Recibirán áreas naturales protegidas en Chihuahua $1 por hectárea para conservación en 2025
Asociaciones ambientalistas urgen la búsqueda de proyectos en organismos internacionales para mejorar estas áreas y sobre todo gestionar los llamados “fondos verdes”
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De 10 pesos a 1.18 por hectárea: La tragedia del presupuesto para áreas protegidas de Chihuahua
Problemáticas del Bolsón de Mapimí
Una radiografía de las condiciones en el cerro de Mohinora
Los propietarios y la necesidad de invertir en la conservación
La crisis presupuestal amenaza la biodiversidad del sur de Chihuahua
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La narrativa del presupuesto insuficiente no debe convertirse en una excusa para la inacción. Más bien, debería ser un llamado a la sociedad, al gobierno y a las organizaciones civiles para unirse en defensa de las áreas naturales protegidas.
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El Cerro Mohinora en la parte alta de la Sierra Tarahumara es una área natural protegida. / Foto: Cortesía / Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas
El Bolsón de Mapimí ubicado en la Zona del Silencio y el Cerro Mohinora en la parte alta de la Sierra Tarahumara, son las 2 áreas naturales que están protegidas en la región sur de Chihuahua y que al igual que las otras 9 existentes en el estado, recibirán para su conservación poco más de un peso por hectárea en 2025. Para asociaciones ambientalistas como “Dypama” o “Agua y Bosques para la Vida”, estos recursos son muy escasos por lo que se deberán buscar proyectos en organismos internacionales para mejorar estas áreas y sobre todo gestionar los llamados “fondos verdes”.
La asociación ambientalista “Agua y Bosques para la Vida” denunció que las áreas naturales protegidas, como el cerro Mohinora en Guadalupe y Calvo o el Bolsón de Mapimí en Jiménez, enfrentan serias problemáticas. La tala clandestina, las plagas y el cambio climático son solo algunas de las amenazas que requieren recursos para poder mitigar sus efectos. “La operatividad que requiere el cerro Mohinora es costosa. La movilidad del personal, el combustible, los vehículos, todo esto implica un costo significativo”, señala.
Este tipo de trabajos de conservación no solo dependen del personal técnico, sino también de las comunidades locales. Los ejidatarios y propietarios de tierras dentro de las ANP son los encargados de realizar actividades de protección y restauración. Sin embargo, como destacan, sin el apoyo adecuado de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) y el presupuesto necesario, estas actividades son cada vez más difíciles de ejecutar. Los recursos disponibles, aunque escasos, son los que permitirán realizar acciones de protección, restauración de ecosistemas y monitoreo de plagas.
El Cerro Mohinora, una de las áreas más emblemáticas en el sur de Chihuahua, es un claro ejemplo de los retos a los que se enfrentan los guardianes de la naturaleza. Sus 9 mil hectáreas albergan especies endémicas que requieren protección urgente. La tala ilegal es una amenaza constante, pero también lo son las plagas, como el gusano que descorteza los pinos, o los incendios forestales, que año tras año se vuelven más devastadores debido al cambio climático.
/ Foto: Cortesía / Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas
El Bolsón de Mapimí, una de las zonas más emblemáticas del desierto chihuahuense, es hogar de especies endémicas, algunas de las cuales están catalogadas en peligro de extinción, como la tortuga del Bolsón (Gopherus flavomarginatus) y diversas especies de cactus como el peyote (Lophophora williamsii). Este entorno alberga una biodiversidad única que, si bien ha sido objeto de investigaciones científicas, sigue siendo víctima de la escasa inversión estatal y los recursos insuficientes destinados a su conservación.
De acuerdo con los integrantes de la asociación, el presupuesto destinado a la protección de estas áreas es fundamental para hacer frente a estos desafíos. “Si no se tiene el presupuesto, las actividades no se pueden realizar, y eso implica que los ecosistemas no se protejan adecuadamente”, agrega.
Además de las amenazas ecológicas, el presupuesto actual enfrenta una difícil realidad: la desaparición de los órganos autónomos como el INAI y la reducción de recursos federales que, en lugar de aumentar, han disminuido en los últimos años. El presupuesto de las áreas naturales protegidas (ANP) de Chihuahua ha visto una caída de casi el 90 por ciento en los últimos diez años. Mientras que en 2014 el presupuesto por hectárea era de 10 pesos, ahora es de apenas 1.18 pesos. Esta disminución ha sido un golpe para la operatividad de las ANP en el estado.
