Recorrido entre árboles heridos: brotes de resistencia en medio de la desolación
Árboles, valor más allá del dinero: más que estética, una necesidad colectiva
Para el fruticultor Gonzalo Lugo, ya es alarmante. Su voz, acostumbrada a hablarle a la tierra, hoy se eleva con urgencia para señalar un daño ecológico que, asegura, está siendo ignorado.
Pudrición texana: un enemigo silencioso
En efecto. Cuando un árbol muere, muere una promesa. Cuando se seca, se seca también una parte del alma de la ciudad. ¿Qué es Parral sin el susurro de los álamos? ¿Qué es la ciudad si sus pulmones están podridos?
Gobierno municipal trabaja en coordinación con instancias estatales para definir ruta de acción
Un grito que aún espera respuesta: la última oportunidad
Pero si no se escuchan, si los ignoran, si dejan que el hongo gane… entonces no solo perderemos árboles. Perderemos un pulmón.
La muestra que busca acercar al público a una propuesta visual marcada por la creatividad, el color y la imaginación será inaugurada este 1 de abril a las 17:00 horas en Casa Botello
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El dictamen, aprobado ya por la Comisión de Feminicidios, señala que esta figura podrá ser usada si antes de repeler la agresión, existió violencia feminicida
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Aseguró que dará continuidad al trabajo previo sin cambios en el equipo, enfocándose en reducir rezagos educativos en el suroriente, donde se concentra el 32 por ciento de la población
Entre secos y enfermos los árboles dan gritos de auxilio, ante el hongo de la pudrición texana / Foto: Marcos Merendón/El Sol de Parral
Una tercera parte de los 534 árboles plantados a lo largo del río Parral, que son el pulmón más importante de la ciudad, están enfermos o a punto de secarse. El fruticultor Gonzalo Lugo considera que la situación de 160 ejemplares, en su mayoría álamos canadienses, es alarmante porque fueron infectados por el hongo de la pudrición texana que amenaza con extenderse. Al respecto, el gobierno municipal informó que ya está trabajando en un tratamiento para rescatarlos.
El sol apenas despuntaba en el horizonte cuando se realizó el recorrido a lo largo del río Parral, desde el Puente Negro en la colonia Los Carrizos hasta el Puente 15 de Mayo en la colonia Talleres. La brisa matutina no lograba disimular el aire de tristeza que impregnaba el ambiente. Los álamos canadienses, que alguna vez se alzaron majestuosos, ahora se presentan como sombras de su antiguo esplendor, con ramas desnudas y hojas marchitas que cuelgan como lamentos silenciosos.
De los 534 árboles que flanquean el cauce, 160 estaban ya enfermos o muertos. 82 mostraban síntomas: follaje raquítico, ramas secas, cortezas agrietadas. 78, en cambio, eran apenas fantasmas de madera, sin vida alguna, consumidos totalmente por la pudrición texana.
La naturaleza, en su infinita sabiduría, parece resistirse a la muerte. Algunos árboles, aunque enfermos, muestran brotes verdes, pequeños destellos de vida que claman por ayuda. Es un espectáculo conmovedor: árboles que, a pesar de estar heridos de muerte, luchan por sobrevivir, por aferrarse a la existencia en un entorno que les es cada vez más hostil.
Y sin embargo, allí estaban. En silencio. Con su dignidad en ruinas, pero de pie. Inmóviles, sí, como si supieran que el tiempo no les pertenece y que la muerte, esa enfermedad sin retorno, los ha abrazado ya, uno por uno, con su aliento invisible. No gritan, no se quejan, pero se expresan en su lenguaje de hojas raquíticas y cortezas partidas, mostrando el desgarramiento de la vida que se les escapa. Árboles moribundos que luchan aún. Porque la naturaleza es así: tenaz, obstinada, más humana que el humano mismo.
Y sin embargo, algo se movía en ellos. Un suspiro. Una vibración mínima. Los más enfermos, los más heridos, parecían lanzar un último aliento hacia el cielo. Algunos brotaban hojas como si quisieran decir: “Estoy aquí. No me he rendido”. Pero no era un follaje exuberante ni verde ni fuerte: era pálido, escaso, un lamento vegetal que rozaba lo patético. Como si cada hoja fuera una lágrima y cada rama un grito silencioso.
No es posible mirar a un árbol morir sin sentir un estremecimiento en el pecho. Y menos cuando uno camina por entre ellos como quien se interna en un hospital de agonizantes. Uno a uno, con sus costillas vegetales expuestas, con sus copas flacas como ancianos con hambre. No había viento, pero el aire olía a derrota. A resignación.
