En peligro de extinción 37 especies en la Sierra Tarahumara por deforestación y minería
De acuerdo con el colectivo Agua y Bosques para la Vida, la pérdida de estos hábitats podría romper el equilibrio natural de uno de los ecosistemas más valiosos del norte del país
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El funcionario estatal señaló que el alza en los combustibles no solo impacta al transporte público, sino que también provoca un encarecimiento generalizado de productos, incluyendo la canasta básica
De acuerdo con el legislador Guillermo Ramírez, los tres perfiles cumplen con las aptitudes y requisitos establecidos en la convocatoria para encabezar el organismo defensor de derechos humanos
La minería ilegal en municipios como Urique utiliza químicos que comprometen la calidad del agua de los ríos serranos / Foto: Cortesía / Colectivo Agua y Bosques para la Vida
La deforestación legal e ilegal desmedida y la contaminación minera en la Sierra Tarahumara de Chihuahua amenazan con extinguir al oso negro, el jaguar, la cotorra serrana occidental, la guacamaya verde, la trucha dorada y otras 32 especies de animales y plantas de la zona. De acuerdo con el colectivo Agua y Bosques para la Vida, la pérdida de estos hábitats podría romper el equilibrio natural de uno de los ecosistemas más valiosos del norte del país.
De acuerdo con Laura Barragán, integrante del colectivo, el equilibrio ecológico de la sierra depende de la interacción de cada especie, desde los microorganismos del suelo hasta los grandes mamíferos. “Cada una tiene una función específica. Algunas fijan nitrógeno o CO₂, otras dispersan semillas o polinizan. Cuando una desaparece, se rompe la cadena trófica que sostiene todo el ecosistema”, explicó.
Entre las especies más representativas que hoy enfrentan riesgo crítico se encuentran el oso negro, el jaguar, el puma, el lince rojo, la cotorra serrana occidental, la guacamaya verde, la trucha dorada del Conchos y la salamandra tarahumara, una de las especies endémicas más emblemáticas de la entidad. “Estas especies son como termómetros del ecosistema. Si ellas desaparecen, significa que el bosque ya está enfermo”, añadió Barragán.
En los últimos años, los habitantes de comunidades serranas han notado la desaparición gradual de animales que antes eran comunes. Los avistamientos de osos, por ejemplo, se han vuelto cada vez más raros. “En zonas como Creel o Guachochi, hace una década todavía se veían con frecuencia, pero ahora la gente dice que ya no hay”, comenta Barragán.
La especialista señaló que uno de los problemas más graves es la deforestación continua, que provoca la pérdida de refugio y alimento para muchas especies. “Los incendios forestales, el sobrepastoreo y la tala ilegal han reducido la cobertura vegetal, dejando suelos expuestos y debilitando el bosque”, lamentó. Además, la proliferación del gusano descortezador, un insecto que se alimenta entre la corteza y el tronco de los árboles, ha causado una mortandad masiva de pinos en diversas zonas de Guerrero, Bocoyna y las Barrancas del Cobre.
“Lo más grave es que ya hay extensos manchones de árboles muertos. Si continúa la sequía y se prolonga la temporada seca, esas zonas serán combustible perfecto para incendios. Y con los recortes presupuestales a la Conafor, el manejo de plagas es casi imposible”, alertó.
Otro de los factores más destructivos para la biodiversidad serrana es la minería ilegal, que se ha extendido en los municipios de Urique, Témoris y Chínipas. Estas pequeñas explotaciones, muchas veces vinculadas a economías criminales, emplean mercurio y cianuro para separar los metales preciosos, contaminando arroyos y ríos que desembocan en comunidades habitadas.
“El problema es que estas minas no están reguladas. Lavan los minerales directamente en los cauces de agua, y los desechos con mercurio o cianuro se van corriente abajo, afectando a la fauna acuática y a las personas que dependen de esos ríos”, advirtió Barragán.
Las comunidades rarámuri son indispensables para garantizar el éxito de la preservación / Foto: Cortesía / Colectivo Agua y Bosques para la Vida
Especies como la trucha dorada, exclusiva de la vertiente del río Conchos, y la nutria de río, considerada un indicador de la calidad del agua, están desapareciendo de sus hábitats naturales. “Si no vemos trucha dorada, significa que el agua ya no es limpia”, puntualizó.