Dieron a conocer que, “el Gobierno Federal, en su afán de austeridad, ha recortado recursos de manera dramática, y ahora las instituciones encargadas de la protección de los ecosistemas están luchando por mantenerse a flote”. Un ejemplo claro de esto es la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa), que, según la ambientalista, está aún peor equipada para hacer cumplir la ley: “Si antes Profepa tenía recursos limitados, ahora la situación es aún más grave. Los inspectores no tienen ni para la gasolina, y mucho menos para enfrentar la tala ilegal o las actividades ilícitas”.
/ Foto: Cortesía / Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas
A pesar de estos desafíos, las ANP de Chihuahua siguen siendo fundamentales para la conservación de la biodiversidad. Los programas de manejo, los cuales dictan las actividades de protección y restauración en cada área, son vitales para garantizar que las ANP no se conviertan en áreas de “papel”. Sin embargo, sin los recursos adecuados, la implementación de estos programas se convierte en una tarea casi imposible.
Los recursos internacionales, como los fondos de la Agencia Francesa de Desarrollo, el Banco Alemán o el Banco Mundial, podrían ser una opción para financiar proyectos específicos en áreas protegidas. Sin embargo, como señala la agrupación proambientalista, el acceso a estos fondos se ha visto afectado por las reformas constitucionales que han limitado la capacidad de México para acceder a financiamiento internacional. “Las salvaguardas sociales exigidas por los organismos internacionales son cada vez más estrictas, y la desaparición de los órganos autónomos como el INAI dificulta aún más el acceso a estos fondos”, dice.
De acuerdo con información de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp), en el Bolsón de Mapimí el matorral xerófilo, el mezquital y el pastizal de la zona son ecosistemas frágiles que requieren atención constante. A pesar de la importancia ecológica de esta región, los recursos no son suficientes para mitigar los efectos negativos de las actividades humanas, que han transformado el paisaje de forma irreversible. La ganadería extensiva es una de las principales amenazas. Esta actividad, además de modificar la cubierta vegetal y generar erosión, afecta directamente a la fauna local, que ve reducido su espacio vital.
El problema no solo es la tala ilegal, sino también la pérdida de hábitats debido a la expansión de la agricultura. “Este lugar es esencial para la conservación de los ecosistemas, pero sin los recursos necesarios, la situación es cada vez más insostenible”, comenta Barragán. El Bolsón de Mapimí, al igual que otras áreas protegidas en el estado, juega un papel fundamental en la regulación del agua y la biodiversidad, dos aspectos cruciales para el bienestar de las comunidades que dependen de estos recursos.
/ Foto: Cortesía / Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas
El futuro de las áreas naturales protegidas de Chihuahua depende de la voluntad política de los gobiernos Federal y Estatal, así como de un compromiso real con la conservación de los ecosistemas. Sin embargo, la realidad es que la falta de recursos y el escaso interés por parte de las autoridades están poniendo en peligro la biodiversidad de la región. Si no se actúa rápidamente, estas áreas, que son el refugio de una gran parte de la biodiversidad de México, podrían convertirse en meros “papeles”, sin valor real ni funcionalidad.
Por otro lado, el turismo desordenado, atraído por la fama de la “Zona del Silencio”, constituye otro factor de presión. Aunque esta zona ha atraído la curiosidad de científicos y turistas durante años, su acceso sin control ha ocasionado el saqueo de especies de fauna y flora, además de la contaminación por basura que, a pesar de los esfuerzos locales, sigue afectando gravemente a los ecosistemas de la reserva.
La escasez de recursos económicos impide realizar proyectos de restauración ecológica, que serían cruciales para contrarrestar estos impactos. La lucha por la conservación se enfrenta, en gran medida, a la falta de personal capacitado, la ausencia de infraestructura adecuada y, sobre todo, a la falta de presupuesto que permita la implementación efectiva de políticas de protección.
Las consecuencias de la falta de inversión en la conservación de Mapimí son evidentes: la desertificación avanza a pasos agigantados, la biodiversidad sigue disminuyendo, y las especies en peligro de extinción se acercan cada vez más al abismo de la desaparición. Sin embargo, hay esperanza en las acciones locales, en los pequeños esfuerzos de comunidades que aún defienden su territorio y en la voluntad de los científicos y ecologistas que siguen luchando por preservar este invaluable patrimonio.
En lo más recóndito del sur de Chihuahua, una joya natural se alza desafiando al cielo. El Cerro Mohinora, con sus 3 mil 307 metros sobre el nivel del mar, es un coloso que guarda en su seno una riqueza invaluable: flora y fauna únicas, paisajes de ensueño y ecosistemas vitales para el equilibrio ambiental de la región.
