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El Papa León XIV llega al trono de la iglesia católica en un momento de la historia humana en el que la información y las redes sociales son dos de los dioses más venerados. De todas las misiones que Robert Francis Prevost tendrá que enfrentar, quizá la más difícil será detener la desbandada de feligreses que se sienten tentados a desertar del catolicismo, para ir a buscar “respuestas” en otras religiones. Sin followers no hay dios que valga
Ana fue educada en la religión católica desde que era una niña. Como cualquier católico practicante, asistía a la iglesia cada domingo y rezaba todos los días. Eso cambió cuando, una tarde que Ana estaba con su novio en la iglesia del barrio, el párroco los pilló dándose un beso debajo de un crucifijo. El párroco, un español de mirada autoritaria y sotana, enfureció. A gritos echó a los dos blasfemos y les advirtió que nunca se volvieran a parar en su iglesia. Para esos dos las puertas de la casa de Dios estaban cerradas. Al menos las del dios católico.
Ana nunca más regresó a esa iglesia. Poco tiempo después los testigos de Jehová tocaron a la puerta de su casa. Andaban predicando en la colonia. Siempre en busca de nuevos feligreses. Ana les abrió y se tomó el tiempo para escuchar a los “hermanos”. No le dijeron nada que no hubiera escuchado antes, la diferencia fue en cómo se lo dijeron. Por primera vez alguien la hacía reflexionar y, sobre todo, le ofrecía una explicación lógica y entretenida de la Biblia. Eso fue lo que la enganchó. Al tal grado, que Ana no sólo se unió a los testigos de Jehová, sino que además se convirtió en predicadora de la “palabra de Dios”.
Ana se había convertido en uno de los miles de creyentes que, al igual que ella, cada año desertan de la iglesia católica para buscar el camino de la fe en otra religión. Hay tantas. Pero pocas son tan poderosas y gozan de una tradición tan arraigada, sobre todo en Latinoamérica, como lo es la religión católica. De hecho casi la mitad de los católicos de todo el mundo se encuentran en Latinoamérica. Algo así como seiscientos treinta y siete millones de feligreses. No es poco, pero podría ser mucho más. Podría ser como en otros tiempos, en los que el catolicismo era una religión de mayoría, un símbolo de salvación y unidad entre los grupos sociales. Sobre todo entre los más pobres. Pero a diferencia de aquellos días, los latinoamericanos hoy cuentan con una amplia gama de opciones para elegir dentro del competido mercado de la fe. La deserción de decenas de miles del “rebaño” en países de la región más católica del mundo, fue una de las razones principales para que Jorge Mario Bergolio, un argentino, resultara electo Papa en 2013. Algo similar ocurre con Robert Prevost, el nuevo Papa. Alguien que por más de veinte años ha cultivado un estrecho vínculo con la iglesia católica del Perú.
Hoy las redes sociales se han convertido en un nuevo dios. Un dios que, con base en la información y los otros datos, es capaz de seducir a millones de seres humanos, para quienes cada vez resulta más difícil creer en un dios que no se ve ni se escucha. Una deidad invisible y temperamental, que cuando enfurece, castiga. Como es el caso del dios cristiano. ¿Qué recibe el creyente a cambio de su fe? En términos materiales muy poco. En términos espirituales la recompensa es incalculable. El problema es que habitamos en un mundo material, donde las posesiones y el dinero tienen un peso enorme en la mayoría de las personas.
La religión católica podría llegar a convertirse algún día en una religión cuyos seguidores sean principalmente viejos. Gente que nació en los años sesenta o, antes, y que no conoció Internet ni las redes sociales, hasta que ya eran adultos. La información de la que dispusieron en su juventud era muy limitada, incluida la que tiene que ver con las distintas religiones. Hoy, en cambio, es posible “ir a misa” en Roma o unirse a una meditación guiada en el Tíbet. Sólo se necesita un teléfono celular. Para la gente joven las posibilidades de creer en algo o en alguien se han multiplicado. Muchos creen en lo sobrenatural, pero han decidido no pertenecer a religión alguna. No son agnósticos ni ateos, simplemente no están dispuestos a seguir reglas ni a permitir que su vida esté supeditada a los dictados divinos.
¿Cómo hallar nuevas formas de conectar con la gente joven y satisfacer sus necesidades espirituales? Ese será en gran reto de León XIV. Un Papa contestatario, alguien con quien los poderosos no suelen llevarse bien. Alguien que también ha sido señalado por encubrir a sacerdotes acusados de delitos de pederastia. Pero el reto va más lejos. No sólo se trata de ser empático con las audiencias, se trata de transformar la iglesia católica. De volverla mucho menos rígida e impenetrable. A diferencia de otras religiones, la católica es poco tolerante. ¿Cuándo se ha visto que en la misa le sea permitido a un feligrés expresar su acuerdo o desacuerdo con el sermón del sacerdote?
Desde que el emperador Constantino declaró al catolicismo como la religión oficial del Imperio Romano en el año 313, la iglesia católica ha acumulado una fortuna incalculable. Es dueña de museos, obras de arte, palacios, inmuebles, terrenos, acciones en las bolsas de valores… Eso además de las donaciones que recibe en todo el mundo. Mantener tal riqueza implica contar con un ejército de fieles creyentes. Gente dispuesta a seguir aportando devoción y recursos. Pero. En 2022 más de medio millón abandonaron la Iglesia Católica en Alemania. En Estados Unidos, por cada persona que se une al catolicismo, otras ocho renuncian a él. En México, el censo de 2020 mostró que el número de católicos disminuyó 5% respecto al censo de 2010. Pareciera que las promesas de perdón y vida eterna ya no alcanzan para mantener la fe. Tal vez lo que hace falta es un pequeño milagro. Uno que logre levantar el rating.