Cuando un minero no vuelve, el alma del pueblo se rompe...
San Francisco del Oro guardó hoy un luto profundo por la muerte de uno de los suyos. Las calles en silencio, el cielo se tiñó de naranja, un doble arcoíris cruzó el horizonte y la lluvia cayó como si también llorara
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El cielo se tiñó de naranja y un arcoíris doble cruzó El Oro, la lluvia llegó como si también llorara la muerte del minero / Foto: Isaac Molina/El Sol de Parral
Cada vez que muere un minero, el pueblo entero lo siente. En San Francisco del Oro, la muerte no pasa desapercibida: se instala en el pecho de todos, aunque no se diga en voz alta. Hoy volvió a pasar. Un minero no regresó a casa y con él, una parte del pueblo se detuvo.
En cada casa se supo sin tener que decirlo. Las ventanas se entornaron, la música se apagó, las risas se guardaron. Los niños dejaron de jugar en las calles, los comerciantes bajaron el volumen a los radios, y en los barrios, donde suelen escucharse canciones y pláticas de patio, apenas se oía el murmullo del viento.
Fue como si el pueblo respirara distinto. Como si todos entendieran, sin hablarlo, que había que detenerse. Que la muerte de uno era dolor para todos. Porque en el pueblo, aunque no se le hable al fallecido, aunque los caminos no se crucen seguido, todos se conocen. Todos comparten algo: una calle, un turno, un apellido, un recuerdo. Por eso el luto es colectivo. Porque el que murió pudo haber sido cualquiera.
Hoy, además, el cielo pareció entender. Al caer la tarde, el horizonte se tiñó de naranja. Un color denso, extraño, que cubrió los cerros y se derramó sobre los tejados como si la tristeza también llegara desde el cielo.
Y luego, de pronto, apareció un doble arcoíris cruzando el municipio. Quienes lo vieron se quedaron quietos. Algunos guardaron la imagen en silencio. Era como si la naturaleza quisiera consolar al pueblo, o al menos, acompañarlo en su pena. Y por si faltaba algo, llegó la lluvia. Lenta, constante. Como si el cielo también llorara.
En San Francisco del Oro, cuando un minero muere, se apaga algo más que una vida. Se detiene la memoria, se congela el ánimo. Las conversaciones se hacen cortas, los saludos se vuelven abrazos callados. La tristeza camina por las banquetas como un vecino más. Y todos, desde su rincón, la sienten.
Hay una melancolía que sólo entiende un pueblo minero. Es una mezcla de respeto, miedo y solidaridad. De saberse frágil ante un trabajo que no perdona errores, ni fatigas, ni accidentes. Por eso, cuando uno cae, todos bajan la mirada. Todos suspiran. Todos lamentan. “Qué triste”, se oye decir una y otra vez.
Y aunque mañana la vida seguirá, como siempre, hoy el pueblo está de luto. Un luto sin música, sin palabras altas, sin prisa. Un luto profundo, hecho de silencio, de cielo rojo, de arcoíris cruzado y lluvia sobre los techos. Porque, en San Francisco del Oro, cada vez que muere un minero, el alma del pueblo se encoge. Y guarda silencio.