En el Triduo Pascual, la comunidad tarahumara en Guachochi se reunieron en puntos como Norogachi y Tónachi para llevar a cabo eventos en torno a esta temporada del año.
Año con año, el Comité Organizador de Semana Santa en Iztapalapa elige al representante de Jesús, quien debe ser oriundo de alguno de los ocho barrios de la demarcación
Tónachi, Guachochi. / Foto: Adrián Barrón / El Sol de Parral
Danzaron sin parar los “pies ligeros” que cada año libran un combate contra las fuerzas malignas en un acto de renovación espiritual. Desde el corazón de la sierra chihuahuense, en las comunidades de Norogachi y Tónachi, se vivió la Semana Santa al son de los tambores, entre bailes y peleas que representan su íntima relación con Onorúame y su casa, el bosque al que buscan defender desde el Vaticano.
Guachochi, que en lengua rarámuri significa “lugar de garzas”, es también considerado como el Corazón de la Sierra Tarahumara, siendo uno de los municipios en donde se concentra gran parte de población rarámuri, y que desde luego, sus tradiciones permanecen aún con el paso de los años y son impulsadas por el Gobierno y las autoridades indígenas.
Actualmente, son más de 200 comunidades las que existen en Guachochi, y la más distanciada de la cabecera se encuentra a casi cuatro horas ubicándose en los límites con Batopilas; en cada una hay familias rarámuri que en diferentes temporadas del año realizan diversos rituales para honrar su memoria e impulsar su identidad cultural. No obstante, durante este 2025 las actividades de la semana mayor se realizaron en las localidades de Norogachi, Ciénega de Norogachi y Tónachi, e incluso, en el Lago de las Garzas en donde estuvo el Nuncio Apostólico y Embajador del Vaticano, Joseph Spiteri.
La danza fue la base de las procesiones. / Foto: Adrián Barrón / El Sol de Parral
En las 72 horas en que dura el Triduo Pascual, en las localidades mencionadas no dejaron de escucharse los tambores ni las flautas que los mismos rarámuri crearon para ocasiones como esta, en donde conmemoran la muerte de Jesús el nazareno y posteriormente celebran su resurrección. Con danzas y rezos, los manifestantes recorren todo el poblado dando hasta veinte vueltas en todo el día.
Una de las representaciones más características son “los pintos”, un grupo de hombres rarámuri que se unen para danzar a su Dios Onóruame representando el bien, mientras que existen también “los negros” que simbolizan el mal. En Norogachi, por ejemplo, los pintos bailan el miércoles y jueves; una y otra y otra vuelta al templo, descansan algunos minutos y reinician nuevamente su danza basada en el ritmo de los tambores artesanales.
En el corazón de la Sierra Tarahumara, donde las montañas parecen custodiar los secretos de los pueblos originarios, Ciénega de Norogachi despierta cada primavera con un ritmo antiguo: el eco incesante del tambor rarámuri. Aquí, la Semana Santa no es un simple acto de fe católica: Es un ritual vivo donde las raíces indígenas y la evangelización forzada de hace siglos se entrelazan en una danza feroz, misteriosa y sagrada. Desde días antes del Jueves Santo, los caminos polvorientos que rodean Ciénega de Norogachi se van poblando de figuras delgadas, de rostros serenos y pies ligeros. Llegan familias enteras, algunos tras varias jornadas de camino, cargando pocas pertenencias y un profundo respeto por la celebración que se aproxima. Se alojan en casas de parientes, en refugios improvisados, o simplemente bajo el cielo abierto. Para los rarámuri —los de los pies ligeros— esta no es solo una tradición heredada: es una reafirmación de su mundo.
Norogachi, Guachochi y sus danzantes. / Foto: Adrián Barrón / El Sol de Parral
La comunidad se divide en dos grandes bandos: los "fariseos" y los "soldados". No son enemigos, aunque en la apariencia lo parezcan. Portan máscaras talladas en madera, coloridas y grotescas, que representan las fuerzas del caos y la oscuridad. Llevan consigo arcos y flechas, espadas de madera, maracas y tambores que no cesan de sonar. Sus cuerpos, a veces cubiertos apenas por taparrabos y cintas multicolores, se mueven al compás de una energía que parece venir de tiempos antiguos.
