Localmartes, 3 de marzo de 2026
Nostalgia y miedo marcan la vida de desplazados en albergue de Parral
Entre juegos y recuerdos, la sierra sigue presente en cada conversación de las familias que se encuentran en situación de desplazamiento
Rosy Reyes

Aunque el paisaje es distinto, en las conversaciones de las familias desplazadas resguardadas en un albergue de Parral continúa presente el anhelo de regresar a la sierra de Guadalupe y Calvo. Con nostalgia, reconocen que todavía no es momento de volver. “Aún no es tiempo de regresar, está peligroso y nos pueden alcanzar las balas”.
Desde temprano están despiertos, tal como lo hacían en la sierra, aunque ahora no necesitan salir a juntar leña para el desayuno. Solo esperan a que se les indique que pueden pasar al comedor, donde reciben los alimentos. Los más emocionados son los niños, quienes se preguntan entre sí: “¿Qué nos darán de almorzar?” y se responden con risas: “No sé, pero ya hace hambre”.

Al terminar, los infantes regresan al área de juegos, corriendo entre los árboles y los salones para explorar el lugar que les brinda resguardo, olvidando por momentos la violencia que dejaron atrás, marcada por enfrentamientos entre grupos delictivos que disputan el territorio.
Bajo los árboles, padres de familia observan a su alrededor tratando de adaptarse a su realidad, siendo un silencio total en el que las horas transcurren más lentas marcadas por la inqiuetud y la incertidumbre ante el difícil panorama que enfrentan.
Entre conversaciones en voz baja, las mujeres comparten la misma preocupación: no saber cuándo podrán volver. Extrañan el olor a leña, el sonido del campo al amanecer y la libertad de ver a sus hijos correr sin temor. “Es muy diferente aquí”, dice una madre mientras observa a los pequeños jugar. “Allá conocíamos a todos. Aquí todo es extraño”.
Los niños recuerdan su vida en los ranchos con mezcla de alegría y resignación. Hablan de los animales, de las tardes de juego y de la regla no escrita que aprendieron demasiado pronto: meterse a casa antes de que oscureciera, antes de que comenzaran los disparos.
Aunque ahora están lejos de aquella amenaza, la sierra sigue presente en cada conversación de al menos diez familias que están siendo resguardados en este albergue. Extrañan su tierra, su gente y su modo de vida.
Con nostalgia, relatan que las noches son las más difíciles, cuando el silencio deja espacio a los pensamientos, y la incertidumbre y la añoranza pesan más, dificultando conciliar el sueño. “Aunque logramos salvar nuestras vidas, claro que extrañamos nuestro hogar, no sabemos que va hacer de nosotros”.