El deterioro ambiental no solo afecta a los animales. Las plantas medicinales y herbáceas del sotobosque, muchas de ellas esenciales para la vida de especies herbívoras y la propia población indígena, también están desapareciendo. El chuchupate, por ejemplo, una raíz usada tradicionalmente por los rarámuris, está siendo sobreexplotada sin métodos de recolección sostenible.
“Nos concentramos en los árboles grandes, pero olvidamos que las plantas pequeñas son las que realizan la mayor parte de la fotosíntesis y alimentan a los animales del bosque. Si se pierden, se debilita toda la estructura del ecosistema”, explicó Barragán.
La especialista añadió que este año, a pesar de las intensas lluvias, hubo escasa producción de hongos silvestres, fenómeno atribuido a la erosión del suelo y la pérdida de rizomas, hongos microscópicos que viven en las raíces de los árboles, vitales para mantener la fertilidad del terreno.
Uno de los mayores vacíos en la conservación de la Sierra Tarahumara es la falta de monitoreo biológico sistemático. Aunque existen esfuerzos aislados de universidades extranjeras como la de Arizona, la investigación científica local es escasa. “Sin datos precisos, no sabemos qué especies están desapareciendo ni qué tan rápido. Y lo que no se conoce, no se protege”, lamentó Barragán.
Actualmente, la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) mantiene programas de vigilancia en especies como el águila real, la cotorra serrana y el perrito de la pradera, pero estos esfuerzos solo se aplican en zonas declaradas áreas protegidas. “Fuera de esas zonas, la mayoría de las especies están a su suerte”, dijo.
En los fríos bosques de Guadalupe y Calvo, Bocoyna y Guachochi, sobreviven algunos de los árboles más majestuosos del norte del país. Entre ellos, el abeto o pinabete (Abies concolor), que alcanza hasta 40 metros de altura y requiere suelos húmedos y frescos, y el pinabete espinoso (Picea chihuahuana), una joya endémica de Chihuahua que sólo crece en cañadas frías y sombrías. También el ayarín (Pseudotsuga menziesii var. glauca), considerado un fósil viviente de los antiguos bosques templados, resiste entre los 2 000 y 3 000 metros de altitud.
A su lado, en los fondos de los ríos y arroyos que cruzan municipios como Uruachi, Ocampo y Balleza, se levanta el nogal cimarrón (Juglans major), árbol que brinda sombra, alimento y refugio a numerosas aves y mamíferos, pero que ha sido intensamente talado por su madera. También el laurel (Litsea glaucescens), conocido por su aroma y uso medicinal, ha sido diezmado por la extracción sin control.
En los valles templados y orillas de arroyos crecen especies de gran valor ecológico como el guapaque o palo de fierro (Ostrya virginiana), que enriquece el suelo y regula la humedad, y el basiáwari o júbe (Tauschia tarahumara), una planta endémica de Bocoyna que sólo brota en zonas húmedas con suelo oscuro. En zonas bajas y cálidas de Batopilas, Urique, Chínipas y Moris prosperan especies del matorral y selva baja como el chile piquín o chiltepin (Capsicum annuum var. glabriusculum), la biznaga espinosa (Mammillaria lindsay) y el órgano pequeño pelón (Echinocereus subinermis), plantas vitales para la polinización y alimentación de aves e insectos.
Otros árboles como el encino prieto, encino roble y encino duraznillo siguen siendo víctimas de la tala indiscriminada en municipios como Balleza, Morelos y Guachochi, donde su madera es muy demandada. Igualmente, especies como la palma samandoca (Brahea dulcis) y el agave lechuguilla (Agave lechuguilla), que forman parte de los ecosistemas áridos del sur de la sierra, se encuentran amenazadas por la sobreexplotación y los incendios recurrentes.
Estas plantas, junto con otras como el guamúchil, el madroño serrano y diversas orquídeas y hongos micorrízicos, mantienen el equilibrio del suelo, protegen los mantos acuíferos y sostienen una red ecológica que se rompe poco a poco ante la deforestación y el cambio climático.
