Llega a Jiménez año con año siguiendo el ciclo de la tierra: la pizca del chile, la cebolla, el tomate o cualquier cultivo que se dé / Foto: Isaac Molina / El Sol de Parral
Hernán fue el último en quedarse. Cuando los bloqueos se extinguieron después de cuatro días de tensión, frío y fogatas improvisadas, él permaneció en su sitio como si todavía hubiera algo por custodiar. Sentado sobre un bote volteado y con una cobija áspera que apenas le ayudó a cortar el viento nocturno, miraba el montón de cenizas que había estado a su cargo. Eran las sobras calcinadas de una protesta que no era suya, pero que por unos días le había representado una entrada modesta de dinero y alimento seguro.
El hombre, de complexión delgada y manos curtidas por el sol de cada temporada, es originario de Gómez Palacio, Durango. Llega a Jiménez año con año siguiendo el ciclo de la tierra: la pizca del chile, la cebolla, el tomate o cualquier cultivo que se dé. Su vida es una ruta migrante dentro del mismo país, donde lo único que permanece es la necesidad de trabajar. Por eso, cuando le ofrecieron cuidar y vigilar uno de los puntos del bloqueo durante la noche, aceptó sin dudar. Le pagarían algo y además tendría comida caliente, un alivio temporal en medio de una temporada laboral incierta.
“Yo nomás vine porque me hablaron para cuidar aquí”, dice mientras se asegura de que no queden brasas vivas bajo el montón de ceniza. No se queja; lo dice con naturalidad, como quien habla de un día más en el campo. Durante las madrugadas estuvo atento, caminando despacio entre la oscuridad, acomodándose en el bote cuando el frío apretaba y levantándose para atizar el fuego cuando el viento amenazaba con apagarlo. La protesta seguía su curso, pero él solo vigilaba lo que le tocaba.
Hernán reconoce que no conoce a fondo los motivos del bloqueo. A él solamente le comentaron algunos patrones para los que trabaja en la pizca: que “no se vale que quieran privatizar el agua”, que la gente estaba enojada porque eso afectaría directamente a quienes producen, riegan y sostienen los cultivos que luego él ayuda a levantar. “Eso fue lo que me dijeron, yo nomás vine a apoyar”, repite sin apropiarse completamente del discurso, pero tampoco ajeno a la preocupación que lo rodeaba.
La noche en que los bloqueos se levantaron empezó como cualquiera de las anteriores: fría, silenciosa por momentos y, de repente, interrumpida por murmullos. Hernán lo notó poco antes de la 1:30 de la madrugada, cuando las luces comenzaron a moverse y los camiones encendieron sus motores. Primero creyó que era una patrulla, pero pronto vio que eran tráileres. Muchos. Decenas de ellos avanzaban desde la carretera que conecta con La Laguna, la misma ruta que él recorre cada año para venir a trabajar. “Venían un montón, de Gómez, de Torreón… de allá”, cuenta, señalando hacia de donde seguían emergiendo los camiones.
Los conductores tocaban el claxon como saludo y desahogo. Llevaban días varados, esperando el momento en que las negociaciones permitieran abrir el paso. Para ellos era el final de una espera incierta; para Hernán, el final de su vigilia. Los manifestantes comenzaron a retirarse sin mayor ruido. Algunos recogían, otros apagaban fogatas, otros simplemente se marchaban cabizbajos, cansados. Él se quedó un poco más, como si su tarea no terminara oficialmente hasta que no quedara nadie.
Cuando todo quedó en silencio, Hernán recogió su cobija y se levantó del bote. Miró una vez más las cenizas que había cuidado durante noches enteras. Allí, reducido a polvo gris, quedaba lo único que le había dado ingreso durante esos días de bloqueo. Con el camino libre, ya no habría a quién cuidar ni qué vigilar. La oportunidad se había ido con la misma rapidez con la que la protesta se deshizo durante la madrugada.
Murmuró un “ni modo, así es esto”. No había enojo, solo una resignación hecha de años de trabajo temporal y temporadas cambiantes. Emprendió el camino rumbo a la orilla de la carretera en busca de dos o tres nueces, pensando quizá en lo que sigue: buscar quién necesita manos para levantar cualquier cultivo que dé la tierra. Detrás de él quedaron las cenizas, dispersándose poco a poco, igual que la breve oportunidad que lo mantuvo ahí durante cuatro noches consecutivas.