De los ejidos a los movimientos urbanos: la década que lo forjó
Las manifestaciones que marcaron un país (y a un hombre)
El silencio de hoy: “Los mismos de siempre seguimos dando la cara”
“Siempre habrá uno o dos que no nos quedemos callados”, dice. Pero detrás de su voz también se asoma otra pregunta inevitable: ¿qué pasará el día en que ya no estén los de siempre?
Señalan que el incremento en los gastos responde a diversos factores, entre ellos el incremento en salarios, combustibles y el alza generalizada de precios
El Gobierno Municipal realizó labores de poda, retiro de residuos y limpieza general en la Unidad Deportiva CNOP, como parte de acciones de mantenimiento para mejorar las condiciones del espacio utilizado por deportistas y familias
El último traslado de Abraham Alejandro F.D. se llevó a cabo el 24 de marzo con el fin de que rinda una declaración como presunto responsable del asesinato
Desde huelgas en la UACH de estudiantes hasta acompañamiento en litigios de fraudes financieros, Mariano Cordero ha estado activo, alzando la voz por los que no pueden. / Foto: Javier Cruz / El Sol de Parral
Mariano Cordero Burciaga ha pasado más de medio siglo entre huelgas, asambleas, ejidos, marchas y tribunales. Su vida es una línea recta que atraviesa las luchas estudiantiles de los setenta, los movimientos campesinos en la sierra, las batallas urbanas de El Barzón y las protestas que marcaron a todo un país. Pero mientras repasa esa historia hecha de pasión y confrontaciones, reconoce una ausencia que lo inquieta: las calles ya no se llenan como antes y son los mismos rostros —los de siempre— los que siguen levantando la voz. En una ciudad como Parral, que cambió más rápido que su memoria, Cordero se pregunta quién tomará la estafeta cuando los viejos luchadores ya no estén.
“Desde la prepa”, dice sin pensarlo. Así resume Mariano Cordero el origen de una trayectoria que, vista en conjunto, parece un mapa de medio siglo de luchas sociales en Chihuahua. Nacido en Parral en 1958, creció escuchando ecos del 68 sin comprenderlos del todo; pero en 1972, ya en la preparatoria, presenció cómo el país cargaba aún las heridas de aquella represión. Ese despertar coincidió con la influencia de un primo maestro rural, con la defensa de las escuelas del campo y con la sensación de que la injusticia tenía un rostro visible.
En la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH) la llama se hizo incendio. Cordero participó en la huelga que paralizó a toda la institución, tomó la rectoría, discutió en asambleas ardientes y se enfrentó —literalmente— a grupos de choque. Eran días en que la política se aprendía en la banqueta, en los pasillos, en los gritos que se cruzaban en el Paraninfo. La lucha era una escuela y él, sin pensarlo, ya era parte de ella.
Incluso en casa encontró razones: su padre, trabajador de la CFE, participó en la huelga de la Tendencia Democrática. “Imagínese: rentas, libros, comida, y mi papá en huelga”, recuerda. Aquello le marcó el rumbo: eligió el derecho laboral para defender a obreros y campesinos, no desde el escritorio, sino desde la calle.
Los ejidos fueron parte de los trabajos que han forjado su carrera como activista. / Foto: Javier Cruz / El Sol de Parral
Cuando Cordero llegó al ejido Chinatú a mediados de los ochenta, pensó que sería un caso más. Acabó siendo un capítulo decisivo. Durante 10 años trabajó con una comunidad indígena que recuperaba su territorio, organizaba asambleas y se enfrentaba a empresas madereras. Ahí comprendió —dice— que la lucha social no es consigna, sino supervivencia.
Después vino una cadena de movimientos que hoy pertenecen a la memoria colectiva de Parral: Telmex y sus “llamadas fantasma”, la huelga de pagos que recorrió todo el estado, la toma de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje, las movilizaciones masivas de El Barzón.
“Encueramos actuarios, los llenamos de plumas, hicimos filas en las gasolineras para echar un peso de gasolina…”, recuerda entre risas. Eran tiempos en los que la protesta tenía olor a tierra mojada y a tinta de mantas recién pintadas.
En Pegaso, Unicornio y otros fraudes financieros, Cordero volvió a encabezar reclamos ciudadanos. Aseguró bienes, litigó, acompañó a víctimas que lo habían perdido todo. “A veces solo nos pedían que alguien los defendiera, aunque no pudieran pagar”, dice. En esas luchas se reflejaba la misma indignación de siempre, pero también una transformación profunda: la pobreza y el abuso ya no venían solo del campo o los salarios, sino de la confianza traicionada.
El abogado Mariano Cordero ha sido luchador social. / Foto: Javier Cruz / El Sol de Parral
En su memoria también habitan movimientos nacionales: las protestas por Atenco, las caravanas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), los encuentros en los caracoles, la defensa de los acuerdos de San Andrés Larráinzar. Y, más recientemente, las multitudinarias marchas feministas en Ciudad de México, donde un malentendido le costó golpes, empujones y ser rociado con aerosol “para identificarlo”.
“Llegué al hotel lleno de pintura verde y rosa. Mi esposa me dijo: ‘pareces perico’”, recuerda con humor. Pero esa escena encierra algo más profundo: las luchas cambiaron, los métodos también, y él —que ha visto desde paros estudiantiles hasta bloqueos carreteros— entiende que cada generación se manifiesta a su modo.
Su vida parece hecha de episodios que muchos solo han leído en libros: la llegada de Carlos Salinas y el desencanto del neoliberalismo, la formación del PRD tras el fraude del 88, la resistencia indígena al Tren Maya, las negociaciones de la reforma laboral. Pero lo que une todas esas historias es su presencia constante: siempre en algún comité, en algún plantón, en algún pasillo de tribunales cargando cajas de expedientes.
Y sin embargo, al mirar el presente, su voz cambia. No por cansancio, sino por tristeza. “Desgraciadamente ya no hay nuevos luchadores sociales”, afirma. “Los que salimos a la calle somos los mismos de hace años”. La juventud en Parral —dice— no ha sido educada para la crítica ni para la resistencia; creció en un entorno donde el consumismo sustituye a la organización y donde las instituciones prometen resolver lo que antes resolvía la presión social.
A ello, añade, se suma la responsabilidad de los partidos: “Cuando el PAN llegó al poder, se apagaron las luchas. Y con Morena —a nivel nacional— pasa lo mismo”. El poder, sostiene, no nutre la protesta: la desactiva. “La izquierda se está sosteniendo con gente de derecha y de centro. Y así no se puede construir relevo”.
Hay otro factor que atraviesa cada frase: el miedo. “Hoy sacar la cabeza es peligroso”, dice. Los riesgos son reales: agresiones, desapariciones, criminalización. Muchos jóvenes, simplemente, no quieren —ni pueden— pagar ese costo.
Pese a ello, Cordero sigue insistiendo. Cree que la justicia todavía puede despertar movimientos, que la indignación tiene ciclos y que la memoria es un territorio vivo. Pero sabe que la ciudad ya no es la de antes. Aquella Parral que marchaba unida, que discutía en plazas y que paraba oficinas completas, es hoy una sombra más tenue.