Es necesario se ponga atención urgente con el fin de rescatar los que están enfermos y que los que están sanos no enfermen / Foto: Marcos Merendón/El Sol de Parral
“Los árboles están muriendo y nadie hace nada”, lamenta Lugo con tono firme pero sereno. Desde su experiencia como agricultor y defensor de la naturaleza, el fruticultor advierte que lo que ocurre en el Río no es solo un problema estético o paisajístico, sino un atentado contra el bienestar colectivo.
“Es cierto que los árboles del río no generan un ingreso económico directo, pero su valor para la ciudad va mucho más allá. Dan oxígeno, refrescan el ambiente y alegran la vista de quienes pasan por ahí”, explicó. Para él, la vegetación que bordea el afluente es un pulmón natural que merece ser protegido con el mismo interés con el que se protege cualquier patrimonio urbano.
A la altura de la colonia de Santo Tomás, existe una bonita arboleda, donde al parecer el hongo no a afectado a los árboles / Foto: Marcos Merendón/El Sol de Parral
Lugo señala que muchos de los árboles ya se encuentran completamente secos, y cuestiona qué se hará con ellos. “Si los van a quitar, tienen que reponerlos. No es nada más venir y cortar. Hay que ver si los van a sembrar en el mismo lugar, porque si se dejan pedazos de tronco ahí, el hongo que los afectó se va a quedar en el suelo y va a seguir enfermando a los demás”, advierte.
Pero no solo los árboles muertos preocupan al fruticultor. También hace énfasis en la necesidad de atender aquellos que aún pueden ser salvados. “Los que están enfermos deben recibir tratamiento. Y no menos importante, hay que cuidar los que todavía están sanos para evitar que se contagien”, puntualizó.
Gonzalo Lugo no solo lanza una crítica, sino también un llamado a la acción. Asegura que la ciudadanía, las autoridades y las organizaciones ambientales deben mirar con atención lo que ocurre en el Río de Parral. “Es urgente actuar. No podemos permitir que este pulmón de la ciudad se pierda por descuido o indiferencia. Si los árboles desaparecen, perdemos todos”, concluye.
El verdor se apaga. Las hojas ya no crujen, y la sombra ya no cubre. El fruticultor ha dado la voz de alerta. El tiempo, como la savia, se escurre. Y la ciudad aún tiene una decisión por tomar: mirar hacia otro lado o salvar sus árboles.
Árboles moribundos se pueden observar a lo largo del Río Parral. / Foto: Marcos Merendón/El Sol de Parral
Pudrición texana. Un nombre que parece salido de una novela de horror. Invisible, pero letal. Infecta la raíz, sube por el tallo, asfixia la savia, derrumba la vida. No respeta la altura ni la edad del árbol. Solo lo consume. Y deja tras de sí un cadáver vegetal, una columna hueca, sin función, sin oxígeno, sin belleza.
La pudrición texana es una enfermedad fúngica que ataca las raíces de diversas plantas, incluyendo cultivos como algodón, nogal y alfalfa . El hongo Phymatotrichum omnivorum penetra en el sistema radicular, provocando síntomas como amarillamiento del follaje, marchitez y, eventualmente, la muerte súbita del árbol.
Controlar la pudrición texana es un desafío, ya que el hongo puede permanecer en el suelo durante años. Entre las estrategias recomendadas se encuentran la rotación de cultivos, el uso de portainjertos tolerantes y la aplicación de microorganismos beneficiosos en el suelo . En algunos casos, se ha utilizado el fungicida Cuartiazol para tratar árboles afectados.
Pero los árboles no generan riqueza, dicen. No producen dinero. Y por eso, cuando mueren, nadie llora. Solo algunos, como Lugo, que los considera más valiosos que los autos, que los edificios, que cualquier comercio. “Un árbol —decía— no da dinero, pero da sombra. Da oxígeno. Da alegría. Y eso vale más que todo el oro del mundo”.
Y es que el tramo comprendido entre el Puente Negro y el Puente 15 de Mayo es más que una franja vegetal. Es un corredor de vida. Un refugio en medio del concreto. Una esperanza verde. O lo era. Porque ahora se ha convertido en un campo de batalla. Un frente de guerra entre la vida y la muerte, entre el verdor y el hongo, entre la indiferencia y la acción.
El fruticultor lo expresó con dolor: “El gobierno tiene que hacer algo. Ya. No mañana. Hoy. Si no se atiende esto, el hongo se va a esparcir. Los que están sanos también van a caer. Es como una plaga, como un incendio invisible”. Y tenía razón. El peligro no está solo en los 160 ejemplares ya enfermos o muertos. Está en los otros 374 que aún respiran. Porque el hongo está allí, agazapado, esperando.
