El Instituto Tecnológico de Parral y Misiones Coloniales de Chihuahua capacitaron a más de 15 arquitectos y profesionistas para proteger la riqueza del patrimonio cultural de la región
De acuerdo con los reportes, las víctimas fueron atacadas sin mediar palabra ni provocación, señalando que la agresora se reía mientras las atacaba con un cuchillo
La sesión fue encabezada por la presidenta estatal del PAN, Daniela Álvarez, junto con integrantes del Consejo, quienes realizaron un minuto de aplausos en memoria del exmandatario, fallecido el 30 de diciembre de 2025.
Las denuncias corresponden a cuatro personas, entre ellas tres motociclistas lesionados, quienes acudieron a interponer la querella, así como el propietario de un vehículo sedán que resultó con daños materiales
Aunque no se cosechó lo mismo que el año pasado, esta vez se vendió a mejor precio aliviando la economía de los productores. / Foto: Marcos Merendón / El Sol de Parral
A través del ingenioso método del lápiz, agricultores de Valle de Zaragoza lograron rescatar cerca de 200 hectáreas de sandía aprovechando el agua del subsuelo en plena sequía y con el río Conchos casi abatido. De acuerdo con Desarrollo Rural del municipio dicha estrategia también permitió incrementar el precio de la fruta en favor de los productores de la región ya que pudieron ofrecerla en tres pesos el kilogramo cuando el año pasado no pasaba de un peso.
Este 2025, la historia de la sandía en el municipio parecía condenada a escribirse con letras grises. La severa sequía que azotó la región pronosticaba pérdidas totales para los productores, pues el agua simplemente no alcanzaría a llegar a las parcelas. La situación era crítica: el nivel del río apenas dejaba pasar un hilo de agua y el panorama auguraba un año sin cosecha, con el consecuente golpe económico para cientos de familias. Sin embargo, una técnica tradicional, el llamado método del lápiz, se convirtió en la tabla de salvación para la producción de esta fruta, símbolo del verano en la región.
En medio de ese esfuerzo, el Valle recuperó su color. Donde se temía ver surcos vacíos, hoy se extienden alfombras verdes salpicadas de frutos gigantes, listos para cosecharse. Y aunque la producción no alcanzó las cifras del año pasado, la victoria es innegable: la sandía volvió a llenar las camionetas, los mercados y las mesas de la región.
Según el director de Desarrollo Rural de Valle de Zaragoza, Manuel Omar Lachica, en el municipio se siembran alrededor de 200 hectáreas de sandía, la mayoría bajo riego por cintilla. Este año, la producción promedio fue de 20 toneladas por hectárea, menor a las 30 toneladas del año pasado, pero suficiente para evitar pérdidas totales: “El pronóstico era que no se iba a levantar nada, y logramos salvar el 90% de las cosechas gracias a que muchos productores adaptaron su sistema y colocaron el lápiz más pegado al río”, explicó.
El llamado “lápiz” es una tubería de diámetro reducido, de ahí su nombre, que se instala para conducir el agua desde una fuente cercana, en este caso el río, hasta las cintillas de riego que hidratan las plantas. Normalmente, los productores colocan el lápiz dentro de sus tierras, aprovechando canales o pequeños tajos de agua, pero la reducción drástica del caudal este año obligó a una inversión extra: instalarlo justo a la orilla del río para garantizar el suministro. Fue un trabajo contrarreloj, con picos, palas, mangueras y bombas, pero permitió que el agua llegara a tiempo para salvar las plantas.
No todos usan esta técnica. Algunos siembran “de humedad” o “trasporo”, aprovechando la filtración que dejan los rebalses de la presa; otros riegan con bombas instaladas en cárcamos o tajos de agua. Sin embargo, para quienes dependen del riego por cintilla, el lápiz fue la única alternativa viable este año.
El método lápiz es una muestra de ingenio que este año fue la única alternativa para aquellos productores que dependían del riego para sus cosechas. / Foto: Marcos Merendón / El Sol de Parral
Recorrer una labor de sandía en plena temporada de cosecha es como entrar a un festival silencioso de colores y aromas. El verde intenso de las plantas, extendidas como una alfombra viva, contrasta con el tono pálido y polvoriento del suelo.
Las guías se enredan unas con otras, como brazos extendidos que custodian el tesoro que crece pegado a la tierra: sandías enormes, de piel brillante y rayada. Al agacharse, se pueden ver las raíces aferradas al fruto, una conexión que recuerda que la tierra, incluso herida por la sequía, aún tiene fuerza para alimentar.
En un recorrido por una de las parcelas del Valle de Zaragoza, el paisaje sorprende: hileras interminables de plantas verdes se extienden sobre la tierra marrón. Entre las hojas ásperas, cubiertas de una fina capa de polvo, se asoman las sandías, algunas del tamaño de un balón de futbol, otras tan grandes que requieren dos manos fuertes para levantarlas. El olor a tierra húmeda y vegetación recién regada impregna el aire, y el zumbido del agua corriendo por las cintillas acompaña el trabajo de los jornaleros.
Los productores avanzan agachados, cortando cuidadosamente cada fruto. Las raíces, firmes y blanquecinas, se enredan en el tallo que conecta con la sandía. Un trabajador toma una navaja, corta el tallo y el fruto rueda apenas unos centímetros. Con un golpe seco y certero, la sandía se abre y deja escapar un rojo vivo, casi encendido, que anuncia frescura y dulzura. La pulpa está salpicada de pequeñas semillas negras que parecen puntos de tinta sobre un lienzo carmesí. El aroma dulce invade el aire. El sabor, dicen los mismos trabajadores, es “más dulce que el del año pasado”, quizá porque el estrés hídrico concentró los azúcares.