El Cerro Mohinora no solo es la cumbre más alta de Chihuahua, sino también un refugio de biodiversidad. Es un mosaico de vida. Su vegetación abarca bosques de pino, oyamel y coníferas, mientras que sus laderas están adornadas con flores silvestres que parecen custodiar secretos ancestrales.
/ Foto: Cortesía / Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas
De acuerdo a la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, aquí sobreviven especies en peligro de extinción como el pinabete espinoso (Picea engelmannii mexicana), el jaguar (Panthera onca) y el ocelote (Leopardus wiedii). Su riqueza biológica, que incluye 14 especies en riesgo según la NOM-059, hace de este lugar una prioridad para la conservación ambiental.
Entre los árboles, las aves encuentran refugio. El águila real y el halcón peregrino surcan los cielos, mientras que en las sombras del bosque, el jaguarundi y el esquivo tigrillo acechan. Cada una de estas especies no solo cumple un papel ecológico vital, sino que también simboliza la fragilidad de un sistema que puede colapsar si no se toman medidas inmediatas.
Sin embargo, la realidad es desoladora. La conversión de tierras para actividades productivas, como la ganadería y el aprovechamiento forestal, amenaza constantemente sus ecosistemas. Según registros de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), entre 2008 y 2015, los incendios forestales consumieron más de 334 hectáreas de bosques, agravados por la sequía y la acumulación de material combustible debido a la tala.
Asimismo, el cambio de uso del suelo para agricultura y ganadería ha reducido sus bosques, mientras que la explotación forestal legal e ilegal ha dejado cicatrices visibles en su paisaje. El manejo inadecuado de los combustibles es una amenaza constante que podría devastar el área si no se cuenta con los recursos necesarios para prevenirlos.
/ Foto: Cortesía / Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas
Además, la incidencia de plagas forestales como los insectos descortezadores del género Dendroctonus, aunque no reportada oficialmente, representa un peligro latente. Estas plagas devastan los bosques de pino, esenciales para la regeneración del ecosistema y el hábitat de especies icónicas como el trogón orejón (Euptilotis neoxenus).
Los ejidatarios y propietarios de tierras dentro de las ANP de Chihuahua tienen un papel importante en la conservación. Son ellos quienes, con el apoyo de la CONANP, implementan las acciones necesarias para proteger los ecosistemas. Sin embargo, como se ha mencionado, los recursos para llevar a cabo estas actividades son extremadamente limitados. Además, muchos de los proyectos de conservación dependen de la colaboración de las comunidades locales, quienes a menudo carecen de los conocimientos o recursos para realizar las actividades necesarias para proteger la biodiversidad.
Como reflexiona Barragán, “Si no invertimos en la conservación, en diez años no tendremos nada que proteger”. Y, sin embargo, el destino de estas áreas no solo depende del presupuesto asignado. Depende también de la capacidad colectiva para reconocer la importancia de estos ecosistemas y la urgencia de protegerlos, no sólo con palabras, sino con acciones concretas y recursos suficientes para garantizar su supervivencia.
En este sentido, la presidenta de la asociación Defensa y Protección Animal y Medio Ambiental, Margarita Olivas Quintana, expresó que los recursos son escasos, sin embargo, deben ser aprovechados para establecer los proyectos necesarios que se traduzcan en mejoras en dichas áreas naturales, incluso ver la forma de gestionar los recursos necesarios a través de los fondos verdes que se establecen a nivel internacional, ya que es necesario conservar las áreas naturales protegidas.
/ Foto: Cortesía / Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas
¿Cómo proteger un ecosistema tan complejo y vital con apenas 2 millones de pesos distribuidos entre casi 2 millones de hectáreas? Este cálculo no solo desafía la lógica; desafía la moral de un país que presume de su rica biodiversidad, pero olvida respaldarla con acciones concretas. En este contexto, el Cerro Mohinora y el Bolsón de Mapimí, con su diversidad de flora y fauna, parecen un ejemplo perfecto de la ironía: una reserva vital que apenas tiene recursos para mantenerse de pie.
Sin embargo, el problema no se reduce al simple conteo de pesos y centavos. Cada hectárea de bosque perdida es un paso hacia la degradación de un ecosistema que regula el clima, conserva el agua y sostiene comunidades humanas que dependen de sus recursos.
No son solo rincones pintorescos en el sur de Chihuahua; son un recordatorio de responsabilidad compartida. Protegerlos no solo es una tarea para especialistas o ambientalistas, es un deber colectivo que define qué tipo de sociedad queremos ser. Ignorarlos no solo los condena a la vulnerabilidad, sino que traza un camino hacia un futuro desolador, en el que los ecosistemas más valiosos de México se pierdan en el olvido.