“Eran chavos inocentes”: comunidad de Loma de Flores llora a víctimas de la masacre en Salamanca
Lo ocurrido en los campos de futbol detuvo gran parte de la actividad en la comunidad; las clases se suspendieron, pues nadie llevó a los estudiantes
Fernanda Garduño
Loma de Flores es una comunidad de aproximadamente dos mil 500 habitantes que se encuentra en los límites territoriales entre las ciudades de Irapuato y Salamanca, en la zona Bajío del estado de Guanajuato.
Habitantes de esta comunidad aseguraron que la zona quedó en un silencio inusual desde las 8:00 de la noche del domingo; algunos comercios, principalmente de la avenida Francisco Villa, permanecieron cerrados, y las patrullas empezaron a retirarse de la zona del ataque con el traslado de los últimos cuerpos.
“Escuchamos los balazos, pero no salimos; la avenida no es tan callada, pero todavía en la mañana se ve poca gente, nadie quiere acercarse”, señaló un habitante de la calle Francisco Villa.
La agresión ocurrió dentro de unos campos privados ubicados precisamente en prolongación Francisco Villa, a las orillas de la comunidad.
Durante la mañana del lunes, el perímetro de los campos permaneció bajo vigilancia de la Guardia Nacional, las puertas del recinto permanecieron cerradas y dentro del sitio quedaron varios rastros de lo ocurrido durante el encuentro entre los dos equipos que terminó en tragedia.
Dentro del campo de futbol quedaron restos dispersos de cintas amarillas, comida y bebidas que incluso quedaron intactas; en el suelo había restos de ropa llena de sangre y un par de veladoras que todavía estaban encendidas.
El ataque fue general, es lo que se dijo entre los habitantes de Loma de Flores; los atacantes llegaron sin decir a quién buscaban, solo dispararon hacia distintas direcciones.
“Pues dispararon contra niños, mujeres, no les importó, murieron muchos inocentes”.
La matanza puso de luto a toda la comunidad que desde temprano preparó todo para recordar a las víctimas de la agresión.
La escena todavía conserva rastros del caos que ocasionaron sujetos armados y, aunque la gente cerca del lugar del ataque prefirió mantenerse en silencio, fue inevitable pasar por el campo sin señalarlo o mencionar algo sobre lo sucedido.
Mataron a jóvenes inocentes; llegan los primeros cuerpos a las comunidades
En las calles de las comunidades Loma de Flores, San José de Marañón y San José Temascatío vivían algunas de las víctimas de la masacre; todos eran jóvenes y habían acudido a trabajar o a pasar un rato agradable con sus amigos.
“Eran chavos inocentes, ni ellos ni sus familias se metían con nadie y aunque agarren a los malditos que los asesinaron, ¿quién se los va a regresar?”, señalaron habitantes de las comunidades.
Los primeros cuerpos en llegar fueron los de Luis Alberto, mejor conocido como Betito, un adolescente de 17 años; Carmen, conocida como Carmelita, quien tenía 21 años; y Carlos, el músico de la banda Reencuentro Norteño.
Aunque la mayoría de las personas prefirieron permanecer en el anonimato, Martín Almanza, uno de los familiares de Carmelita, aseguró que al menos las víctimas que él conoció eran personas de bien, con sueños y aspiraciones que truncó la violencia.
“Qué se puede hacer, las autoridades saben qué es y qué no es, Carmelita Sánchez tenía 21 años, como todos los jóvenes, salía a divertirse, a esa edad a quien no le gusta salir acá y allá”.
Por su parte, un primo de Carlos, el músico del grupo norteño, señaló que conoció a Carmen y un poco a Beto también, todos eran gente de bien.
“Los papás de Carlos se dedicaban a lo suyo, tienen pollerías y un sonido, y él estaba tocando, amenizando el evento y le tocó, es algo fuerte porque yo me crié con ellos, con Carmelita también, sus papás venden comida y no se metían con nadie como mi primo Charly”.
El primo de Carlos aseguró que no tienen confianza en que suceda nada para hacer justicia, destacó que la comunidad permaneció tranquila mucho tiempo y pensaron que nunca más pasarían hechos como este.
“Si se veían rondines, me imagino que por eso estaba tranquilo, la comunidad tenía mucho tiempo así, no pasaba nada”.
En su hogar, sus hermanas y otros familiares lloraron y rezaron alrededor del ataúd blanco en el que lo llevaran a su última morada.