Cargar las sandías no es tarea sencilla. Algunas pesan más de 15 kilos, y levantar una tras otra bajo el sol del mediodía es un reto físico que agota brazos y espalda. Sin embargo, la alegría de saber que este año habrá venta impulsa a los productores a seguir. Uno a uno, los frutos son acomodados en la caja de una camioneta: primero una capa ordenada, luego otra, y otra más, hasta que el vehículo queda repleto. Las manos de los jornaleros, curtidas por el trabajo, limpian el sudor de la frente y sonríen: saben que cada viaje representa ingresos para sus familias.
Algunas sandías pueden llegar a pesar hasta 15 kilógramos, sin embargo, esto no detiene a los productores en su quehacer de cosechar y transportar para la venta. / Foto: Marcos Merendón / El Sol de Parral
Entre el calor, el polvo y el peso de cada carga, se escuchan bromas y risas: “¡Esta está para tres viajes sola!”, dice uno, refiriéndose a una sandía que casi no cabe en sus brazos. A pesar del cansancio, la energía renace con cada camioneta que se llena hasta el tope. La vista de los frutos apilados, listos para salir al mercado, es la confirmación de que el esfuerzo valió la pena.
Aunque el rendimiento por hectárea fue menor que en 2024, el precio este año compensó la caída. El año pasado, la sandía se vendía entre 80 centavos y un peso por kilo; este año, el precio mínimo fue de 1.50 pesos, y el máximo llegó a 3 pesos. Esto permitió que los productores obtuvieran mejores ganancias, incluso con menos toneladas: “El año pasado hubo mucha producción, pero el precio estaba por los suelos; este año fue al revés, pero logramos salir adelante”, señaló Lachica.
Valle de Zaragoza termina la temporada con menos toneladas que otros años, pero con la cosecha salvada y un precio que permitió respirar a los agricultores. Entre las filas de sandías listas para salir, queda la sensación de que, mientras haya agua que bombear y manos que trabajen, el verde seguirá brotando en medio de la aridez.
El año pasado recuerda un productor que aunque se tuvo buena cosecha, al no tener un buen precio, y al ver que los intermediarios pagaban menos de lo que realmente costaba su producto, decidieron mejor darle las sandías a los animales que tenían en los ranchos, ya que no era redituable salir a vender las sandías. Pero este año fue mejor el precio.
Incluso, este año no iban a sembrar sandía debido a que el año pasado les había ido muy mal con el precio, sin embargo decidieron sembrar debido a que la familia acostumbra a salir a un costado de la carretera a ofrecer los productos, y así allegarse de recursos para las familias.
Este año no se tenía contemplado sembrar sandía, pero la tradición se impuso ante las pérdidas, ya que es costumbre vender el producto a orillas de la carretera. / Foto: Marcos Merendón / El Sol de Parral
El 2025 deja una lección clara para el campo de Valle de Zaragoza: la adaptación es clave para sobrevivir. El método del lápiz, aunque implica una inversión extra, puede marcar la diferencia entre perderlo todo o salvar la temporada. Los productores saben que el clima es cada vez más impredecible y que el manejo eficiente del agua será, de ahora en adelante, una estrategia de vida.
En las orillas del río, aún se ven restos de mangueras y conexiones improvisadas, testigos silenciosos de una batalla ganada contra la sequía. La temporada termina con un sabor agridulce: menos producción, pero cosecha salvada y un precio justo. En un año donde la lluvia fue escasa y el sol implacable, la sandía volvió a llenar de verde y rojo los campos de Valle de Zaragoza, recordando que la tenacidad del productor puede hacer brotar vida incluso en el suelo más seco.
Hoy, mientras las camionetas cargadas de sandías ruedan por los caminos rumbo a la carretera, Valle de Zaragoza respira aliviado. No hubo abundancia, pero sí hubo cosecha. Los números lo dicen: menos toneladas que el año pasado, pero con un precio que, por fin, recompensó el esfuerzo. Y más allá de las cifras, está lo que no se puede medir: la satisfacción de ver que el trabajo, la fe y la creatividad vencieron a la adversidad.
En cada parcela, los tallos cortados dejan en el suelo pequeñas cicatrices de la cosecha. Las huellas de botas y llantas se entremezclan con los restos de hojas secas, como si el campo guardará la memoria de cada paso dado para salvarlo. Los productores, con el sudor todavía fresco en la frente, observan sus frutos con orgullo. Saben que no fue un año fácil: mover el lápiz hasta el río, instalar nuevas líneas, trabajar bajo el sol más duro de los últimos años… todo demandó más tiempo, más dinero y más resistencia. Pero también saben que la tierra premia a quienes no la abandonan.
La imagen final de esta temporada no es la de un campo seco, sino la de una hilera de sandías brillando bajo la luz de la tarde, como enormes esmeraldas rayadas esperando su turno para alimentar y refrescar a cientos de familias. Es un productor que carga, con esfuerzo y alegría, un fruto que vale más que su peso en pesos. Es la certeza de que, mientras haya ingenio para llevar el agua hasta la raíz y manos dispuestas a trabajar, Valle de Zaragoza seguirá pintando de verde sus tierras, aunque el cielo no siempre se acuerde de mandar la lluvia.