Localjueves, 26 de febrero de 2026
Cuatro décadas al pie del cajón: la historia de Jaime Salinas, bolero de Parral
La disminución de clientes y los cambios en el calzado han transformado un oficio que antes era parte esencial de la vida cotidiana
La disminución de clientes y los cambios en el calzado han transformado un oficio que antes era parte esencial de la vida cotidiana

Durante cuatro décadas, Jaime Salinas ha hecho de la boleada de zapatos su principal sustento, un oficio al que llegó siendo joven por influencia de amigos del barrio de La Chole, y que con el paso del tiempo le permitió formar y mantener a su familia; sin embargo, recuerda que, a diferencia de antes cuando atendía hasta 25 clientes al día, hoy apenas logra entre seis y siete servicios diarios, reflejo de la disminución del trabajo ante los cambios en el calzado y los hábitos de las nuevas generaciones.
Sentado frente a su estación, con los utensilios acomodados como si cada uno tuviera memoria propia, Jaime repasa su historia con la naturalidad de quien ha pasado la vida observando el ir y venir de la gente. Dice que todo comenzó casi por casualidad, siguiendo a unos amigos del barrio, hijos de un bolero que ya tenía experiencia en el oficio. Entre juegos y curiosidad, aquel espacio se convirtió poco a poco en su lugar.
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“Ahí nos fuimos armando, de poco a poco, hasta que me quedé”, cuenta, recordando aquellos años en los que la boleada, aunque barata, era constante. La plaza, dice, tenía otro ritmo: más movimiento, más clientes, más tiempo para conversar mientras el brillo regresaba al calzado.
Con el paso de los años, Jaime no solo perfeccionó la técnica, sino que también encontró en este oficio la base para sostener su hogar. Casado y con hijos, asegura que la boleada fue su principal fuente de ingresos, aunque en ocasiones tuvo que complementarla con otros trabajos. Aun así, nunca dejó el cajón que le dio estabilidad.
Sus hijos crecieron mientras él trabajaba, viendo cómo cada par de zapatos representaba una oportunidad más para salir adelante. Hoy, ya adultos, la vida los llevó por otros caminos, pero Jaime sigue en el mismo sitio, aferrado a un oficio que, aunque golpeado, se resiste a desaparecer.
El contraste entre el pasado y el presente es inevitable. Recuerda que hace unos 20 años podía atender entre 20 y 25 personas al día; ahora, con suerte, llegan seis o siete. La diferencia no solo está en la cantidad de clientes, sino en los cambios de una sociedad que dejó de bolear sus zapatos.
“La gente joven ya casi no viene”, dice, explicando que el tipo de calzado actual, más deportivo y menos formal, ha reducido la necesidad del servicio. Lo que antes era parte de la rutina, hoy es casi una excepción.
A esto se suman las condiciones del clima, uno de los factores más complicados para quienes trabajan al aire libre. La lluvia o el frío intenso pueden significar jornadas sin clientes, días en los que el cajón permanece intacto y la espera se alarga más de lo habitual.
A pesar de todo, Jaime no pierde la disposición. Con la voz tranquila, lanza una petición sencilla: que la gente no olvide a los boleros. “Aquí estamos, a la orden para limpiarles los zapatos”, dice, como quien no solo ofrece un servicio, sino también una historia viva que resiste, día con día, al paso del tiempo.