La historia de ambos no empezó con carencias, empezó con responsabilidades. Responsabilidades que pocos tendrían el valor de asumir. Todo comenzó cuando sus padres enfermaron.
Su deseo de Navidad: volver a ver el mundo con claridad
El Gobierno Municipal realizó labores de poda, retiro de residuos y limpieza general en la Unidad Deportiva CNOP, como parte de acciones de mantenimiento para mejorar las condiciones del espacio utilizado por deportistas y familias
El último traslado de Abraham Alejandro F.D. se llevó a cabo el 24 de marzo con el fin de que rinda una declaración como presunto responsable del asesinato
En esta Navidad, su mayor deseo es recuperar la vista y seguir cuidándose mutuamente. / Foto: Marcos Merendón / El Sol de Parral
La puerta de madera azul parece vencida por los años. Se abre con un quejido leve, como si también guardara memoria. Tras ella, una pequeña casa se ilumina con una radio encendida sobre la cama y con el olor discreto de café recalentado. Allí viven María Félix Gutiérrez, de 82 años, y su hermano Adán Gutiérrez, de 75. Dos adultos mayores que, pese a las carencias, sostienen su hogar con una dignidad que conmueve y un amor profundamente navideño: ese que no presume, pero que nunca ha dejado de salvarlos.
Su madre sufrió una fractura en la columna que la dejó sin movimiento; su padre, por su parte, murió de un corazón que literalmente creció hasta pesar más de dos kilos. Desde entonces, la vida de María Félix y Adán se reorientó por completo. No hacia sus propios sueños, sino hacia el deber de cuidar.
En la puerta de su hogar en la colonia Nuevo Parralito, Adán recuerda el momento exacto en que tuvo que dejar su trabajo. “Me faltaba un año para completar la pensión”, dice con serenidad, sin reclamo. “Pero no había de otra. Ellos me necesitaban”.
Mientras él levantaba a su madre, la movía, la acompañaba, María Félix ayudaba con lo que podía: lavaba, planchaba, cocinaba. Lo hicieron juntos, como un equipo silencioso y firme. Esa decisión amorosa, inevitable, profundamente humana, marcó el rumbo de sus vidas. Hoy, décadas después, ambos viven solos en la misma casa donde cuidaron a sus padres.
María Félix nunca se casó, dedicada al hogar y a la familia. Adán sí formó una familia: tuvo esposa y tres hijos. Pero la vida también lo golpeó allí. Su esposa falleció y sus hijos, ya adultos, se establecieron lejos de Parral. “Ellos viven fuera… no están aquí”, explica sin tristeza, como quien entiende que cada quien tiene su camino.
Ahora, los dos se acompañan el uno al otro… como siempre lo han hecho. María Félix habla despacio, como si cada palabra llevara consigo parte de su historia. Ha trabajado toda su vida en casas ajenas, lavando, planchando, barriendo, hasta que su cuerpo comenzó a cobrarle factura.
“Tengo infección en los riñones, soy hipertensa, tengo diabetes, artritis…”, enumera mientras observa sus manos torcidas por los años de esfuerzo. Aun así, cada mañana lava la ropa a mano, aunque el agua fría le quiebre los dedos y el peso la haga casi llorar.
Adán escucha atento. Él, que trabajó en aserraderos, en la construcción y en cuanto oficio el cuerpo le permitió, dejó su empleo hace años para cuidar de sus padres cuando enfermaron. Le faltó solo un año para pensionarse, pero la vida lo llamó a donde era más urgente: su hogar. “Me faltaba un año…”, dice, “pero tenía que estar con ellos”. Y no se arrepiente. “Así es la familia”, agrega, como si la frase explicara todo.
Hoy, María Félix y Adán sobreviven únicamente con el apoyo federal que reciben cada dos meses. Una ayuda que se va entre gas, agua, luz, comida y, sobre todo, medicamentos. Especialmente uno que necesita María Félix de manera permanente y cuyo precio supera los 2 mil pesos por caja. A veces el Hospital General o el MediChihuahua no lo tienen, y cuando eso ocurre, deben comprarla aunque signifique dejar otras necesidades para después.
Una de esas necesidades aplazadas, y que ahora los alcanza, es la vista. Ambos ven poco. María Félix casi nada con uno de sus ojos. “Siento punzadas… como si algo me apretara desde adentro”, describe. Adán, por su parte, ya no distingue rostros a distancia. La vida cotidiana, incluso dentro de su propia casa, se ha vuelto borrosa. “No podemos pagarlos”, confiesan sin dramatismo, como quien acepta la realidad con serenidad.
El hogar en el que viven es humilde, pero lleno de símbolos. Una imagen religiosa colocada en lo alto, un mantel bordado que ya empezó a destejerse, unas velas gastadas que guardan solo para días especiales. La fe, dice María Félix, es lo que ha mantenido en pie a la familia desde siempre. “Aquí estamos, gracias a Dios. Aquí seguimos”, afirma. Y lo dice con un orgullo que desarma.
En este diciembre, lo que María Félix y Adán desean no es lujos ni regalos costosos. Su petición es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente humana: volver a ver el mundo con claridad. Poder distinguir las caras, la letra de sus recetas, el camino cuando salen a comprar pan. Y, sobre todo, poder seguir cuidándose el uno al otro como lo han hecho durante toda su vida.
También anhelan algo básico pero indispensable: asegurar cada mes los medicamentos de María Félix, sin tener que decidir qué se paga primero, ya que, si su seguro no tiene los medicamentos, deben adquirirlos a un alto costo, y el dinero no siempre alcanza.
María Félix y Adán no piden mucho; piden lo justo para seguir adelante. Porque, en ese hogar de paredes desgastadas y fe intacta, donde dos hermanos han enfrentado la vida tomados de la mano, la Navidad es sobre todo esperanza: la esperanza de que alguien toque la puerta azul y les diga que no están solos.