frío y la soledad.
El pueblo en aquel entonces no era más que un punto aislado en el mapa, donde las nevadas cubrían el suelo al alba y la vida dependía de saber cortar leña o caminar a ciegas entre la niebla. “Ahí se hace uno hombre”, le decía su madre. Y ahí, entre niñas serranas que le enseñaron a sobrevivir, el joven maestro entendió que la enseñanza iba más allá de los libros: era aprender de la vida misma.
Tras dos años en la sierra, la experiencia curtida lo llevó a San Francisco del Oro en 1984. Un cambio radical: del aislamiento absoluto al bullicio de un pequeño poblado minero. En la Escuela Artículo 123, el profe Arroyo impartió clases durante una década, viajando a diario en camión, sorteando los sinsabores de un salario modesto. “Ser maestro nunca ha sido camino hacia la riqueza, pero sí hacia el respeto y el prestigio”, sentencia.
En 1994 logró su ansiado cambio a Parral. Comenzó en la primaria Ford 152, hasta que, en 1997, la vida le ofreció una nueva puerta: la secundaria. Así llegó a la Secundaria Federal, primero con apenas tres horas a la semana, compatibilizando su horario con la primaria, y poco a poco, ganando terreno hasta tener tiempo completo.
Profe Víctor acompañado de varios alumnos en la Secundaria Federal / Foto: Cortesía / Víctor Arroyo
“El ambiente de secundaria es muy distinto”, admite, “pero la preparación y la experiencia fueron nuestros aliados”. Su especialidad —ciencias naturales, biología y química— encontró eco en generaciones de adolescentes curiosos y, sobre todo, sedientos de alguien que creyera en ellos.
Porque para el profesor Arroyo, cada joven es un universo: no una vasija vacía que llenar, sino una historia que abrazar. Muchos de esos muchachos venían cargando pesares desde casa, arrastrando silencios y heridas invisibles. Para ellos, la escuela era más que un lugar de aprendizaje: era un refugio. “Muchos alumnos llegaban a la escuela buscando su único espacio seguro”, reflexiona. Y ese entendimiento marcó la esencia de su magisterio: crear un ambiente positivo, lleno de retos que forjaran el carácter pero también recordaran a cada estudiante su valor intrínseco.
En la secundaria, además de impartir materias, su amor por la música lo llevó a liderar talleres y concursos de canto e instrumentos. Junto a sus alumnos, viajó a competencias en Juárez, Delicias, Cuauhtémoc y Casas Grandes. “Siempre les decía: al concurso se va a aprender, no a ganar. Porque ese aprendizaje no te lo quita nadie”, afirma.
Los años de esfuerzo colectivo rindieron frutos. Cuando llegó a la Secundaria Federal, el turno vespertino se desmoronaba: habían cerrado tres grupos por falta de matrícula. Pero junto a un equipo comprometido, lograron revertir esa tendencia. “Lo que pocas escuelas han logrado: recuperar grupos perdidos”, presume con orgullo. Para 2015, la secundaria contaba con seis grupos completos en cada grado, tanto en la mañana como en la tarde, con salones repletos de hasta 52 estudiantes.
Ese mismo año, tras 33 años de servicio —18 en primaria y el resto en secundaria—, decidió jubilarse. “Me fui entero, con salud y con ganas de vivir otras aventuras”, dice sonriendo. Su directora, la maestra Margarita Corral, le insistía en que aún tenía mucho por dar, pero él prefirió retirarse en plenitud, no en desgaste.
El profesor Víctor Arroyo con algunos de sus compañeros maestros en la Secundaria Federal “Rogerio Aranda” en Parral / Foto: Cortesía / Víctor Arroyo
Hoy, retirado de las aulas pero no de la vida activa, Víctor Arroyo sigue atendiendo el negocio familiar, rodeado del cariño de ex alumnos que lo buscan para compartir sus logros: ingenieros, profesionistas, padres de familia, hombres y mujeres que alguna vez fueron niños bajo su tutela. Algunos lo invitan a bodas, a ceremonias, a reuniones donde el recuerdo del maestro persiste como una semilla sembrada en tiempos de incertidumbre.
Sin embargo, no todo es júbilo. El profesor lamenta cómo la sociedad ha ido desvalorizando la labor docente, cómo se difunden estereotipos de maestros flojos o favorecidos.“Cada día nos desprecian más, cada día nos ponen en mal ante la sociedad”, lamenta. Pero aún guarda la esperanza de que algún día, el magisterio recupere el lugar digno que merece.
Entre butacas, aulas, laboratorios y acordes de guitarra, Víctor Arroyo ha tejido una vida de servicio, de aprendizajes mutuos, de pequeñas grandes victorias que no caben en un diploma, pero sí en el recuerdo agradecido de generaciones de alumnos.
“¿Con qué me quedo de todo esto?”, repite la pregunta final. Hace una pausa, sonríe y responde: “Con todo. Con cada paso, cada alumno, cada amanecer nevado en la sierra y cada tarde de música en la secundaria. La vida del maestro no se mide en riquezas materiales, sino en el alma de aquellos a quienes ayudaste a soñar más alto”.