El arte del cuero que resiste el tiempo: Don Jesús Tagle, talabartero de Parral
“El cuero, la aguja y la paciencia: la herencia de un arte que se niega a desaparecer”, mencionó don Jesús Tagle cuyo oficio desempeña aún con paciencia y actitud de servicio
Aunque muchos dicen que se trata de un oficio en extinción, Don Jesús no lo cree. “Mientras haya quien aprecie lo bien hecho, va a haber trabajo. Puede que seamos pocos, pero aquí seguimos”.
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Uno de los pocos talabarteros de la ciudad es Don Jesús Tagle Núñez quien ha dedicado mas de 30 años en el arte de trasformar el cuero / Foto: Javier Cruz / El Sol de Parral
En una pequeña esquina de la calle 20 de Noviembre, en Parral, el olor del cuero curtido anuncia que se entra a otro tiempo. Ahí trabaja Don Jesús Tagle Núñez, uno de los pocos talabarteros que aún sobreviven en la ciudad. Con más de 30 años de experiencia, ha hecho de la piel un lenguaje propio: cintos, fundas, chaparreras, huaraches y sillas de montar que guardan en cada puntada la tradición de un oficio que se niega a desaparecer.
Originario de Guadalupe y Calvo, comenzó a trabajar el cuero a los 15 años. “Lo más importante para aprender es que te guste”, dice con calma, mientras acaricia un cinturón piteado en proceso. “Es un oficio noble, de paciencia y servicio. Si no lo amas, no lo aguantas”.
En su tierra natal, Tagle aprendió a fabricar lo indispensable para la vida ranchera: cuartas, cabezadas, monturas, riendas y chaparreras. Su destino parecía marcado por el caballo y el campo. A los 35 años llegó a Parral con su familia, donde primero trabajó en la talabartería Aguirre, en la calle Jesús García.
Poco después abrió su propio taller, primero en el barrio de Fátima y luego en la calle 20 de Noviembre, donde desde hace 17 años recibe a sus clientes. El local es modesto, pero dentro se guardan tesoros: tres máquinas de coser —entre ellas una Singer de pedal, ya casi reliquia— con las que transforma la vaqueta en verdaderas piezas de arte.
Su especialidad son los cintos piteados, bordados a mano con hilos de ixtle, un proceso minucioso que puede tardar más de 15 días por pieza. “Nada se hace a máquina, todo es bordado a mano. Eso es lo que les da valor”, explica. Un cinturón piteado puede costar hasta 5 mil pesos, mientras que unos huaraches piteados rondan los 2 mil. Los diseños varían: caballos, gallos, herraduras, iniciales o nombres de clientes.
Pese a la crisis económica, el trabajo no le falta. Atiende en promedio a 15 clientes por semana, muchos de ellos migrantes que desde Estados Unidos encargan sus piezas. “Allá la gente valora más el piteado, lo buscan porque saben que es artesanal, que no hay dos iguales”, comenta orgulloso
No todo es lujo y ornamento. También fabrica artículos prácticos: fundas para celulares o navajas, cinturones casuales, carteras, bolsas, alforjas para motocicletas, fornituras, forros de asientos y hasta equipo de gimnasio. En su catálogo no falta la reina de la talabartería: la silla de montar. Hacer una montura completa le puede tomar una semana, dependiendo de la cantidad de grabados, y el precio oscila entre los 9 mil y 20 mil pesos, según la complejidad del encargo.
Más allá de la ganancia, Don Jesús asegura que lo que lo sostiene es la pasión. “Este trabajo me ha dado todo: paciencia, creatividad, el sustento de mi familia. Cada pieza es única, porque lleva parte de uno mismo”.
La talabartería es un arte ancestral, tan antiguo como la herrería o la alfarería. Nació ligada a la vida campirana y a los caballos: arreos, riendas, correas, monturas y adornos que acompañaron al hombre del campo. La palabra misma proviene de “talabarte”, un cinturón donde se colgaba la espada.
En su taller, el sonido de las agujas perforando el cuero se mezcla con el olor de la vaqueta recién trabajada. Es un ambiente que transmite calma y dedicación, como si el tiempo se detuviera para que cada pieza sea hecha con la paciencia de los oficios antiguos. Don Jesús sabe que sus manos son herederas de una tradición que ya casi no se enseña y que depende de él para seguir viva.
Aunque sus hijos no siguieron sus pasos, asegura que no le preocupa: “Cada quien elige su camino, yo elegí este y me ha dado mucho. Si alguien quiere aprender, yo estoy dispuesto a enseñar, pero tiene que nacerle de verdad. La talabartería no es para hacer dinero rápido, es para quien disfruta el detalle y la espera”.
Con más de tres décadas dedicadas al cuero, Don Jesús Tagle es ya parte de la memoria artesanal de Parral. Sus cintos piteados y monturas no solo son objetos de uso, son también testimonios de un tiempo en el que la paciencia y el orgullo por el trabajo bien hecho eran la norma. En cada costura deja una enseñanza silenciosa: que los oficios pueden cambiar con los años, pero la verdadera artesanía nunca muere.