Su descendencia es tan grande como su corazón, debido a que tiene 60 nietos, 75 bisnietos y 6 tataranietos, todos orgullosos de llevar en la sangre la fuerza, la bondad y los valores que ella sembró.
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Fue madre de 24 hijos y pilar de una de las familias más grandes de la ciudad. / Foto: Cortesía / Linda Palacios
Fallece doña Consuelo Pacheco de Palacios, una mujer parralense ejemplo de fortaleza, lucha y fe, dejando un legado de profundo amor y gratitud, además de ser el pilar de una de las familias más grandes y queridas de Parral. Su partida deja en sus seres queridos un vacío inmenso, pero también un legado que seguirá vivo en cada una de las generaciones que ayudó a formar, ya que su descendencia es de más de 60 nietos, 75 bisnietos y 6 tataranietos.
Consuelo nació en 1937 en el municipio de Parral, en donde se forjó con carácter firme y espíritu inquebrantable, creando una historia que reflejaba lo mejor de su tiempo: el esfuerzo, la fe, el amor por los suyos y la dedicación al trabajo. Se casó con don Fermín Palacios, originario de Torreón, a quien con cariño llamaba “mi viejito”. Juntos formaron una familia de 24 hijos, de los cuales 20 nacieron vivos y 15 continúan honrando su memoria.
Doña Consuelo fue una mujer trabajadora como pocas. “No conozco a alguien tan trabajadora como mi madre”, recuerda con admiración la menor de sus hijas, Linda Palacios, quien recuerda que madrugaba todos los días y se acostaba muy tarde, cumpliendo con sus responsabilidades de madre y esposa, pero también con su labor como comerciante, oficio que amó profundamente porque le permitía ser independiente, ganarse su propio dinero y apoyar la educación de sus hijos.
A pesar de tener una familia numerosa, siempre buscó dar a cada uno momentos y oportunidades, debido a que enviaba a sus hijos de vacaciones con los hermanos mayores para que conocieran otras ciudades, salieran de Parral y aprendieran del mundo. “Su ejemplo nos enseñó que la vida se construye con trabajo, fe y esperanza”.
Más allá del esfuerzo material, doña Consuelo fue una mujer de profunda fe, debido a que la vida le puso a prueba con la pérdida de algunos de sus hijos, pero jamás permitió que el dolor venciera su espíritu. Su fe fue su refugio y su fuerza. Además, enseñó a los suyos a confiar siempre en Dios, a agradecer por cada día y a vivir conforme a su voluntad. “No somos perfectos, pero hay que caminar de la mano de Dios y con el corazón limpio”.
En sus últimos años enfrentó una enfermedad larga, pero nunca perdió el optimismo ni la gratitud, debido a que cada mañana daba gracias por un día más de vida, por su familia y por lo que tenía. Sus palabras y su actitud se convirtieron en lecciones silenciosas de fortaleza, humildad y amor.
Quienes la conocieron la recuerdan como una mujer servicial, leal y de gran corazón. Vivió por muchos años en la colonia Zapata, donde fue muy querida por sus vecinos y amigos. Siempre dispuesta a ayudar, con una sonrisa sincera y una palabra de aliento, fue ejemplo de nobleza y entrega.
“Mi madre fue una mujer de principios firmes, de carácter fuerte, pero de alma bondadosa. No se dejaba vencer por nada ni por nadie. Nos enseñó a luchar, a mantenernos unidos y a confiar en Dios”, comparte con emoción su hija menor, quien a los 14 años vio a su familia mudarse de la casa en la Zapata, llevando consigo los recuerdos de una infancia rodeada de amor y disciplina.
Doña Consuelo deja el legado de su historia que trasciende generaciones, siendo su vida un ejemplo de entrega y sacrificio, de fe inquebrantable y amor incondicional. “En cada hijo, en cada nieto, en cada bisnieto y tataranieto, vive su legado, y su memoria seguirá siendo una guía luminosa para todos los que la amaron”.