De las balas al silencio: el fin de semana que reinó la incertidumbre en Parral
El ataque a seis minutos de la autoridad, las carreteras bloqueadas y un ejecutado al amanecer dejaron a la población encerrada, temerosa y vigilada desde el aire, en el fin de semana más violento del año
En este medio se documentaron fotos de lo que parecía pueblo fantasma. Y no era exageración: calles donde normalmente no cabe un alfiler quedaron vacías, con el eco de los pasos de uno que otro transeúnte caminaba rápido, sin mirar a los lados.
Las víctimas son originarias de Norogachi y según las primeras versiones se dirigían a la capital ya que durante la mañana, otro hijo del matrimonio se disparó intencionalmente en una casa de asistencia en la colonia Zootecnia
El cuerpo fue localizado en estado de descomposición, lo que hace suponer a las autoridades que podría tener relación con los hechos ocurridos el pasado 15 de marzo
Según el testimonio de la víctima, la noche anterior, al llegar a su domicilio, fue interceptado por varios sujetos con el rostro cubierto, quienes lo privaron de la libertad junto con otras cuatro personas, sin embargo, los demás lograron escapar
Uno de los imputados enfrenta cargos por tentativa de homicidio y violencia familiar agravada tras dejar grave a un niño de seis años, mientras que el segundo es acusado de agredir a sus tres hijos
Autoridades informaron que la revisión se realizó en los módulos 5, 6 y 7 del Área 2, donde aseguraron objetos prohibidos y aparatos electrónicos, sin localizar armas
El saldo del fin de semana violento en Parral fue de ocho muertos y al menos 12 vehículos asegurados por la autoridad / Foto: Adrián Barrón / El Sol de Parral
Parral pasó de una tarde de carreras de caballo a una noche de terror. Y luego, a algo todavía más inquietante: un silencio espeso, de esos que hacen que una ciudad parezca contener la respiración. Todo comenzó el sábado 15 de noviembre —día de paga—, en el carril Santa Teresa, apenas 4.5 kilómetros —seis minutos en carro— de donde operan la Fiscalía y la Guardia Nacional. La violencia no llegó desde lejos, estalló prácticamente a la vuelta de la esquina, recordando para muchos la violencia que estalló en 2008.
La transmisión en vivo del evento hípico apenas alcanzó a capturar unos segundos del infierno: el estruendo seco de las primeras ráfagas, un grito, la cámara temblando, gente derrumbando mesas en su intento por huir, y luego nada. Solo polvo, cuerpos y pánico. En el suelo quedaron siete hombres abatidos, tirados entre vehículos, cercas y tierra removida. Muchos eran jóvenes, todos eran de Parral. La identidad de seis ya fue confirmada; uno más sigue en el laboratorio forense, sin mencionar los que están debatiéndose entre la vida y la muerte.
Mientras eso ocurría, la carretera Parral–Jiménez se convertía en una trampa que se acomodó de forma estratégica. Bloqueos, vehículos atravesados, detonaciones, automovilistas asustados y resguardados y un caos que paralizó por completo el paso.
La región sur se prendió como si fuera pólvora: reportes de enfrentamientos rumbo a Allende y Coronado, una pick up baleada abandonada, un auto robado encontrado cerca de Duraplay, y choferes llamando a sus familias con voz quebrada para avisar que estaban atrapados entre ráfagas.
El sábado al anochecer, Parral empezó a cerrarse sobre sí misma. Los comercios bajaron las cortinas antes de tiempo. Los bares y antros de la avenida Independencia, que los sábados revientan de luz y música, no abrieron. La zona de fiesta quedó totalmente apagada.
Aun así, la respuesta oficial llegó esa misma noche. Tras los bloqueos y la masacre del carril, las corporaciones montaron un megaoperativo en los accesos de Parral, con filtros, patrullajes y unidades de los tres niveles vigilando la ciudad como si intentaran sellarla por completo. Pero ni el despliegue de la Secretaría de Seguridad Pública Estatal, ni la presencia de la Guardia Nacional y mucho menos Seguridad Pública impidieron que, horas después, ya de madrugada, la violencia volviera a irrumpir: en plena Puerta del Tiempo apareció un hombre ejecutado, rodeado de más de 45 casquillos y un narcomensaje, el operativo no frenó el avance del crimen ni siquiera dentro de la mancha urbana.
Para el otro día, lo único que se escuchó fue el helicóptero del Ejército. Sobrevoló colonias, accesos, calles principales y el perímetro del carril. Un ruido metálico que retumbó sobre una ciudad que no se animaba a salir. En tierra, un megaoperativo llenó las entradas y salidas con militares, Guardia Nacional y policías estatales, intentando recomponer el orden después de una jornada en la que el crimen se movió a sus anchas por carreteras, cerros y avenidas.
Mientras tanto, en la carretera Jiménez-Torreón, un autobús fue asaltado el domingo: pasajeros despojados de dinero y celulares mientras aún circulaban las versiones del día anterior. Nadie quería viajar, nadie quería manejar, nadie quería quedar atrapado en el punto equivocado. Las rutas que conectan Parral con la región parecían zonas de guerra improvisadas.
Para el cierre del fin de semana, el saldo era el que la Fiscalía terminaría reconociendo: ocho muertos —siete en el carril, uno en la Puerta del Tiempo—, 12 vehículos asegurados, carreteras colapsadas y una ciudad entera encerrada en sus casas. No hay detenidos. No hay rostros señalados. No hay versiones oficiales más allá de la promesa de investigar.
Lo que sí hay es un ambiente que no se disimula: un silencio que suena a miedo. Parral no gritó, Parral se quedó callado, como si supiera que lo del sábado no fue un episodio aislado, sino una advertencia. Como si temiera que el ruido pueda provocar algo más. Y así, la ciudad cerró un fin de semana que no olvidará pronto: uno en el que la violencia corrió por las carreteras, por los cerros y por sus principales avenidas, pero lo que más heló a la gente fue el silencio que vino después.