Localmartes, 3 de febrero de 2026
El corazón de Parral alberga un santuario de tortugas
Actualmente, viven alrededor de 115 tortugas, de las cuales ocho son de tierra y el resto de agua
Actualmente, viven alrededor de 115 tortugas, de las cuales ocho son de tierra y el resto de agua

En pleno centro de la ciudad, la Casa de la Cultura se ha convertido en un santuario para 115 tortugas de tierra y agua que actualmente son el principal atractivo del lugar. Aquí habitan ejemplares como Rafa y La Boluda que tienen hasta 75 años de edad y de acuerdo con su cuidadora Yesenia Fierro el secreto de su conservación está en el estricto régimen alimenticio que llevan a base de whiskas, elote y plátano, así como el respeto por sus tiempos de hibernación.
Hay tradiciones que no se anuncian con carteles ni nacen de un decreto. Simplemente aparecen, se quedan y, sin hacer ruido, se vuelven parte del paisaje emocional de una ciudad. Así ocurre con las tortugas de la Casa de la Cultura, esas habitantes silenciosas que, con el paso del tiempo, han aprendido a convivir con la mirada curiosa de niños, adultos y visitantes que llegan sin saber que, además de exposiciones y talleres, ahí los espera un pequeño ritual de asombro.
Desde temprano, cuando la mañana aún huele a humedad y el frío obliga a caminar con prisa, las tortugas comienzan su lenta ceremonia diaria. Primero asoma una cabeza tímida, luego un ojo que parece medir el mundo, después el caparazón completo que emerge del agua como si despertara de un sueño antiguo. Algunas permanecen quietas, otras se arrastran con paciencia hacia la orilla, buscando ese rayo de sol que, en días fríos, se vuelve una necesidad vital. El sol no es solo calor: es vida, es pausa, es el motor que les permite seguir siendo.
Actualmente, en la Casa de la Cultura viven alrededor de 115 tortugas, de las cuales ocho son de tierra y el resto de agua, según explicó la encargada del área, Yesenia Fierro. “Ahorita tenemos alrededor de unas 115 tortugas… de tierra tenemos ocho, cuatro grandes y cuatro chiquitas, y todas las demás son de agua”, detalló, mientras varias familias se acercaban al estanque para observar cómo algunas sacaban tímidamente la cabeza del agua.
Entre todas, hay una que se roba las miradas por su historia: Rafa, una tortuga de tierra que tiene 76 años de edad, considerada la más longeva del lugar. “Rafa es el mayor, es el que tiene 76 años”, contó Yesenia, con una sonrisa que mezcla orgullo y cariño. En el caso de las tortugas de agua, la más vieja tiene 20 años y es conocida como La Boluda, llamada así por la forma particular de su caparazón. “Le hicimos la boluda porque tiene el caparazón boludo, por eso le hicimos la boluda y es hembra”, explicó.
Pero no todo es historia y longevidad; también hay nuevas generaciones. Actualmente existen siete crías que nacieron hace apenas 10 días, algo poco común debido al clima frío. “Son siete porque con el tiempo de frío no es muy raro la tortuga que se logra”, relató la encargada, mientras un grupo de niños intentaba contar cuántas se movían. Para muchos, ver nacer tortugas es una experiencia que solo habían visto en documentales, y ahora ocurre frente a sus ojos, en pleno centro de Parral.
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El impacto social del lugar es evidente. De acuerdo con la propia administración, diariamente llegan entre 10 y 15 personas solo para ver a las tortugas, cifra que se incrementa los fines de semana. “No, diario viene mucha gente… en las tardes se llena de niños que salen de la escuela y pasan a ver las tortugas”, compartió Yesenia. Los menores se agolpan en las orillas del estanque, les ponen nombres improvisados, celebran cuando alguna se mueve rápido y descubren, sorprendidos, que las tortugas no son tan lentas como se piensa.