Pero el drama de la Tarahumara no se limita a sus bosques: su fauna, símbolo de la fuerza natural del norte, también se extingue a pasos acelerados. En las zonas altas de Guadalupe y Calvo, Guachochi y Bocoyna, aún habita el oso negro (Ursus americanus), una de las especies más emblemáticas de México, que se ve cada vez más acorralado por la fragmentación del bosque y la cacería furtiva. En los cañones profundos de Batopilas y Urique, el jaguar (Panthera onca arizonensis) todavía ronda en silencio, aunque sus avistamientos se han vuelto escasos debido a la pérdida de su hábitat.
Entre las aves más amenazadas se encuentra la cotorra serrana occidental (Rhynchopsitta pachyrhyncha), endémica de Chihuahua y Durango, que anida únicamente en los pinos altos de la sierra de Guachochi, Bocoyna y Guerrero. Su población ha disminuido drásticamente por la tala de los árboles donde cría. También peligra la guacamaya verde (Ara militaris), que solía poblar las barrancas de Batopilas, Urique y Morelos, y la guacamaya roja (Ara macao), desaparecida de amplias zonas del sur de la sierra.
El águila real (Aquila chrysaetos), símbolo nacional de México, aún sobrevuela los cielos de Balleza, Guadalupe y Calvo y Uruachi, pero enfrenta la pérdida de presas y el envenenamiento de su entorno. El águila cola roja, el búho cornudo y el pájaro bandera o koa (Trogon elegans) también se han visto reducidos por los incendios y la fragmentación de los bosques. En los mismos ecosistemas subsisten el guajolote silvestre (Meleagris gallopavo mexicana) y el puercoespín mexicano, ambos esenciales en el ciclo ecológico serrano.
La lista continúa con mamíferos medianos como el venado cola blanca, el puma, el gato montés, el zorro gris y el tlalcoyote, todos en descenso debido a la pérdida de refugios naturales y la presión de la caza. En los ríos limpios de Bocoyna, Guachochi y Urique todavía sobrevive la nutria de río (Lontra longicaudis annectens), mientras que la trucha dorada, orgullo de las aguas serranas, enfrenta la contaminación y la introducción de especies exóticas.
Los reptiles también tienen su cuota de riesgo. En los arroyos del suroeste chihuahuense habita la culebra de agua de panza negra (Thamnophis melanogaster chihuahuensis), endémica de la región, cuya población está en declive por la pérdida de ríos limpios. En las zonas más áridas de Moris, Uruachi y Batopilas, la víbora de cascabel cumple su función natural de control biológico, aunque suele ser eliminada por miedo o desconocimiento.
El oso negro y el jaguar funcionan como indicadores biológicos fundamentales para medir la salud de los ecosistemas en Chihuahua / Foto: Cortesía / Colectivo Agua y Bosques para la Vida
Ante este panorama, diversas instituciones han intentado revertir el daño. Desde 2014 se implementa el proyecto Tarahumara Sustentable, impulsado por la Conanp y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), con apoyo del WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza). El objetivo: integrar la conservación de la biodiversidad con actividades productivas que beneficien a las comunidades locales.
Sin embargo, los resultados han sido limitados. La falta de vigilancia ambiental, el escaso financiamiento y la persistencia de la tala ilegal hacen que muchos esfuerzos sean insuficientes. Los expertos coinciden en que sin la participación directa de las comunidades rarámuri y mestizas, la conservación a largo plazo será imposible.
Pese a la adversidad, la Sierra Tarahumara aún conserva una enorme riqueza biológica. Sus barrancas y bosques templados son hogar de miles de especies de flora y fauna, algunas únicas en el mundo. Sin embargo, la presión humana, la contaminación y la falta de recursos públicos amenazan con ir reduciendo esa diversidad.
“Cada árbol que cae, cada río contaminado y cada especie que desaparece nos quita un pedazo de nuestra propia vida”, concluyó Barragán. “La sierra no es solo un paisaje bonito, es un sistema que nos da agua, oxígeno y alimento. Y si no la cuidamos, la pérdida será de todos”.