Tres mulas. Una para ella, otra para su equipaje y una tercera para las provisiones y para el padre de familia que la guiaría en la travesía final.
Mientras sus pertenencias eran transportadas en otras mulas. El calor húmedo y sofocante, junto con las constantes detenciones para abrir y cerrar puertas de alambre, hicieron del viaje una verdadera odisea.
La vida en El Encinal
El precio de la vocación
Desde su llegada en agosto, María Fernanda solo ha salido de la comunidad en dos ocasiones: en diciembre y durante Semana Santa, una vez en avioneta, un medio de transporte costoso y poco accesible.
986 docentes sostienen la educación en las zonas rurales y serranas del sur de Chihuahua
653 escuelas rurales: el rostro invisible del sistema educativo
Maestros noveles: su primera plaza, su primer reto
Educación en contextos extremos: entre la lluvia y desplazamientos
El mapa rural de Chihuahua también es un mapa de adversidades. En algunas regiones, las lluvias convierten los caminos en lodazales intransitables; en otras, la violencia ha desplazado comunidades.
Jornaleros migrantes: una población escolar fluctuante
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Para llegar al Encinal la maestra María Fernanda debe de trázala darse en mula o bestia cómo le dicen en la comunicado por tres horas / Foto: Cortesía / María Fernanda Rodríguez
Casi mil maestros de educación básica son los que actualmente atienden las zonas rurales la región sur de Chihuahua, sorteando situaciones de agrestes caminos para trasladarse de un lugar a otro, pero eso no los detiene, hay algunos que piden quedarse en sus plazas más tiempo del que fueron asignados y llegan a dar clases en mula como María Fernanda Rodríguez quien viaja 3 horas en mula más otras 24 en por la Sierra Tarahumara hasta El Encinal, Guadalupe y Calvo, una comunidad sin energía eléctrica y con un calor sofocante propio del barranco.
En la vasta geografía de Chihuahua, donde las montañas se alzan como centinelas y los ríos serpentean con indomable voluntad, existe un rincón olvidado por el tiempo: El Encinal, en el municipio de Guadalupe y Calvo. Allí, en medio de la Sierra Tarahumara, la maestra María Fernanda Rodríguez Sandoval, de tan solo 22 años, ha elegido plantar la semilla del conocimiento en la Escuela Federal Francisco Villa.
Originaria de Durango y egresada de la Normal de Saucillo, María Fernanda siempre sintió el llamado de la enseñanza. Desde niña, soñaba con ayudar a otros, inspirada por maestras que dejaron una huella imborrable en su vida.
Al concluir sus estudios, presentó el examen para obtener una plaza docente, compitiendo con más de dos mil aspirantes. Con nerviosismo y esperanza, recibió la noticia: había quedado en el lugar 56. Sin embargo, la mayoría de las plazas disponibles estaban en Guadalupe y Calvo, un territorio desconocido para ella.
Son pocas las casas que hay en el Encinal, donde la mayoría de los habitantes son familiares / Foto: Cortesía / María Fernanda Rodríguez
Decidida a enfrentar el desafío, María Fernanda comenzó a investigar sobre El Encinal. Las búsquedas en internet eran infructuosas; incluso, algunos mapas mostraban el mar en lugar de rutas hacia la comunidad. Contactó a la maestra que había ocupado la plaza anteriormente y a una madre de familia del lugar. Ambas le describieron la comunidad, su gente y, sobre todo, el arduo camino que debía recorrer para llegar.
El trayecto comenzó en Durango, desde donde partió hacia Delicias para entregar documentos. Luego, se dirigió a Parral y, posteriormente, a Guadalupe y Calvo. Allí, contrató a un conductor que, por dos mil pesos, la llevó en camioneta hasta Guaripana, la comunidad más cercana con acceso vehicular. Desde ese punto, el camino se tornó aún más desafiante.
Había llegado después de casi 24 horas de viaje en vehículo, atravesando caminos asfaltados y luego de terracería donde las piedras parecían salidas de un sueño roto. Y sin embargo, ese no era el final. Era apenas el umbral. La frontera invisible entre lo que los mapas aún registraban y el olvido. En el Encinal no hay taxis, no hay Uber, no hay camiones. Hay mulas.
