Don Gregorio Holguín, 30 años preservando el arte de la tapicería
Desde Valle de Allende hasta su taller actual en Parral, su trabajo es ejemplo de cómo la tradición artesanal sigue siendo indispensable en la vida moderna
Desde Valle de Allende hasta su taller actual en Parral, su trabajo es ejemplo de cómo la tradición artesanal sigue siendo indispensable en la vida moderna

Javier Cruz
Uno de los oficios que resiste al paso del tiempo es el de tapicero. Entre telas, pieles y viniles, Don Gregorio Holguín Flores ha construido una vida entera dedicada a renovar muebles y asientos automotrices. Su habilidad para transformar un sillón desgastado en una pieza prácticamente nueva, sin perder su esencia ni su estilo original, le ha otorgado el reconocimiento de varias generaciones de clientes.
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Con más de 30 años de experiencia, Holguín Flores comenzó en el mundo de la tapicería a los 15 años en su natal Valle de Allende. Fue ahí donde dio sus primeros pasos como ayudante de Pedro Dávila, un artesano que le enseñó a realizar los cortes exactos, a coser las telas y a comprender la estructura interna de cada mueble que restauraban. Ese aprendizaje marcó su camino.
Tiempo después emigró a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades. Ahí trabajó en la industria de la construcción, sin dejar de lado su oficio, combinando ambos trabajos hasta su regreso a México.
La tapicería es una actividad antigua que se remonta incluso al año 5,000 a.C. en Egipto se han encontrado sillas tapizadas dentro de tumbas faraónicas, los vestigios más antiguos de este oficio. Más adelante, pueblos nómadas utilizaban alfombras y cojines para cubrir el suelo de sus tiendas, buscando comodidad. Con el tiempo llegaron las sillas y mesas plegables, probablemente elaboradas por los mismos artesanos de las tiendas de campaña.
Durante la Edad Media, reyes y nobles contaban con tapiceros que fabricaban butacas y sillas de madera con asientos de cuero, rellenos posteriormente con fibras vegetales o pelo de animal. Hoy en día, aunque los materiales y herramientas han evolucionado, el oficio sigue siendo esencial para la conservación de muebles y para quienes prefieren restaurar antes que reemplazar.
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Desde hace más de 30 años, Don Gregorio continúa al frente de su propio taller. “Desde que lo aprendí, me gustó”, comenta. Su dedicación no solo le ha permitido perfeccionar su técnica, sino también sacar adelante a su familia.
La tapicería, explica, exige paciencia, creatividad y precisión: “Dependiendo de la pieza es el tipo de corte. Los sillones son lo más complicado”. Además de muebles, también tapiza asientos automotrices, trabajo que asegura disfrutar especialmente.
Entre los materiales que utiliza están piel, vinil y una tela resistente conocida como Fli-top, ideal para salas. Tapizar una sala completa puede llevarle alrededor de una semana. Realiza, en promedio, tres trabajos por semana, alternando entre muebles y automóviles. El costo por tapizar un asiento automotriz ronda los 2,500 pesos, dependiendo del material y del modelo.
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En su experiencia, muchas personas prefieren restaurar sus muebles antes que comprar nuevos. “Una sala nueva cuesta alrededor de 20 mil pesos. Tapizarla cuesta unos 10 mil y queda como nueva”, explicó. Además, advierte sobre los riesgos de adquirir muebles económicos fabricados con maderas de baja calidad.
El oficio del tapicero no consiste solo en cubrir un mueble; implica desmontarlo, revisar su estructura, reemplazar materiales desgastados y devolverle firmeza y comodidad. Por ello juega un papel fundamental tanto en la conservación de muebles antiguos como en la creación de interiores únicos.
Desde hace 12 años, Don Gregorio trabaja en su local ubicado en la calle Industrias número 2. Con el paso del tiempo ha sustituido herramientas tradicionales, como el martillo con imán para tachuelas, por grapadoras modernas que agilizan su labor. Sin embargo, insiste en que, pese a la modernización, la esencia del oficio sigue siendo la misma: paciencia, precisión y amor por el detalle.
La recomendación de sus propios clientes es su mejor carta de presentación. Quienes dejan sus muebles en sus manos suelen regresar, confiados en que su trabajo mantendrá la identidad del mueble original.
“Jamás me he arrepentido de ser tapicero”, afirma. Para él, la tapicería no es solo renovar telas o cambiar rellenos: es darle una segunda vida a los objetos que acompañan a las familias durante décadas.
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