Esta Navidad no todos los niños recibirán juguetes; familia Cruz Ponce dará prioridad a lo básico
Entre jornadas en el campo, traslados costosos y una casa compartida en la colonia Jorge Leyva, los niños Cruz Ponce enfrentarán diciembre con lo más indispensable
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La Navidad llegará sin prisas a la casa de la familia Cruz Ponce, ubicada en la calle Codo, en la colonia Jorge Leyva, en las orillas de Parral. No llega envuelta en papel brillante ni anunciada por vitrinas llenas de luces; llega con el frío de diciembre, con el cansancio acumulado y con la esperanza discreta de que los niños no se queden sin un recuerdo que les confirme que, pese a todo, sí fue navidad.
En esa esquina del mapa donde la ciudad comienza a hacerse distancia, el día a día no se organiza por calendario, sino por lo que alcanza. La familia no habla de lujos: habla de trayectos, de comidas, de trabajo, de cómo se estira el dinero cuando el dinero no alcanza. Aquí, la Navidad se parece más a una tregua breve que a una fiesta.
Javier Cruz Díaz López trabaja en un rancho de Santa Cruz de Villegas. Ahí, entre surcos y tierra fría, siembra cebolla morada y cebolla blanca. Dice que apenas está aprendiendo, que el patrón todavía no le agarra confianza y por eso no se anima a pedir más. Gana entre dos mil y dos mil trescientos pesos a la semana, pero lo que parece una cifra buena, se reduce cuando se hace cuenta de lo indispensable.
El golpe no está sólo en el sueldo: está en el camino. Para ir y volver, Javier gasta 600 pesos en taxi cada vez. Son 300 de ida y 300 de regreso. A veces, casi lo de la semana se va en puro traslado. Y entonces la Navidad se vuelve una pregunta, una preocupación que se cuela entre los pendientes: “¿Cómo le voy a hacer?”, repite, sin dramatizar, como quien ya se acostumbró a resolver sobre la marcha.
Matías, de seis años; Yaritza Amairani, también de seis; el pequeño Javier Armando, de tres; y Michelle, de tres / Foto: Luis Murillo / El Sol de Parral
Lizeth Ana Ponce Vega lo escucha y completa la historia con silencios. Hace poco llegaron a quedarse con la mamá de Javier. La casa es pequeña y compartida. Viven varios: la madre, dos hermanos menores, un padrastro, ellos y los niños. Ocho personas bajo el mismo techo, con la rutina apretada y el espacio corto. La convivencia, dice Javier, se batalla más cuando son muchos. No es pleito constante, pero sí un desgaste que se siente.
La madre de Javier también trabaja. Es personal de limpieza en el Hospital General. “Le pagan menos que a uno”, comenta él, como si comparara dos cansancios distintos, dos jornadas que no alcanzan. Entre ambos ingresos se sostiene lo básico: la comida, el transporte, lo urgente. Lo demás queda para después, y a veces “después” nunca llega.
En medio de todo están los niños, que son el centro real de la conversación y del esfuerzo. Matías, de seis años; Yaritza Amairani, también de seis; el pequeño Javier Armando, de tres; y Michelle, de tres. Sus edades marcan el ritmo de la casa: los berrinches, las carreras, las risas repentinas, el hambre a deshoras, la necesidad constante de atención.
Yaritza, cuando se le pregunta qué le pidió a Santa Claus, no menciona juguetes caros ni deseos imposibles. Pide pinturitas. “De niña”, aclara, como si supiera que los sueños también se adaptan a la realidad. La petición suena sencilla, pero en esa sencillez cabe todo: la ilusión, el juego, el anhelo de sentirse tomada en cuenta.
Para la cena navideña no hay planes complicados. Habrá tamales, como cada año. Es una tradición que no se negocia, aunque falte dinero o sobren preocupaciones. La madre los hace; los demás ayudan “como se pueda”, dicen entre risas. En las familias donde el bolsillo es estrecho, los tamales son más que comida: son reunión, calor, continuidad.
Javier no pide grandes cosas para él. No habla de estrenar ropa, ni de comprar adornos, ni de hacer fiesta. Lo que repite es otra idea: que sus hijos tengan “de perdido algo”, que la fecha no pase desapercibida, que al menos quede un detalle que les diga que valió la pena aguantar el año. La navidad, para ellos, es eso: un momento donde la carencia no sea lo único que se note.
En la calle Codo, en la colonia Jorge Leyva, la navidad no se mide por la cantidad de regalos, sino por la voluntad de sostener la esperanza. Y aunque el trabajo sea pesado, el transporte caro y la casa pequeña, la familia se aferra a lo que tiene: estar juntos, cenar algo caliente y ver a los niños sonreír, aunque sea con pinturitas y un abrazo.