Un padre de familia la esperaban con mulas, el único medio de transporte capaz de atravesar los ríos crecidos y los senderos escarpados que conducen a El Encinal. Durante tres horas, cabalgó por terrenos fangosos, cruzando arroyos y montañas, subieron cerros que parecían no tener cima.
Bajaron por barrancas donde la tierra se deshacía como si también estuviera cansada. El sol, filtrado por las nubes y las copas de los árboles, no aliviaba el calor; lo multiplicaba. El sudor no secaba. El aire era espeso, húmedo, como si cada bocanada fuera prestada.
Para llegar al Encinal es necesario cruzar ríos, arroyos y montañas / Foto: Cortesía / María Fernanda Rodríguez
Al llegar, María Fernanda se instaló en la casa del maestro, equipada con una estufa y una cama. La electricidad es generada por paneles solares, insuficientes para alimentar aparatos como ventiladores, lo que hace que el calor sea aún más insoportable. A pesar de las adversidades, encontró en la comunidad un profundo respeto por su labor. Los padres de familia están siempre dispuestos a ayudarla, valorando su presencia y dedicación.
Como maestra unitaria, atiende a ocho alumnos de primero a sexto grado que acuden regularmente, ya que hay más inscritos, todos pertenecientes a una misma familia. La falta de materiales didácticos es evidente, pero la riqueza natural del entorno compensa en parte esta carencia. Frutas como mangos, ciruelas, naranjas, limas, papayas, plátanos y aguacates abundan en la región, proporcionando alimento y alegría.
La maestra María Fernanda disfrutará estar dando clases en el Encinal, es un lugar muy tranquillo y bonito / Foto: Cortesía / María Fernanda Rodríguez
La distancia y las condiciones del camino han impedido que sus padres la visiten. Incluso, cuando falleció su abuelo, no pudo salir para despedirse. A pesar de la tristeza y el aislamiento, su compromiso con la educación y el bienestar de sus alumnos la mantiene firme.
La historia de María Fernanda es un testimonio de valentía, sacrificio y amor por la enseñanza. En un mundo donde la comodidad y la inmediatez predominan, su decisión de adentrarse en lo desconocido para llevar conocimiento a una comunidad olvidada es digna de admiración. Su travesía, llena de obstáculos y desafíos, refleja la realidad de muchos maestros rurales en México, quienes, con esfuerzo y dedicación, se convierten en pilares fundamentales de sus comunidades.
En El Encinal, María Fernanda ha encontrado un propósito y una familia extendida que la valora y respeta. Aunque la lejanía y las condiciones adversas son constantes, su espíritu indomable y su pasión por enseñar la impulsan a seguir adelante, iluminando con su presencia los corazones de quienes tienen la fortuna de aprender de ella.
Una escuela que tiene un cuarto que es la casa del maestro es la única que tiene luz producida por celdas solares / Foto: Cortesía / María Fernanda Rodríguez
Entre caminos sinuosos, pueblos aislados y parajes donde la señal del celular es apenas un recuerdo, 986 maestras y maestros sostienen con vocación la columna vertebral de la educación básica en las comunidades más apartadas del sur de Chihuahua. Son docentes que, a diario, caminan, cabalgan o recorren en vehículos deteriorados rutas que, más que caminos, son desafíos. Su misión es clara: que ningún niño, por más recóndito que sea su origen, se quede sin aprender a leer, escribir o contar.
Así lo dio a conocer Minerva Arisbe Segovia Bustamante, directora de Educación Básica en la Secretaría de Educación y Deporte del Gobierno del Estado, durante una entrevista exclusiva para El Sol de Parral. En su voz se percibe un doble compromiso: el institucional y el humano:“Donde hay un niño, hay un maestro”, afirma, con la certeza de quien ha visto a cientos de docentes entregar su vida a la causa educativa.
Cuando crece el río incluso los alumnos colaboran para echar rocas de gran tamaño al arroyo con el fin de poder cruzar diariamente / Foto: Cortesía / María Fernanda Rodríguez
El universo rural que describe Segovia no es menor. Son 653 escuelas las que integran esta geografía pedagógica de frontera. La mayoría son escuelas multigrado, donde un solo docente atiende a estudiantes de distintos niveles escolares en una misma aula. Otras pertenecen a la educación indígena, aunque este último se encuentra administrado por la federación a través de los Servicios Educativos del Estado de Chihuahua (SEECH).