El catolicismo introducido en la región no logró arrancar del todo las antiguas creencias. Aquí, Jesucristo no es solo el Hijo de Dios; es también un hermano mayor que lucha contra las fuerzas oscuras para proteger al mundo. Los fariseos simbolizan esos poderes del mal que deben ser dominados. Pero el triunfo no es simple: la batalla se libra a través de danzas interminables, de rezos murmurados en rarámuri, de ayunos rigurosos y noches en vela.
El Jueves Santo, al caer la tarde, el pequeño templo de Ciénega de Norogachi se llena de velas parpadeantes. La procesión del prendimiento revive la captura de Jesús. Pero aquí no es solo una representación: es la puesta en escena de un drama cósmico. Jesús es apresado, juzgado y llevado al patíbulo mientras los tambores y los violines autóctonos desgarran el silencio de la noche.
El Viernes Santo es el clímax. Desde temprano, los fariseos recorren el pueblo gritando, retando a los soldados, ensayando combates simbólicos. El suelo tiembla bajo los pies de cientos de rarámuris corriendo, danzando, como si la misma tierra participara en el rito. Algunos hombres cargan cruces enormes, otros flagelan sus espaldas con ramas espinosas. No hay histrionismo ni espectáculo: el dolor es real, ofrecido en sacrificio para que el equilibrio del mundo se mantenga.
En el centro de la plaza, una gran cruz se levanta. Representa el árbol de la vida, el punto de contacto entre el cielo y la tierra. Cuando finalmente Jesús es crucificado, los tambores se apagan por un instante. El silencio pesa. Entonces, estalla un grito colectivo: no de desesperación, sino de renovación. El sacrificio ha sido consumado. La luz volverá.
Joseph Spiteri, Nuncio Apostólico del Vaticano en su visita a Norogachi / Foto: Adrián Barrón / El Sol de Parral
El Sábado de Gloria y el Domingo de Resurrección son días de júbilo contenido. Los fariseos, antes temidos, se purifican. Se queman las máscaras, se baila alrededor del fuego, se comparten alimentos. La comunidad, renovada, se prepara para volver a sus montañas, a sus milpas, a sus sueños. No hay sermones largos ni pomposas misas; la fe rarámuri se celebra corriendo, cantando, resistiendo.
Así se vive la Semana Santa en Ciénega de Norogachi. No como un simple recuerdo de una historia ajena, sino como un acto vital de comunión entre el hombre, la naturaleza y lo sagrado. Cada tambor que resuena es un latido más del pueblo rarámuri, que, a pesar del tiempo y el olvido, sigue corriendo con el corazón abierto hacia la eternidad.
Durante el Viernes Santo las actividades sucedieron algunos kilómetros antes de la Ciénega: en Norogachi, lugar donde cientos de familias y de turistas extranjeros se dieron cita para observar todo el ritual ancestral que ejecutan los rarámuri. El templo fue la sede para recibir a Joseph Spiteri, el Nuncio Apostólico del Vaticano en México. El Viernes Santo, cuando la bruma aún abrazaba las montañas de la Sierra Tarahumara, los caminos polvorientos que llevan a Norogachi se fueron llenando de vida. Cientos de familias rarámuri, llegadas desde comunidades lejanas, se confundían con turistas de rostros extraños, mochilas al hombro y cámaras colgadas al cuello. Todos atraídos por la misma promesa: presenciar el ritual ancestral con que los hijos de la tierra honran la Semana Santa.
A varios kilómetros antes de la Ciénega, en el corazón de Norogachi, se había dispuesto todo para una jornada fuera de lo ordinario. El templo, sencillo pero imponente, de paredes que parecían cargadas de siglos, era el punto de encuentro. Allí, no solo resonaban los ecos de los tambores y los cantos en lengua rarámuri; también se respiraba una expectativa inusual. Ese día, entre los peregrinos, caminaría Joseph Spiteri, el Nuncio Apostólico del Vaticano en México, enviado de Roma para ser testigo de una fe que no se rinde ante el paso del tiempo. El sol aún no se alzaba del todo cuando comenzaron las danzas. Los fariseos, con sus máscaras multicolores, corrían descalzos sobre la tierra fría, golpeando el suelo con una energía que parecía sacada del mismo corazón de las montañas. No era un espectáculo para ser aplaudido, sino un acto de profunda reverencia, una lucha simbólica entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, entre lo que los misioneros jesuitas trajeron hace siglos y lo que los rarámuri, tercos guardianes de su mundo, se negaron a olvidar.