Quien pasa por ahí por primera vez se detiene casi por accidente. Hay algo hipnótico en observarlas. No corren, no hacen ruido, no piden atención, y aun así la obtienen. Las personas se acercan, sonríen, bajan la voz como si estuvieran frente a un secreto. Los niños son los primeros en romper el silencio: estiran la mano, señalan con el dedo y llaman a sus padres con urgencia, como si acabaran de descubrir un tesoro. “Mira esa, qué grande está”, dicen. Y en ese gesto simple se construye la memoria.
Algunas tortugas sorprenden por su tamaño. No siempre fueron así. Crecieron a la vista de todos, lentamente, año tras año, como crecen las historias que valen la pena. Quienes regresan después de mucho tiempo se asombran al reconocerlas: las recuerdan pequeñas, casi frágiles, y ahora las ven firmes, con el caparazón curtido por el sol y el agua, como si llevaran encima el calendario de la ciudad. Son, en cierto modo, un espejo del tiempo.
En las tiendas de mascotas pueden verse tortugas en vitrinas limpias, bajo luces artificiales, listas para ser compradas. Pero aquí es distinto. En la Casa de la Cultura no están en exhibición: habitan. Su estanque no pretende ser un zoológico, pero lo parece por momentos, porque la gente se comporta como si lo fuera. Se detienen, observan, aprenden sin darse cuenta. No hay jaulas ni letreros didácticos, solo la vida ocurriendo con naturalidad, y eso resulta más poderoso que cualquier explicación.
Las tortugas representan la calma en un mundo que corre. Son la antítesis de la prisa. Mientras la ciudad se acelera, ellas avanzan centímetro a centímetro, recordándonos que no todo tiene que ser inmediato. Quizá por eso gustan tanto. Verlas es una forma de descanso, un respiro visual que baja el ritmo del corazón. Frente a ellas, el tiempo parece ensancharse.
Hay mañanas en que varias se agrupan para tomar el sol, alineadas como si posaran para una fotografía invisible. Permanecen quietas, con los ojos entrecerrados, absorbiendo el calor que les permite seguir. En días nublados, en cambio, permanecen más tiempo en el agua, apenas visibles, como pensamientos sumergidos. Cada comportamiento despierta preguntas, curiosidad, ternura.

Mantener este pequeño ecosistema no es tarea sencilla. Las tortugas siguen horarios estrictos de alimentación: por la mañana y a media tarde se les da alimento comercial, mientras que por la noche reciben elote y plátano. “Ahorita les doy Whiskas en la mañana, como a las tres otra vez, y en la noche el compañero les da elote y plátano”, explicó. Las tortugas de tierra, por su parte, se alimentan exclusivamente de lechuga y pasan hasta seis meses en hibernación, desde octubre hasta mayo, sin salir ni comer.
La limpieza también es clave para su supervivencia. Cada lunes se les da mantenimiento con jabón y cloro, mientras que el resto de la semana se realiza únicamente con agua. Además, algunas tortugas han llegado como donaciones de ciudadanos que ya no pueden cuidarlas. “Hay gente que viene y las deja… no nos queda otra más que aceptarlas”, reconoció Yesenia, quien explicó que actualmente solo se reciben tortugas de acuario debido a problemas de contagio con especies de río.
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Más allá del cuidado técnico, lo que verdaderamente convierte a este espacio en algo especial es la conexión emocional que se genera con la gente. Niños que regresan cada semana para ver si crecieron, adultos mayores que recuerdan haberlas visto desde hace décadas, turistas que se sorprenden al encontrar un sitio así en plena ciudad. Incluso hay anécdotas que rompen mitos: “Una vez una señora vio cómo una tortuga se brincó y salió corriendo, y ahí se dio cuenta que no son tan lentas como dicen”, contó entre risas.
Los padres explican lo que saben, los niños imaginan lo que no. Para algunos pequeños, estas tortugas son el primer contacto cercano con un animal que no ladra ni vuela, que no corre ni maúlla. Son una lección viva de diversidad, de paciencia, de respeto. Aprenden que no todo responde al llamado inmediato, que hay seres que viven a otro ritmo y aun así merecen cuidado y atención.

Con los años, las tortugas se han vuelto parte del recorrido obligado. “Vamos a ver las tortugas”, dicen algunos antes incluso de entrar al edificio. Son punto de encuentro, pretexto para la foto, motivo de conversación. Atraen a propios y extraños, a locales que ya las sienten suyas y a visitantes que se llevan la sorpresa como un recuerdo inesperado de la ciudad.
Así, sin proponérselo, estas tortugas se convirtieron en símbolo. No oficial, no grandilocuente, pero profundamente humano. Representan la constancia, la vida que resiste, la belleza de lo simple. En su silencio enseñan más de lo que parece: que también la cultura se habita, que los espacios públicos cobran sentido cuando la gente los hace suyos, y que, a veces, basta con observar cómo una tortuga saca la cabeza de su caparazón para reconciliarse un poco con el mundo.
Hoy, las tortugas de la Casa de la Cultura no son solo animales en exhibición: son un atractivo turístico vivo, un símbolo de convivencia, educación ambiental y patrimonio urbano. En una ciudad que busca constantemente nuevas formas de atraer visitantes, este pequeño santuario representa una joya silenciosa, que no necesita publicidad estridente, porque su magia se transmite de boca en boca, en la sonrisa de un niño y en la mirada asombrada de quien descubre que, en Parral, hasta las tortugas tienen historia.