“Nos deportaron. Tuvimos suerte de que nos trajeran a Torreón y no a Villahermosa. El muchacho que manejaba la combi de migración… no sé si fue por los niños, pero nos dejó aquí”.
La decisión de volver
En Jiménez, el frío cala hasta los huesos. Sus rostros están quemados por el sol y por el viento helado. “Nos enfermamos, nos quemamos la cara, los labios… pero todo va pasando”.
No hay alegría en sus palabras, solo aceptación. “Aquí en Jiménez la gente es solidaria, nos han ayudado con ropa, con dinero… es el mejor lugar en el que hemos estado en México”.
Al preguntar si en algún momento pensó en quedarse aquí. Su respuesta es tajante: “No.” No hay futuro en México para ellos. Tampoco en Estados Unidos. Ni siquiera en su propia patria.
El fin del sueño
Al final de la entrevista, una mujer se acerca y deja unas monedas en el vaso de Natacha. No dice nada, solo sigue su camino. Su hija, al otro lado de la calle, levanta la mirada con la misma mezcla de esperanza y vergüenza que ha aprendido a cargar.
Natacha sigue allí, con su chamarra negra y gris, su gorro cubriéndole la cabeza, su pantalón gris, su mochila roja a la espalda. Enfrente, la farmacia Benavides sigue vendiendo medicinas que ellos no pueden pagar.
Una de ellas tiene que ver con un robo de objetos y una segunda por peculado agravado, en donde el fiscal general del Estado no precisó la cantidad o el concepto
La beca JICA es un programa de capacitación presencial en Japón, dirigido principalmente a profesionistas en áreas estratégicas como educación, innovación, desarrollo social, medio ambiente e infraestructura
Desde las 8:00 de la mañana inició la dispersión de casi mil paquetes alimenticios destinados a familias vulnerables previamente registradas en el padrón
Secuestrados en la selva del Darién, Natacha y su familia vivieron una odisea para tratar de cruzar la frontera y no lo consiguieron / Foto: Marcos Merendón / El Sol de Parral
Natacha dejó su hogar con la esperanza de encontrar un futuro mejor, pero en su travesía solo halló miedo, hambre y desesperación. En su país, la violencia y la miseria la empujaron a huir; en la ruta, los abusos y la indiferencia la convirtieron en una sombra de sí misma. Su historia no es un caso aislado, sino el reflejo de una crisis que despoja a miles de migrantes de sus derechos más básicos. Cada paso hacia la frontera es un juego de azar donde la única certeza es la pérdida de su identidad, de su libertad y de su dignidad.
Bajo el gris plomizo del cielo de Jiménez, Natacha Ríos sostiene un vaso desechable con una tapadera perforada. Sus manos, agrietadas por el frío y la desesperanza, tiemblan apenas perceptibles. En la otra mano, un letrero escrito con tinta negra: “Soy venezolana, apóyenme para regresar a mi país. Por favor, gracias. Dios los bendiga”.
Frente al Mercado, en Jiménez, Natacha recolecta unas monedas mientras su hija de 15 años, del otro lado de la Calzada Juárez, repite el mismo gesto. Su único propósito es regresar a su tierra después de casi perderlo todo en la ruta rumbo al sueño americano.
Sus ojos, ennegrecidos por el insomnio, miran hacia la nada. Su historia no es un relato de éxito ni de resistencia; es una travesía de dolor y renuncia, de un sueño quebrado que, tras un año de sacrificios, la devuelve al mismo punto de partida.
Hace un año, Natacha y su familia dejaron Barcelona, Anzoátegui, en Venezuela. La crisis económica los asfixiaba, la vida se volvía un acto de supervivencia. “Nosotros hemos sufrido”, dice, y en su voz hay una certeza inamovible, una resignación honda.
Cruzaron la selva del Darién, el primer infierno. Cuatro días de humedad sofocante, barro hasta las rodillas, mosquitos que devoraban la piel como si quisieran borrar todo rastro de humanidad. Entonces aparecieron ellos. “No sé si era la guerrilla o los panameños”, dice. “Nos secuestraron”.