Su vestimenta típica no se limitó ante el frío que sucumbe a la sierra. / Foto: Adrián Barrón / El Sol de Parral
Joseph Spiteri avanzaba lentamente entre la multitud. Su sotana blanca contrastaba con los trajes tradicionales de los indígenas y los colores chillantes de los visitantes extranjeros. A su paso, algunos rarámuri detenían sus danzas por un instante para observarlo, con esa mezcla de respeto y desconcierto que solo se le otorga a los extraños importantes. No era común que un enviado del Papa llegara hasta su tierra, y mucho menos que compartiera sus ritos sin tratar de domesticarlos.
En el atrio del templo, bajo el cobijo de un cielo limpio, se celebró una misa breve. Spiteri, acompañado de sacerdotes locales, ofreció palabras de hermandad, habló de la riqueza de la fe indígena y de la fuerza espiritual de los rarámuri. Pero el verdadero idioma del día no era el de los sermones, sino el de los tambores y las carreras interminables, el de los cuerpos en movimiento que decían más que cualquier palabra.
A lo largo del día, las ceremonias se sucedieron una tras otra. La representación de la captura de Jesús no fue un teatro, sino una especie de exorcismo colectivo. Los fariseos perseguían a los soldados de la fe, simulaban batallas, caían, se levantaban, corrían de nuevo, como si el destino del mundo dependiera de su resistencia. Algunos turistas, asombrados, intentaban capturar todo con sus cámaras. Otros, abrumados por la fuerza del momento, simplemente bajaban los brazos y miraban, mudos.
Para los rarámuri, no era un día cualquiera. Era la renovación de su pacto con el universo, una promesa silenciosa de seguir corriendo en medio de la adversidad. Cuando el sol empezó a caer detrás de las sierras, tiñendo de rojo el horizonte, el eco de los tambores aún retumbaba entre los cerros. Joseph Spiteri se retiró discretamente, consciente de que había sido testigo de una fe más antigua y más profunda que las piedras mismas del templo que había visitado.
Esa noche, en Norogachi, bajo un cielo lleno de estrellas, los fariseos no descansaron. Bailaron alrededor de las fogatas, quemaron sus máscaras en señal de purificación, y ofrecieron su cansancio al mundo invisible que los sostiene. Era su manera de decirle al cosmos que, pese a todo, seguirían corriendo.
En el corazón de Tonachi, Chihuahua, la Semana Santa no se limita a rezos y procesiones: revive una antigua batalla entre el bien y el mal. Cada año, los habitantes se congregan en la plaza principal para lanzar dardos a Judas, representado por un muñeco de tamaño real que estaba balanceándose en a 400 metros en un punto fijo. Niños, jóvenes y ancianos apuntan con precisión: cada dardo es una pequeña venganza contra la traición. Pero la ceremonia no termina ahí. Al caer el muñeco, emerge la parte más intensa de la tradición: la pelea ritual. Dos bandos se forman: unos se cubren el rostro con pinturas blancas —los soldados del bien—, otros se adornan con tonos oscuros y rojos —los guerreros del mal—. Se enfrentan cuerpo a cuerpo, a puño limpio, entre gritos y tamborazos. La tierra se levanta en polvaredas bajo sus pies, mientras los espectadores aúllan alentando a sus favoritos.
El tesguino formó parte del ritual. / Foto: Adrián Barrón / El Sol de Parral
No hay odio en los golpes, solo un ardor antiguo, heredado por generaciones, que simboliza la eterna lucha entre la luz y la sombra. Al final, entre raspones y abrazos, la comunidad se reúne de nuevo, purificada y unida, recordando que en Tonachi, la fe también se celebra luchando.