Lo que más se comentó entre vecinos fue el tema de los lesionados, todos preguntaban por los heridos para saber si estaban fuera de peligro o si alguno más había perdido la vida, en las tiendas y espacios públicos todos se preguntaron eso, pero nadie ofreció una respuesta.
Cada fin de semana se juntaban a convivir; el futbol es una de las actividades más populares en Loma de Flores
Loma de Flores vive con pasión el fútbol; este deporte es de los más populares en la zona, no por nada, entre esta comunidad y San José de Temascatío, que está pegada, hay al menos tres campos, dos de ellos públicos.
Y los encuentros de la liga en el campo privado sobre la calle Francisco Villa prácticamente son considerados tradicionales en Loma de Flores, pues quienes no juegan acuden a apoyar a sus amigos y familiares, o simplemente a convivir, compartir una bebida fría y botana.
Nadie se imaginó que dentro de una actividad “sana” se daría una de las masacres más grandes de la zona, que después de meses de tranquilidad trajo terror y dejó a todos con la zozobra.
Decenas de disparos se escucharon hasta varias cuadras adelante del campo, y bastaron unas llamadas telefónicas para que todos se enteraran de lo que había pasado.
“Pues solo me hablaron para decirme que había habido balacera en el campo, que había muchos muertos”, señaló una de las familiares de Carmen, una de las fallecidas en el ataque.
A un día de lo ocurrido, en el campo aún hay muchos objetos tirados; los peritajes se limitaron a levantar los casquillos y los cuerpos, pero sobre el pasto y la tierra quedaron ropas, botellas de cerveza tiradas, tortas aún envueltas en aluminio que fueron los testigos mudos de la tragedia.
Aunque los principales elementos de prueba fueron llevados a análisis, muchas de las cosas que quedaron en los campos aún tenían manchas de sangre, la población solo pudo ir y colocar una veladora para pedir por el eterno descanso de quienes murieron en lo que debió ser un día de diversión.
Suspenden clases por inasistencia de alumnos
El luto detuvo a la mayoría de las familias en la comunidad, desde quienes decidieron no salir por el temor hasta quienes volcaron su jornada diaria hacia la preparación de los velorios o el acompañamiento a las familias de las víctimas.
“Pues aquí todos se conocen, seguro están esperando que lleguen los cuerpos, pero nadie vino, los maestros se quedaron esperándolos”, señalaron comerciantes.
Al menos en el plantel que está más cercano a los campos de futbol, los docentes tuvieron que optar por retirarse y la escuela quedó cerrada, señalaron vecinos.
Pero esto también impactó directamente a la dinámica económica, muchos comercios se vieron obligados a cerrar por la tarde y noche del domingo, primero por temor, luego porque la comunidad quedó desierta, y aunque el lunes sacaron sus puestos temprano, la avenida Francisco Villa casi no tuvo afluencia.
Prevalece el silencio; tienen miedo de represalias
La situación más común dentro de la comunidad que fue escenario de la masacre fue el silencio, aunque la gente estaba visiblemente molesta y triste, la respuesta de la mayoría de las preguntas que hacían incluso entre ellos era un rotundo “no supe”.
Pero los murmullos contaron otra historia, cuando las familias caminaron por las calles principales, o pasaron por el atrio del templo y vieron que estaban adornándolo para pedir justicia por los fallecidos; ahí sí se dijeron nombres, parentescos, y hasta hubo quien dijo “yo estuve ahí, pensé que no la contaba”.
Entre los nombres de las víctimas no solo surgieron los de Carlos, Carmen y Luis Alberto, los familiares pidieron también justicia por Brayan, que era originario de San José Temascatío, y Alejandro, quien era un exagente de Tránsito Municipal a quien le gustaba mucho acudir a los juegos de futbol en la región.
A la par que la población dio a conocer los nombres de más de las víctimas, surgieron algunas condolencias, una de ellas de parte de la Universidad Incarnate Word Campus Bajío, donde lamentaron la muerte de Carlos Alejandro, el músico que además era estudiante de este plantel.
Pero el daño estaba hecho, la gente incluso se mostró molesta con la presencia de las corporaciones y trató de ignorar su presencia.
Pero espacios como el templo y algunas de las calles fueron reflejo de la indignación colectiva, así como de la exigencia por justicia.




























