Locallunes, 12 de mayo de 2025
Cuidar vidas, su mayor vocación: "ser enfermera no es sólo una profesión”
Mónica combina con fortaleza su vocación, con su papel de madre de cuatro hijos
Mónica combina con fortaleza su vocación, con su papel de madre de cuatro hijos

En la colonia Juárez, donde las necesidades de salud se multiplican cada día, hay una figura que destaca por su vocación, entrega y calidez humana: Mónica Iveth Ruiz Amaya, una enfermera con diez años de trayectoria que cada mañana, antes del amanecer, ya ha iniciado su jornada de servicio. Para Mónica, ser enfermera no es solo una profesión, es el cumplimiento de un sueño que nació cuando era apenas una niña con la ilusión de ayudar a los demás.
Con una sonrisa que transmite confianza y una mirada que refleja cansancio y orgullo a la vez, Mónica combina con fortaleza su vocación con su papel de madre de cuatro hijos. Su día comienza mucho antes de que el sol asome: debe alistar a sus dos pequeñas para llevarlas a la guardería, preparar todo en casa y llegar puntual a las 6:30 de la mañana al dispensario médico donde labora.
Ubicado en el corazón de la colonia Juárez, el dispensario se ha convertido en su segundo hogar. Entre consultas, curaciones, toma de signos vitales y pláticas de aliento, Mónica se esfuerza cada día por dar lo mejor de sí. Sabe que una sonrisa y una palabra amable también son parte del tratamiento, y por eso, a pesar del cansancio, se asegura de brindar una atención digna y cálida a cada paciente que toca su puerta.

Su compromiso con la salud y el bienestar de la comunidad no termina en su jornada laboral. Mónica se capacita continuamente con los cursos que ofrece la Jurisdicción Sanitaria, buscando siempre actualizarse y estar a la altura de las exigencias médicas. Para ella, el conocimiento es una herramienta fundamental que debe afilarse constantemente.
Uno de los periodos más difíciles de su vida profesional fue, sin duda, la pandemia de COVID-19. Como enfermera, estuvo en la primera línea, enfrentando el miedo, la incertidumbre y el dolor que trajo consigo el virus. Los casos sospechosos llegaban uno tras otro y, con ellos, la angustia de llevar el contagio a casa. La rutina se volvió más rigurosa: lavado constante de manos, sanitización minuciosa y el peso emocional de ver a compañeros y pacientes caer.
Pero nunca retrocedió. Nunca se permitió el lujo de dudar. “Si uno no ayuda, ¿entonces quién?”, se decía. Aun cuando el temor por su familia la desvelaba, nunca negó atención a quienes la necesitaban. Fue en esa etapa oscura donde más brilló su vocación, donde más fuerte se hizo su voluntad.
Hoy, a pesar de las múltiples exigencias que su vida le impone, Mónica se declara feliz. Ama ser enfermera, ama poder tender una mano, escuchar, consolar, curar. Para ella, cada herida que cierra, cada fiebre que baja y cada sonrisa que arranca a un paciente son recordatorios de que está en el lugar correcto, haciendo lo que siempre soñó.
La historia de Mónica Iveth Ruiz Amaya es la de muchas mujeres mexicanas que, en silencio y sin reflectores, sostienen los pilares del sistema de salud con compromiso, amor y vocación. Ella es prueba viva de que, cuando se trabaja con el corazón, no hay cansancio que pese más que la satisfacción de servir.