Aunque la Dirección de Educación Básica no administra directamente las escuelas indígenas, sí mantiene comunicación estrecha con las zonas rurales, a través de las coordinaciones regionales, supervisores escolares y directivos: “La estructura es esencial para acercar materiales, capacitación y acompañamiento a los docentes que trabajan en condiciones difíciles”, explica la funcionaria.
Es necesario pasar un sin fin de puertas guarda ganado para poder llegar al Encinal / Foto: Cortesía / María Fernanda Rodríguez
Muchos de estos maestros son lo que la Secretaría llama “docentes noveles”: profesionistas que han egresado recientemente y que obtienen su primera plaza en estas zonas. Para ellos, la experiencia, aunque compleja, suele ser profundamente significativa.
“Siempre hay una gran aceptación por parte de los maestros. Es su ilusión, es su primer trabajo y lo hacen con gusto, incluso si están a 12 horas de su casa”, relata Segovia con orgullo. “Lo llevan como un grato recuerdo. Nos caracteriza la vocación de servicio”.
Pero no todos los desafíos se resuelven con voluntad. A menudo, estos docentes se enfrentan a falta de servicios básicos, problemas de conectividad, inseguridad, y condiciones climáticas extremas. Pese a ello, el sistema ha encontrado formas de mantenerse activo, aún en los peores escenarios.
“Sí hemos tenido reportes de problemáticas relacionadas con el clima, e incluso con la inseguridad”, confirma la directora. “Pero sobre todo, lo que hacemos es establecer medidas alternas para continuar con la educación, como modalidades a distancia, siempre salvaguardando la integridad de nuestros docentes”.
Otro de los grandes desafíos en la zona rural es la inestabilidad de la matrícula escolar. Muchas familias se dedican al trabajo agrícola y se desplazan durante el año, lo que hace que los estudiantes entren y salgan del sistema escolar continuamente.
“Tenemos identificados a los niños jornaleros como parte de la dinámica poblacional”, explica Segovia: “No lo vemos como un problema, sino como una oportunidad para flexibilizar nuestros esquemas y atender sus necesidades particulares”.
Este fenómeno obliga a las escuelas a tener planes académicos adaptativos y docentes con una gran capacidad de respuesta inmediata. No se trata solo de enseñar, sino de comprender el contexto social, económico y cultural de cada niño.
La Secretaría de Educación, a través de la dirección de Educación Básica, impulsa programas de formación continua para maestros rurales, les envía materiales didácticos, y mantiene contacto permanente mediante la estructura educativa regional.
“Los maestros serranos son de los que más responden cuando les damos sus capacitaciones. Están ávidos de herramientas. Son nuestros héroes en las comunidades más olvidadas”, sostiene Segovia. “Hacemos todo lo posible para que no se sientan solos”.
A través de supervisores escolares, coordinaciones regionales y directores de zona, se organizan las capacitaciones, la entrega de recursos, y el seguimiento pedagógico. La clave ha sido generar un sistema de soporte que funcione incluso cuando no hay Internet o cobertura telefónica.
Con motivo del próximo Día del Maestro, la directora quiso hacer una pausa en su análisis para enviar un mensaje: “Quiero extender mi felicitación para las y los maestros del estado de Chihuahua. En especial para quienes, con lluvia o con sol, recorren kilómetros para llegar a una escuela. A veces sin electricidad, sin Internet, sin camino. Pero siempre con la certeza de que ahí, en esa comunidad, hay un niño que los espera”.
Los 986 docentes que hoy dan clase en 653 escuelas rurales del sur de Chihuahua son mucho más que cifras. Son quienes, sin importar las condiciones, se aseguran de que la educación llegue incluso a los rincones más invisibles del estado.
Y aunque sus historias no siempre encabezan titulares, su huella perdura en generaciones enteras de niñas y niños que, gracias a ellos, aprenden a soñar con un mundo más justo, más sabio y, quizás, un poco menos desigual.