Un día entero estuvieron retenidos, un día que sintió como una eternidad. No tenían dinero, no podían pagar un rescate. Fue entonces cuando los dejaron ir, pero intentaron arrebatarle a su hijo de 17 años. “Me lo quitaron. Me dijeron que se quedaba con ellos, que trabajaría para ellos”. Su voz se quiebra. Piensa en su nieta de siete meses, la hija de ese hijo. Piensa en su niño con un arma en las manos, con la mirada muerta antes de cumplir la mayoría de edad.
Pero la súplica fue más fuerte que la crueldad. Dos horas después, su hijo apareció corriendo por la selva. “Nos alcanzó, lo dejaron ir”, fue un momento de inmensa felicidad, pensaba que ya lo había perdido.
En Panamá, el siguiente obstáculo. Un país hermoso, pero lleno de trampas para los migrantes. Quien no tenía pasaje quedaba atrapado. Quien era descubierto en la calle, deportado. Natacha y su familia caminaron, trabajaron, pidieron limosna. Cruzaron a Costa Rica, luego Nicaragua, luego Honduras, hasta llegar a Tapachula, México.
Ahí quedaron varados otro mes. La desesperación se convirtió en costumbre. “No sabíamos qué hacer, dónde quedarnos, en quién confiar y en quien no, ya habíamos pasado cosas horribles, habíamos perdido todo, nuestros derechos y no nos quedaba nada”, dijo.
Después de un año de vivir experiencias donde perdieron sus derechos, ahora van de regreso a Venezuela / Foto: Marcos Merendón / El Sol de Parral
Cansados de esperar, abordaron el tren de los migrantes, La Bestia. Subieron en Ciudad de México con rumbo a Torreón. Fueron tres días de viaje, un trayecto de hierro y viento helado. “Se dice poco, pero pensamos que moriríamos, fue un viaje eterno, vivimos en carne propia el terror de la Bestia, queríamos bajar pero ya estábamos arriba, el frío era terrible, el bebé enfermó, sus labios se tornaron morados, pensamos que iba a morir, pensar que podíamos perderlo entre los brazos, fue lo peor el sufrimiento y el dolor eran inexplicables”, relató.
En Chihuahua, lo internaron. Neumonía, dijeron los médicos. Quince días de angustia, de rogarle a Dios que no se lo llevara. Cuando al fin le dieron el alta, la esperanza regresó, el deseo de seguir adelante regresó, siguieron su camino.
En Juárez, encontraron la última trampa. Decidieron cruzar solos, sin coyote, no tenían dinero para pagar, por lo que se aventuraron sin garantías, solo con la fe de que, si habían sobrevivido a tanto, el destino no podía ser tan cruel.
Pero lo fue. “Cuando ya íbamos a cruzar el hueco, el aro que abrimos… nos agarraron”. Migración los detuvo. Algunos lograron cruzar, su esposo incluso estuvo unos minutos en suelo estadounidense, pero al ver a su familia detenida, decidió regresar.
Podrían haber intentado otra vez. Lo pensaron. Lo hablaron. Pero el miedo se impuso. “Viendo cómo se puso con Donald Trump, ya no nos queda de otra. Ya no vamos a intentar cruzar. Quitaron la CV1, si intentamos entrar otra vez, nos pueden meter presos”.
Ahora, esperan. La presidencia municipal de Jiménez les dio un documento para comprar pasajes a mitad de precio. Hoy domingo partirán a Guanajuato, de ahí a Ciudad de México, luego a Guatemala, y después, un año después de haber huido, estarán de vuelta en Venezuela.
Es la imagen de una lucha sin héroes ni finales felices. Un retrato de quienes apostaron todo por un sueño que se convirtió en pesadilla. Y ahora, después de recorrer un continente, después de enfrentar el hambre, el secuestro y la casi la muerte, todo lo que quieren es volver a casa.
Para Natacha y miles como ella, la migración no es un capricho, sino un grito de auxilio que el mundo ha decidido ignorar. En la frontera, las leyes no protegen, los derechos se evaporan y la humanidad se diluye en un sistema que los condena a la invisibilidad. ¿Cuántas vidas más deberán romperse antes de que se entienda que ningún ser humano es ilegal? Mientras el destino de los migrantes siga siendo el olvido, la deuda de la sociedad con ellos seguirá creciendo, tan grande como los muros que intentan detenerlos.