“El maíz ya no deja”: la historia de Jesús Manuel Rentería, un productor que lucha por mantener viva la siembra en tiempos de crisis
El agricultor Jesús Manuel Rentería señala que los altos costos y apoyos insuficientes obligan a priorizar el forraje y diversificar cultivos para subsistir
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Rentería ha optado por cultivos como el algodón y espárrago ante la crisis del maíz en la región sur / Foto: Archivo / El Sol de Parral
Por décadas, el maíz fue el cultivo estrella del campo mexicano, pero para productores como Jesús Manuel Rentería hoy representa más una batalla de resistencia que una fuente de progreso. Originario de Coronado, en el sur del estado de Chihuahua, Rentería ha dedicado buena parte de su vida a sembrar maíz, aunque reconoce que cada ciclo agrícola se ha vuelto más incierto y menos rentable. “Yo empecé en 2004, pero no lo siembro todos los años, solo cuando las condiciones son favorables, porque el maíz ya no deja lo que dejaba antes”, confiesa.
En sus primeros años como agricultor, Rentería destinaba su producción principalmente al grano, que vendía a tortillerías o bodegas locales. Sin embargo, con el paso del tiempo, la falta de compradores y los bajos precios del mercado lo orillaron a cambiar de rumbo. “Antes era puro maíz para grano, pero ya no conviene. Es un ciclo más largo, necesita más agua y más inversión. Ahora casi todos sembramos para forraje, para ensilar, porque ahí el pago es rápido y el dinero se recupera en una semana”, explica.
La transformación del cultivo en la región no es casual. El productor detalla que la falta de agua de riego y la irregularidad de las lluvias han cambiado por completo la manera de trabajar la tierra. En su caso, el último ciclo lo sacó adelante solo con dos riegos de auxilio, algo impensable en los años en que el maíz se destinaba al grano. “Antes se necesitaban cinco o seis riegos. Hoy, con dos y algo de lluvia, se saca el forraje. No se produce tanto, pero al menos deja utilidad”, comenta.
El problema, señala, es que los costos se han disparado mientras el precio del maíz se mantiene prácticamente igual desde hace 20 años. “Cuando yo empecé, el maíz valía cuatro pesos el kilo y el diésel costaba ocho o nueve pesos. Hoy el maíz sigue valiendo cinco o seis pesos, pero el diésel está en 27. Es imposible que sea rentable. Todo sube, menos lo que nos pagan”, lamenta. En un ciclo promedio, el gasto por hectárea ronda entre 10 mil y 12 mil pesos, mientras que el ingreso por tonelada apenas alcanza los mil cien pesos.
A pesar de los apoyos oficiales que el Gobierno Federal presume, Rentería asegura que la ayuda real es mínima y, en algunos casos, ineficiente. “Este año apenas me inscribí y me dieron fertilizante, pero llegó tarde, cuando ya no sirve. Además, no tiene la misma calidad que el comercial; no se ve el mismo vigor en la planta. Lo he comprobado. Son apoyos que se anuncian muy grandes, pero en el campo no se reflejan”, afirma. Según su experiencia, el fertilizante oficial aporta apenas la mitad de lo necesario para una hectárea, lo que obliga a los productores a seguir comprando por su cuenta.
Su formación como ingeniero agrónomo le ha permitido comparar y comprobar los resultados. “Yo he pensado en mandar analizar ese fertilizante, porque no se ve el rendimiento que debería. Si de 46 unidades de urea solo trae la mitad, pues claro que no rinde igual. Es una manera de decir que se apoyó al campo, pero en la práctica no se produce más”, apunta con frustración.
Además de los costos, los productores enfrentan la incertidumbre del mercado y la falta de infraestructura para cosechar a tiempo. “El año pasado un compañero perdió 45 toneladas solo porque la máquina no llegó. Llovió, se retrasó la cosecha y se le bajó el rendimiento. Eso pasa seguido. Si las máquinas no llegan o el clima no ayuda, se pierden semanas de trabajo y mucho dinero”, relata.
Rentería también reflexiona sobre la protesta que recientemente encabezaron campesinos en la Ciudad de México para exigir mejores precios al gobierno. Aunque respeta la lucha, considera que el cambio debe venir desde las urnas. “Toda lucha es válida, pero la verdadera se hace el día de la elección. Hay que saber a quién ponemos ahí, porque esas marchas no van a cambiar mucho si las políticas siguen igual. Los apoyos están mal enfocados, benefician al pequeño productor por cuestión de votos, pero no al que realmente sostiene la producción del país”, expresa.
En su visión, el enfoque actual del gobierno prioriza el impacto social sobre la productividad. “Un productor con una hectárea recibe el mismo apoyo que uno con cien, y eso no tiene sentido. El que produce más es el que alimenta al país, pero políticamente vale lo mismo un voto que otro. Así no se puede alcanzar la suficiencia alimentaria”, opina. Por eso, en su caso, ha comenzado a diversificar cultivos, apostando por el algodón y el espárrago, que le dejan mejores márgenes de ganancia. “Con los mismos riesgos que el maíz saco el doble. Por eso el maíz ya solo lo siembro cuando se puede”.
Aunque su historia refleja el desencanto de muchos campesinos, Rentería sigue sembrando por vocación. “El maíz me gusta, es bonito verlo crecer, pero llega la cosecha y viene la decepción. Ya no es negocio. Lo siembro porque soy agricultor de corazón, pero no porque deje. Si no fuera por el amor al campo, hace tiempo hubiera dejado de hacerlo”, concluye con una mezcla de orgullo y resignación