Los agentes activos fueron atacados con ráfagas de arma larga cuando se dirigían a su domicilio tras salir de turno; viajaban en un Honda Civic en el sector sur de la ciudad
El partido inició la conformación de su estructura territorial en el estado y continuará en abril; en junio prevé definir coordinaciones en entidades con elección
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A menos de veinte días de que Donald Trump asuma la presidencia de Estados Unidos, el gobierno de la presidenta Sheinbaum está echando todo el resto, en un intento de convencer a los gringos de que estamos haciendo la chamba que no se hizo durante el sexenio de López Obrador. Nunca, en los últimos seis años, vimos tantos operativos contra la maña por parte del gobierno. La estrategia seguridad, con todo y sus asegunes, ha dado un viraje. Pero, ¿alcanzará el show para aplacar las amenazas de Trump?
Ya agarraron a éste. Ya agarraron a aquél. El Ejército y la marina decomisaron una tonelada de fentanilo. Los marinos ya torcieron un cargamento de precursores químicos venidos de China. La Guardia Nacional ya aseguró armas y droga en Zacatecas y Guanajuato. En Chiapas se detuvieron a más de cuarenta policías municipales ligados con la maña… Diera la impresión de que ahora sí, el gobierno mexicano ha echado el resto. Bien sabe la presidenta Sheinbaum que faltan menos de veinte días para que Trump lance su discurso inaugural como presidente de Estados Unidos. El tiempo apremia y por ahora lo único que se puede hacer es tratar de calmar, a marchas forzadas, la tempestad que se avecina. Y para ello, el gobierno ha construido una narrativa en la que Culiacán es el epicentro de todos los males y las calamidades, que aquejan tanto a mexicanos como a gringos. Fue en Culiacán donde comenzó “la guerra”. Y el gran golpe que el gobierno tanto anhela tendría que darse precisamente ahí. Sería el final soñado para coronar la trama de una película de suspenso, acción y terror, que inició con el levantón del Mayo Zambada. Puede que muchos de los malandros que Omar García Harfuch y, sus agentes, andan buscando en Culiacán y sus alrededores, ya se hayan movido a otras ciudades o a la sierra. Pero eso no es lo importante. Importa más mantener la percepción, ante Trump y ante su gabinete de ultra derecha, que una vez que Culiacán sea apaciguado, ocurrirá una especie de efecto dominó, que apagará los incendios en estados como Chiapas, Zacatecas, Michoacán, Guerrero y Tabasco.
Hace seis años, cuando López Obrador se convirtió en presidente de México, habría bastado con mandarle a los gringos a algún narco de mediano pelo, cada cierto tiempo. Con eso habría alcanzado para taparle el ojo al macho. Pero el gobierno de López Obrador nunca quiso meter las manos. Se le fue el sexenio en dimes y diretes con Washington. Al final, López Obrador no sólo terminó siguiendo las órdenes de los gringos, sino que además se ganó a pulso el nada honroso título de “narco presidente”. Con esos antecedentes, queda claro que el margen de maniobra de la presidenta Sheinbaum es muy estrecho. Cualquiera pensaría que si el problema con los gringos es que ya no nos compran la cantaleta de que ahora sí estamos haciendo la chamba, sería buena idea enviarles la cabeza de algún narco de los pesados, de ésos por los que se ofrecen millones de dólares de recompensa. La verdad es que no serviría de mucho. Y es que no habrá operativo o redada de valgan, cuando un periódico, como el New York Times, lanza un reportaje en el que se balconea la existencia de un laboratorio clandestino de fentanilo en pleno centro de Culiacán. ¿Será que sólo hay uno o hay decenas en toda la ciudad? ¿Y la “inteligencia” de Harfuch y sus agentes de investigación? ¿No sabían del narco laboratorio?
Hace seis años, cuando López Obrador se convirtió en presidente de México, habría bastado con mandarle a los gringos a algún narco de mediano pelo, cada cierto tiempo. Con eso habría alcanzado para taparle el ojo al macho. Pero el gobierno de López Obrador nunca quiso meter las manos. Se le fue el sexenio en dimes y diretes con Washington. Al final, López Obrador no sólo terminó siguiendo las órdenes de los gringos, sino que además se ganó a pulso el nada honroso título de “narco presidente”.
Con esos antecedentes, queda claro que el margen de maniobra de la presidenta Sheinbaum es muy estrecho. Cualquiera pensaría que si el problema con los gringos es que ya no nos compran la cantaleta de que ahora sí estamos haciendo la chamba, sería buena idea enviarles la cabeza de algún narco de los pesados, de ésos por los que se ofrecen millones de dólares de recompensa. La verdad es que no serviría de mucho. Y es que no habrá operativo o redada de valgan, cuando un periódico, como el New York Times, lanza un reportaje en el que se balconea la existencia de un laboratorio clandestino de fentanilo en pleno centro de Culiacán. ¿Será que sólo hay uno o hay decenas en toda la ciudad? ¿Y la “inteligencia” de Harfuch y sus agentes de investigación? ¿No sabían del narco laboratorio?
La presidenta Sheinbaum, lejos de ordenar una investigación o pedir a los mandos de la SSPC o, de la Guardia Nacional, que salieran a dar una explicación sobre lo dicho en el periódico, se apuró a descalificar el reportaje del New York Times, afirmando que no se trata de un narco laboratorio para producir fentanilo, sino anfetaminas. Menos mal. De pasada, Sheinbaum aprovechó para volver a quejarse de que los gringos no han dado toda la información sobre el levantón del Mayo Zambada, hecho que desató la guerra en Culiacán hace ya más de tres meses. Alguien cercano a la presidenta, haría bien en aconsejarle que ya deje de usar la tan manida “explicación de los gringos”, como una cortina de humo para tratar de confundir y manipular a los incautos. La crisis que vive el país no la provocaron los gringos. Ellos sólo ayudaron a destapar la enorme cloaca. Y a darle visibilidad. Sería un error pensar que el reportaje del New York Times es hecho aislado. Es en una clara advertencia lo que se aproxima. Es una forma de justificar la política de mano dura, que Trump piensa usar contra México y sus cárteles, nada más tome el poder.
Quizá Washington, a diferencia del gobierno mexicano, posee un diagnóstico más objetivo y preciso del tamaño de la bronca que representa el fenómeno de la producción y el tráfico de fentanilo. Sólo habría que preguntarle a Ken Salazar, embajador gringo, qué opina del reciente secuestro, en Culiacán, de dos elementos de la Guardia Nacional por parte de la maña. Literalmente los malandros fueron a sus casas por ellos y se los robaron. Así de fácil. Por suerte, para los secuestrados, los regresaron sanos y salvos unas horas después.
Queda la duda de por qué los mañosos decidieron regresar a los elementos de la Guardia Nacional sin un solo rasguño. Una reacción así podría tener, al menos, dos explicaciones. Una. La maña regresó lo robado para dejarle claro al gobierno mexicano que la guerra de Culiacán es entre dos bandos. Y que nadie más debe involucrarse. Dos. Hizo toda la maniobra para demostrarle, tanto al gobierno mexicano como al de Washington, que bajo cualquier circunstancia, la maña es la que manda. La que tiene el poder y el control. Y en el momento que lo decida, puede poner las cosas de cabeza. Seis años de inacción no pueden emparejarse con tres meses de chamba. Trump tampoco se traga ese cuento.