El crimen que conmocionó a Parral hace más de 20 años: la historia del asesinato de dos niños en un tiro de mina
La noche del sábado 11 de mayo, Martín A. D. acudió al domicilio de su expareja para que le prestara a sus dos hijos de uno y dos años de edad a quienes llevó al Cerro del Estanquillo
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La noticia conmocionó a Parral, ya que era un hecho sin precedentes / Foto: Alex Mata / El Sol de Parral
Durante el mes de mayo del año 2002, un hecho terrible sacudió a la sociedad parralense, pues la noche del sábado 11, una tragedia se gestó en la colonia Che Guevara, cuando un padre solicitó salir de paseo con sus dos hijos, sin saber el destino que les depararía a cada uno en las entrañas de un tiro de mina.
Según datos de la hemeroteca de El Sol de Parral, MartínA. D. de 21 años de edad, habría acudido al domicilio de su expareja y madre de sus hijos, pidiendo llevárselos para dar un paseo. La madre, una joven de 19 años había accedido, como en tantas ocasiones, sin imaginar que sería la última vez que vería a los dos pequeños.
Los hechos se registraron alrededor de las 20:00 hrs, del sábado 11 de mayo, cuando Martín A. D. acudió al domicilio de su expareja, en la colonia Che Guevara, solicitando que le prestara a sus dos hijos de uno y dos años respectivamente, para ir a dar un paseo. La madre accedió, ya que en otras ocasiones, Martín se llevaba a los niños para que estos visitaran a su abuela paterna.
Acorde a los sucesos, Martín salió del domicilio primero con su hijo de un año de edad, con el cual se dirigió a un tiro de mina ubicado en el Cerro del Estanquillo, en la colonia Che Guevara. Una vez ahí, lanzó el cuerpo del menor por el tiro de mina, a una profundidad aproximada de 35 metros.
Posteriormente, volvió a casa de su expareja, a la cual le solicitó que volviera con él, no obstante, ella se negó a su petición. Martín, con su hijo de dos años de edad, le aseguró que se arrepentiría y se llevó al niño, el cual fue lanzado también por el tiro de mina, consumando así su barbarie.
Martín A. D. manifestó el no saber porqué decidió lanzarlos al tiro de mina / Foto: Alex Mata / El Sol de Parral
Según los acontecimientos registrados, la primera persona en conocer el crimen que envolvió a ambos niños fue una amistad cercana de la pareja, que contaba entonces con 17 años de edad. Acorde a los sucesos, el mismo padre de los niños le habría confesado lo que acababa de hacer en ese entonces, por lo que la joven habría avisado rápidamente a la familia.
En tanto, las autoridades que acudieron al auxilio de ambos niños, solicitaron el apoyo del grupo Vulcano perteneciente al departamento de bomberos, con la esperanza de que se lograra rescatar con vida a los menores. Sin embargo, los socorristas encontraron al fondo del tiro de mina los cuerpos visiblemente lesionados y sin signos vitales, por lo que se procedió a la recuperación de los cadáveres.
Durante la detención del filicida, los vecinos de la familia buscaron hacer justicia por mano propia, pues al enterarse de los espantosos sucesos que habían ocurrido aquella noche, estos arrebataron al sujeto de las manos de los agentes que lo custodiaban, en un intento por lincharlo. La turba de vecinos, enfurecida, le propinó diversos golpes al presunto culpable. Sin embargo, gracias a la oportuna intervención de los agentes, se impidió que escalara este acto en contra del filicida.
Después de su detención, y una vez en los separos de Seguridad Pública, se hizo el interrogatorio a Martín A. D. , quien manifestó que ese sábado, cuando tomó la terrible decisión, se encontraba bajo el influjo de resistol, píldoras, vino y cerveza, por loque recordaba poco de lo que había sucedido. Entre esos recuerdos, rememoró el haber salido con uno de sus hijos y haber vuelto por el otro 15 minutos después, para que este corriera con la misma suerte que su hermano.
Finalmente, admitió de forma serena el hecho de que no sabía porqué se le ocurrió lo del tiro de mina, pero dijo que una vez fuera del efecto de las drogas, la culpa comenzó a manifestarse, y en su interior nació el sentimiento de noquerer seguir con vida; se sentía arrepentido y con ganas de pagar sus culpas, expresó.
Los cuerpos de ambos pequeños permanecieron en los velatorios de Funerales Cárdenas hasta el lunes 13 de mayo, cuando el cortejo fúnebre compuesto por amigos, familiares y habitantes de la ciudad, se reunieron para dar un último adiós a los dos hermanitos.
Su homenaje se llevó a cabo en catedral, para después ser trasladados al panteón municipal, donde en medio del llanto, el dolor y la incredulidad, fueron sepultados. Su madre, aturdida por la desdicha, tuvo que ser atendida por paramédicos de la Cruz Roja; en tanto, cinco camiones urbanos, repletos de personas consumidas por el acto desgarrador, se congregaron para acompañarlos a su última morada: El panteón municipal.
Al filo del mediodía del lunes, los ataúdes bajaron a sus fosas, ante la mirada de una madre, que, sostenida por su familia, observaba el entierro de sus hijos. Y mientras tanto, algunos de los asistentes comentaban con total escepticismo que “no podían creer lo que Martín había hecho”, pues se trataba de una persona tranquila, la cual a pesar de sus vicios, nunca había agredido a sus hijos que lo querían mucho y siempre estaban pegados a él.
La sociedad parralense se congregó para despedir a los hermanitos en el panteón municipal. / Foto: Alex Mata / El Sol de Parral
A Martín A. D. se le dictó el auto de formal prisión un 16 de mayo del 2002 luego de haber confesado. Después fue recluido en la cárcel pública, donde los presos también buscaron la forma de lincharlo; sus actos, repudiados por todo ser viviente, eran imperdonables, por lo que la sentencia del juez para él fue rotunda: 80 años de cárcel, 40 años por cada hijo.
No obstante, Martín A. D. sabía que los años en prisión no bastarían para lavar las culpas y resarcir el daño. Apenas un día antes de dictar el auto de formal prisión, Martín había compartido en entrevista que no podía dormir y que apenas comenzaba a entender la magnitud de sus acciones.
En una celda apartada del resto para evitar el daño a su persona, Martín confesaba sentirse destrozado en su interior, sin lograr comprender el hecho atroz que había cometido con sus propios hijos. Parco de palabras, rememoró lo poco que le quedaba de sus dos pequeños, como los juegos de luchas que solía tener con su hijo mayor, de dos años. También manifestó el escuchar las voces de sus hijos al intentar dormir, o ver escenas de aquel sábado negro del 11 de mayo.
Martín A. D. no había hecho más por estudiar que el sexto grado de primaria en la escuela Nicolás Bravo, ubicada en la colonia Che Guevara. Después, el llamado de las calles lo sustrajo de los entornos seguros, para dedicarse al consumo de vino y cerveza, siendo estos los primeros vicios adquiridos, y los antecesores del thiner y el resistol que comenzó a ingerir con tan solo 14 años. Con la madre de sus hijos, había llevado una relación de seis años, tumultuosa; un altercado se había suscitado entre ambos, apenas dos meses antes del homicidio de los niños.
Actualmente, Martín A. D. está cumpliendo su sentencia en un Cereso en Chihuahua capital, pero los vestigios de sus actos continúan aterrorizando a la sociedad parralense, pues la magnitud de aquel crimen ocurrido el sábado 11 de mayo del 2002, persiste resonando aún en nuestros días.