Los árboles ubicado frente a la deportiva Vanessa Zambotti, están tratando de resistir, su follaje es raquítico pero piden ayuda para no morir / Foto: Marcos Merendón/El Sol de Parral
El municipio ha informado que se trabaja en un tratamiento. Que se aplicarán medidas para rescatar a los infectados y proteger a los sanos. En entrevista, el presidente municipal Salvador Calderón Aguirre reconoció esta situación y aseguró que ya se están tomando cartas en el asunto.“Así es, el departamento de Ecología y Desarrollo Urbano ya están en eso, están participando y están viendo la forma de hacer un tratamiento”, declaró el edil ante los señalamientos ciudadanos sobre el alarmante deterioro de los árboles en el Río Parral.
La estrategia, según explicó Calderón, ya ha comenzado. Algunos productos recomendados por especialistas están siendo aplicados en árboles que aún conservan vida y en los que es posible revertir el daño. “La idea es estar pendientes, porque pues es parte de la ecología de nuestra ciudad”, puntualizó.
Ante la preocupación ciudadana por el evidente deterioro de algunos árboles ubicados a lo largo del río Parral, el gobierno municipal informó que ya se trabaja de manera conjunta con dependencias estatales para atender la situación y tomar las decisiones pertinentes con base en criterios técnicos y ambientales.
Así lo dio a conocer la directora de Comunicación Social del municipio, Yahaira Jurado, quien explicó que actualmente se está llevando a cabo un análisis especializado en colaboración con la Secretaría de Agricultura, a través del Departamento de Sanidad Vegetal, así como con la Secretaría de Desarrollo Rural y su Departamento Forestal.
“Estamos trabajando conjuntamente con la Secretaría de Agricultura a través del Departamento de Sanidad Vegetal y con la Secretaría de Desarrollo Rural y su Departamento Forestal para la toma de decisiones. En cuanto tengamos más información, les decimos con gusto”, expresó Jurado, al ser cuestionada sobre las acciones que se implementarán ante la presencia de árboles secos y visiblemente enfermos en el margen del río.
El riesgo es que la enfermedad del hongo de la pudrición también llegue a los árboles que están sanos / Foto: Marcos Merendón/El Sol de Parral
El problema no es solo biológico. Es moral. Es ético. Es existencial. Porque un árbol es vida. Y cuando uno se muere, algo en nosotros muere también. El recorrido lo confirmó: cada árbol seco era como una lápida. Una advertencia. Un reclamo. ¿Quién será el próximo?
El drama es doble. Porque los que están secos no solo no sirven, sino que además representan un riesgo. El hongo sigue en ellos. En sus raíces, en sus troncos. Si no se retiran, si no se reponen, si no se destruyen de raíz, serán un foco de contagio. “No se trata solo de reforestar —dice Lugo—, se trata de hacerlo bien. Si dejas un pedazo de tronco, el hongo se queda ahí. Esperando. Es un asesino paciente”.
Y como si supieran que se habla de ellos durante el recorrido, algunos árboles crujieron con el viento. Un sonido leve. Como una queja. Como una súplica. Uno de ellos, particularmente alto, parecía doblarse sin querer. Como si el dolor de sus raíces fuera ya insoportable.
Es inevitable, entonces, preguntarse: ¿qué se hará con los secos? ¿Los talarán? ¿Los cambiarán de lugar? ¿Volverán a plantar ahí mismo? Y si lo hacen, ¿cómo se van asegurar de que el hongo no vuelva a atacarlos? No hay respuesta fácil. Solo queda la acción.
Sobre el parque lineal se puede ver árboles secos y enfermos, la situación es complicada para la naturaleza / Foto: Marcos Merendón/El Sol de Parral
El fruticultor lo resumió todo en una frase que aún retumba: “Si no hacemos nada, esto será un cementerio verde”. Y tenía razón. Porque ya lo es. Porque ya se puede caminar por el río Parral y contar los muertos. 78 secos. 82 enfermos. 160 al borde del abismo. Esos son los números. Pero los árboles no son cifras. Son seres vivos. Son historias. Son oxígeno. Son esperanza.
Por eso, el fruticultor hizo un llamado. A la conciencia. A la acción. A la vida. Porque si los árboles gritan —y lo hacen, aunque no con palabras—, es porque aún tienen fe en que alguien los escuche. Y si alguien los escucha, tal vez aún no sea demasiado tarde.