La violencia se convirtió en el pan de cada día. “Había muchas balaceras, mucha violencia, mucho delincuente,” relata Simón, su voz cargada de memoria y miedo.
A pesar de todo, su corazón sigue allá, entre los cerros. “No dejo de pensar en mi rancho. Cuarenta años viviendo ahí. Yo trabajé por mi casa, luché para sacarla adelante, y ahora… ahora ahí se quedó todo.”
La lucha por recuperar su tierra parece lejana, pero para Simón, no hay otra opción que seguir adelante. “Hay que echarle ganas. Tiene uno que salir adelante.”
El fin de la tranquilidad
Se dispara atención a desplazados por la violencia en Parral durante los últimos meses del 2024
El número de desplazados ha venido en aumento en la sierra / Foto: Cortesía / Células BOI
Don Simón es uno de los cientos de desplazados que dejó la violencia en Guadalupe y Calvo durante los últimos días de 2024. Ahora que llegó a Parral, se topó con el primer reto: encontrar un lugar para vivir, por lo que recurrió a familiares para que le brindaran asistencia. Asegura que regresar a las comunidades de la Sierra Tarahumara no es seguro, además de que el alimento escasea y la incertidumbre es el pan de cada día.
“¡Ojalá y nos dejen salir de aquí!” Las palabras de don Simón, quien vivía en la comunidad de Galeana de Guadalupe y Calvo, reflejan el drama de los desplazados. Hace 16 días, en una noche, los comisariados le dijeron a él y a 50 personas del rancho que debían salir de inmediato porque “personas malas” iban a invadir su comunidad. “Yo solo quería un espacio de rait para poder salir. No nos trajimos nada, todo se quedó allá, lo perdimos todo”. Las historias de quienes abandonan su hogar son cicatrices abiertas que relatan un éxodo silencioso, forzado por la violencia.
En el corazón de esta tragedia está don Simón, un hombre que hasta hace unos meses vivía en una pequeña comunidad rodeada de pinos. Allí crió a sus hijos, sembró maíz, cuidó gallinas y construyó un hogar. Pero un día, el rugido de las balas irrumpió en su tranquilidad. “Primero fue una vez, luego otra… y luego vinieron. Nos dijeron que debíamos irnos. Sin preguntas. Nos dejaron minutos para empacar lo que pudiéramos”, narra con voz entrecortada.
La familia de don Simón es una de las 391 que, según cifras de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, han huido en los últimos tres meses. No obstante, se estima que la cifra real es mucho mayor. Muchos desplazados no denuncian; simplemente escapan con lo que pueden cargar. “Sólo traje mi ropa que traía puesta. Dejamos todo lo demás atrás: animales, muebles, nuestra historia…”, dice.
El municipio de Guadalupe y Calvo ha sido víctima de una creciente violencia lo que ha generado desplazamientos de personas / Foto: Cortesía/Celulas BOI
Las montañas de Guadalupe y Calvo guardan un silencio ancestral, roto en los últimos años por el eco de balas y el rugir de camionetas. Desde ahí llega la historia de don Simón, quien, después de cuatro décadas de arraigo, tuvo que abandonar su hogar.
Don Simón vivía en un pequeño rancho rodeado de huertas frutales y animales que pastaban libremente. Era una vida tranquila. “Ahí es una vida tranquila. Crea unos cuatro vacas, unas huertas, sus árboles.” Naranjas, mandarinas, aguacates y limas se mezclaban con el aire puro del cerro. Pero esa calma comenzó a romperse con los disparos.
Cómo contando un cuento de terror, relata: “En el cerro no dejaban de escucharse enfrentamientos a balazos. Al principio, pensamos que esto era pasajero y que un día todo volvería a la normalidad, pero cuando vinieron a sacarnos, solo podía decir: ojalá y nos dejen salir de aquí.”
Las noches en Guadalupe y Calvo ya no son un descanso, sino un martirio. “A veces despertaba con el corazón acelerado porque escuchaba disparos desde los cerros”, cuenta don Simón. Él vivía aterrorizado, temiendo que algún día los hombres armados llegaran por su familia. Ese día llegó, y como muchos otros, tuvo que dejar su hogar sin mirar atrás.
No fue fácil dejarlo todo. “Uno por la violencia sale y deja sus animales, deja su casa, por muchas cosas.” Cuatro décadas construyendo un hogar, un espacio que era su vida misma, quedaron atrás en cuestión de horas. “Ni empacamos. Yo alcancé a agarrar una maleta, pero me traje la de mi esposa y dejé la mía.”
Cincuenta personas del mismo rancho emprendieron el viaje juntas, montados en cuatro camionetas. “Todos los del rancho salimos. Veníamos preocupados, porque, por ejemplo, venir aquí a Parral, ¿qué voy a hacer en Parral? Uno no sabe qué hacer en ese momento.”
Hoy, Simón vive en Parral, en casa de su madre. Pero el cambio es abrumador. “Aquí se estresa uno mucho. Allá la vida es tranquila.” La ciudad trae consigo nuevas cargas: cuentas de agua, de luz, y un ritmo que no se parece al del rancho.
Aunque su vida en Parral avanza, Simón no pierde la esperanza de regresar. “Queremos volver, pero ya será pasando estos días, a ver cómo se pone.” Sin embargo, las noticias no son alentadoras. “Todavía ayer encontraron a alguien colgado.”
La historia de Simón no es única. Es una entre cientos, quizá miles, de desplazados por la violencia en Chihuahua. Pero en cada relato hay un dolor particular, una pérdida que no puede medirse ni cuantificarse.
