Mujeres huastecas de Tocoy; entre el humo y la pobreza extrema
Para acceder al vital líquido implica largas caminatas. El pozo más cercano está a hora y media de distancia
Para acceder al vital líquido implica largas caminatas. El pozo más cercano está a hora y media de distancia

Patricia Calvillo
En el corazón de la Huasteca potosina, la comunidad indígena de Tocoy es hoy un espejo de las múltiples crisis que arrasan a las poblaciones más vulnerables del país, cambio climático, pobreza extrema, falta de acceso al agua potable y una profunda injusticia de género y ambiental que se expresa, sobre todo, en los cuerpos y vidas de las mujeres indígenas. La gran mayoría vive en la vulnerabilidad, desigualdad y entre altos niveles de contaminación.
En el auditorio del Colegio de San Luis se llevó a cabo la conferencia “Mitigación de Sindemias”, impartida por el académico Fernando Díaz Barriga, catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) y especialista en salud ambiental. Bajo el lema “Agua y vulnerabilidades”, la charla abordó de forma crítica y directa la convergencia de crisis sanitarias, sociales y ambientales que afectan principalmente a las mujeres indígenas y a las infancias en contextos de alta marginación.
Habló sobre el estudio que realizan en la comunidad de Tocoy de la región huasteca potosina, ahí, el agua no llega a las viviendas que muchas veces son de lámina y palma. Solo algunas mangueras la llevan no potable a ciertos puntos de la comunidad. Las enfermedades gastrointestinales, diarreas principalmente, siguen siendo un problema grave, sobre todo en niñas y niños. El año pasado, enfrentaron una crisis hídrica severa debido a la baja en las precipitaciones en la Huasteca, una región que está siendo duramente golpeada por el cambio climático.
Para ellas, acceder al vital líquido implica largas caminatas. El pozo más cercano está a hora y media de distancia. Si se seca, como ha ocurrido en otras ocasiones, el siguiente punto de captación está a cinco horas de camino, ida y vuelta. Esta realidad, cotidiana, afecta profundamente a quienes cargan el agua, que es el mal llamado sexo débil.
En ese sitio, ser mujer es vivir con una carga invisible y brutal. De acuerdo con un estudio de salud en el trabajo para ocupaciones precarias, una mujer indígena trabaja en promedio 80 horas semanales, la mayoría en actividades no remuneradas dentro del hogar. Cocinan, acarrean agua, cuidan hijos y enfermos, limpian, lavan, muelen maíz, hacen tortillas, y queman basura.
Al cocinar con leña, las mujeres inhalan constantemente niveles de contaminantes que, según los estudios, superan hasta cuatro veces las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esto deriva en problemas respiratorios crónicos, enfermedades pulmonares y una calidad del aire interior alarmantemente tóxica.
▶️ Únete a nuestro canal de WhatsApp y recibe la información más relevante al momento
Cuando realizan el proceso de nixtamalización del maíz que es central en la alimentación y cultura indígena huasteca, también representa un riesgo. Muchas mujeres están expuestas por vía inhalatoria a esporas de hongos que contienen aflatoxinas, sustancias cancerígenas vinculadas a cáncer de hígado, cervicouterino y daño renal. En un estudio reciente realizado en Tocoy, el 80 por ciento de las mujeres resultaron con niveles elevados de aflatoxinas en el organismo.
Citó datos del CONEVAL, extraídos de los últimos informes bianuales de pobreza (2020-2022), que pintan un panorama alarmante, la escolaridad promedio de las mujeres indígenas es de nivel primaria. Solo 20 de cada 100 acceden a educación universitaria (la mitad del porcentaje entre mujeres no indígenas). 7 de cada 100, tienen acceso a servicios de salud, 31 de cada 100 presentan problemas de desnutrición, 33 de cada 100 mujeres indígenas viven en pobreza extrema (sin capacidad siquiera para alimentarse adecuadamente).
“Un tercio de las mujeres indígenas en pobreza extrema. Esa no es desigualdad, es abandono estructural”. Pero el dato más demoledor, vino al comparar los extremos sociales de México: una niña indígena rural frente a un hombre urbano no indígena. La diferencia en condiciones de vida y acceso a derechos básicos es de 11 veces. Una brecha calificó de brutal.
La conferencia giró en torno al concepto de sindemia, una situación donde varias epidemias —como diabetes, obesidad, enfermedades respiratorias— se desarrollan simultáneamente y se potencian entre sí debido a determinantes sociales como la pobreza, el acceso limitado al agua y la exclusión de servicios de salud. Enfatizó que, para enfrentar esto, no basta con tratamientos médicos. Es necesario intervenir en los factores estructurales que determinan la salud: educación, vivienda, acceso al agua, saneamiento, justicia ambiental y equidad de género.