Los desplazados por la violencia es un fenómeno que se ha venido incrementando en los últimos tres meses del 2024 / Foto: Cortesía/Celulas BOI
Los relatos de los desplazados reflejan un patrón perturbador: amenazas directas, despojo de tierras y, en algunos casos, la violencia extrema. “Nos quieren sacar para controlar las tierras. Aquí nadie pelea, porque si lo haces, te matan.” Simón ahora vive en una casa de su mamá en Parral. Este desarraigo no solo roba hogares, sino también identidades, costumbres y sueños.
Los desplazados suelen llegar a otros municipios con poco más que lo puesto. Algunos tienen la suerte de refugiarse con familiares, como don Simón, y dependen de la solidaridad de sus allegados. “La gente ha sido buena, pero no es lo mismo. No sabes qué será de ti mañana”, dice.
La migración forzada ha dejado a las comunidades de Guadalupe y Calvo desoladas: huertos abandonados, casas que ahora son ruinas silenciosas. Lo que antes eran risas de niños en los patios, hoy son los susurros del viento entre los escombros.
Mientras tanto, las autoridades parecen abrumadas por la magnitud del problema. Las promesas de apoyo son insuficientes para cubrir las necesidades de quienes llegan con hambre, miedo y una tristeza que no se borra. “Nos dicen que nos van a ayudar, pero nadie entiende lo que es perderlo todo de un día para otro”, expresa el entrevistado.
En los últimos tres meses del 2024, la Oficina de Derechos Humanos en Parral atendió a 391 personas desplazadas por la violencia en Guadalupe y Calvo, una cifra que contrasta notablemente con las aproximadamente 120 personas atendidas en los primeros nueve meses del año. El visitador de derechos humanos, Juan Portillo, informó que el aumento en los casos ha obligado a intensificar esfuerzos y replantear las estrategias de atención humanitaria.
Portillo explicó que, al recibir a estas personas, lo primero es presentarse y explicar los objetivos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), destacando que uno de sus servicios principales es canalizar las necesidades de los desplazados. “Se busca atender cada caso de manera integral, ya sea en salud, alimentación o en cualquier gestión necesaria, para que los afectados reciban el apoyo inmediato que requieren”, aseguró.
El funcionario subrayó que muchas de estas personas prefieren no interponer quejas formales contra autoridades o instituciones gubernamentales, lo que ha llevado a la Oficina de Derechos Humanos a adoptar un enfoque más humanitario. “Nuestra función se ha transformado. Ahora trabajamos más en la parte social y de coordinación interinstitucional”, comentó.
Para lograrlo, la oficina ha fortalecido la comunicación con instituciones religiosas, docentes, líderes comunitarios y autoridades locales. “La atención a desplazados es un esfuerzo colectivo. Todos tenemos que sumar para ofrecer soluciones que impacten positivamente en sus vidas”, afirmó Portillo.
El aumento de personas desplazadas coincide con un recrudecimiento de la violencia en el municipio de Guadalupe y Calvo, uno de los más afectados por la inseguridad en la región serrana. Este fenómeno ha generado una presión adicional sobre las instituciones locales, que deben buscar alternativas para dar respuesta a las necesidades de quienes han perdido sus hogares.
Entre las principales carencias de los desplazados se encuentran la falta de vivienda, alimentos y servicios médicos. Según Portillo, todos los casos son expuestos en la Mesa de Desplazamiento Forzado Interno, un espacio que permite coordinar acciones inmediatas y gestionar recursos de forma más efectiva.
“La Mesa de Desplazamiento Forzado Interno es clave para garantizar una respuesta oportuna. A través de ella se canalizan las necesidades a las instituciones correspondientes y se busca brindarles una solución digna”, explicó.
Portillo también destacó la importancia de trabajar con organizaciones civiles y gubernamentales a nivel estatal y nacional para abordar el problema estructural que genera estos desplazamientos. Sin embargo, reconoció que aún queda mucho por hacer para reducir la vulnerabilidad de estas personas.
El visitador finalizó señalando que, aunque las cifras de desplazados son preocupantes, estas no reflejan el total de afectados. “Hay muchas familias que no acuden a las oficinas, ya sea por miedo, desconfianza o desconocimiento de los servicios disponibles”, puntualizó.
La Oficina de Derechos Humanos reiteró su compromiso de seguir trabajando para brindar atención humanitaria y soluciones reales a las personas desplazadas por la violencia, con la esperanza de que, a través del esfuerzo conjunto, se pueda generar un cambio positivo en sus vidas.
Existen cientos de casos de personas desplazadas de Guadalupe y Calvo / Foto: Cortesía/Celulas BOI
La tragedia de los desplazados de Guadalupe y Calvo no es solo un problema local; es un llamado de auxilio que resuena en todo Chihuahua. Es una herida abierta en la sierra, un recordatorio de cómo la violencia puede arrebatar no solo vidas, sino también el derecho a la paz.
Las historias de estas familias deben ser escuchadas. Porque detrás de cada número hay un rostro, un nombre, un hogar perdido. Porque nadie debería tener que elegir entre la tierra que ama y la seguridad de su familia. Y porque mientras esta crisis continúe, el éxodo silencioso seguirá escribiéndose con lágrimas y esperanza rota en los caminos polvorientos.
La sierra Tarahumara, con su belleza indómita y su historia profunda, se desangra en el silencio de quienes la abandonan. Cada familia que huye deja atrás más que un hogar; deja raíces, sueños y memorias que se diluyen en el aire frío de las montañas. Sin embargo, en medio de la incertidumbre y el dolor, estas personas buscan reconstruir sus vidas con una fuerza admirable.
El cierre de esta tragedia no puede ser una resignación al olvido. Es un llamado a la acción, a mirar de frente una realidad que nos compete a todos. Porque mientras existan familias huyendo con miedo y dejando su tierra atrás, no solo perdemos comunidades; perdemos humanidad.