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Las víctimas fueron identificadas como Raúl Ernesto “N” y Carlos Manuel de Jesús “N”, ambos agentes activos de la Secretaría de Seguridad Pública y Tránsito Municipal (SSPyTM)
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Cualquier mexicano sabe que nuestros policías, sin importar a la corporación a la que pertenezcan, no son precisamente ejemplo de rectitud y honestidad. Pero, ¿qué los lleva a estar siempre tras el dinero? Antes de hablar de codicia o ambición, habría que decir que los gastos de operación de un policía mexicano los paga él mismo. Desde la gasolina, hasta las copias fotostáticas. Y eso obliga salir a la calles a “meter chamba”. Si no hay chamba no hay billete
Si le preguntaran a diez policías por qué eligieron ese oficio, tal vez algunos responderían que le entraron al jale porque pensaban que en la policía se hace dinero fácil y rápido. Otros dirán que lo hicieron por vocación. Pero en lo que todos estarían de acuerdo es que muy pronto descubrieron que, efectivamente, en la policía se puede hacer dinero, pero que por cada peso que se gana al margen de la ley, hay que invertir otros diez. Y no sólo se trata de invertir, sino de nunca olvidar que un error puede costar la vida o la libertad. Nadie da dinero por nada. Y menos un mañoso, llámese narcotraficante, ratero o sicario.
En la jerga policíaca, “meter chamba”, significa salir a la calle a hacer decomisos, no sólo de droga, sino de todo aquello que es ilegal, con las debidas detenciones. Un policía vive de los mañosos. Son su razón de ser, su materia prima. A algunos de esos mañosos, dependiendo del calibre, se les puede sacar dinero. De otros sólo se obtiene información. Que no es poca cosa, si se toma en cuenta que esa información pude conducir a nuevos decomisos y detenciones. Se trata de que el negocio nunca pare.
Por supuesto, aquellos malandros a los que no se les pueda sacar dinero ni información, serán presentados ante un Ministerio Público. Y ya Dios dirá. En el extraño y retorcido mundo de un policía hay niveles. No es lo mismo un policía municipal, que un policía de investigación o un elemento de la Guardia Nacional. Todos tienen la obligación de aplicar la ley, pero las encomiendas y el poder de cada uno son distintos. En lo que se parecen es que todos necesitan dinero para echar a andar la maquinaria. Y ese dinero está en la calle. Esperando. Un municipal pasa “la renta” a los jefes, directo de lo que agarra en la calle. El dinero va de abajo hacia arriba. El comandante de un grupo antinarcóticos, por ejemplo, lo hace al revés; se mocha con su gente. Salpica. El dinero va de arriba hacia abajo.
Algo que hay que tener claro es que los gastos de operación de un policía los paga él mismo. Y si se trata de algún comandante o jefe de grupo, también debe atorarle con los gastos de su gente. Desde la gasolina y el aceite de las patrullas, hasta las copias fotostáticas, las propinas y los tacos de tripa. Algo parecido ocurre cuando ese policía debe salir de viaje de comisión. En ese caso, se supone que los gastos le serán rembolsados, previa comprobación con las respectivas facturas. El problema es que, en la práctica, resulta muy peligroso solicitar una factura a nombre de una corporación policíaca en una ciudad extraña, pues equivale a avisarle a la maña que en su territorio hay un policía, o varios, que se andan metiendo a donde no los han llamado. La maña tiene ojos y orejas en cualquier lado. Gente que está al pendiente de todo. Saben quiénes llegan y quiénes salen. Cuándo y a qué hora.
Pero hay días peores para un policía. Como cuando se ve obligado a liberar a un detenido por órdenes superiores. Sucedió hace poco. Un marino y su grupo, comisionados en Puebla, recibieron la indicación de “meter chamba” a como diera lugar. Después de andar en la calle buscándole, lograron asegurar a un malandro con dinero, armas y “surtido rico” de drogas. El fulano ya estaba listo para ser presentado ante el Ministerio Público. Pero, oh sorpresa. Tuvieron que soltarlo con el consabido “disculpe usted”, luego de que el presunto resultó ser sobrino de un picudo de Morena. Ahí los policías perdieron. Pues además de que no pudieron sacarle billete al detenido, tampoco lograron consignarlo.
Sacarle dinero a un mañoso conlleva sus riesgos. Hay que saberle el corrido completo como para poder controlarlo. Significa convertirse en su cómplice y en su tapadera. Es como establecer un pacto, una especie de contrato en sociedad, en el que las partes conocen las reglas no escritas. Es un frágil equilibrio entre el poder y la conveniencia.
Pero ese equilibrio se vio trastocado con la llegada de López Obrador a la Presidencia en 2018. Con la creación de la Guardia Nacional, conformada por soldados, López Obrador pretendió simular que acabaría con la corrupción que ha habido toda la vida dentro de las policías civiles. Pero sólo fue eso, una simulación. Pues mientras sacaba a los nuevos policías a las calles, permitía que la maña hiciera alianzas, principalmente, con los políticos de Morena. Al mismo tiempo, los policías-soldados de la Guardia Nacional descubrieron que el billete no está en los cuarteles, sino en las calles. Ni tardos ni perezosos siguieron las mismas mañas de sus antecesores, los policías federales. Sólo que abarataron el negocio. Hoy, por unos cuantos pesos, cualquier malandro tiene carta blanca para delinquir.
Es innegable que en un país como México, donde la ley se aplica de manera discrecional, dependiendo de las influencias y de la solvencia económica del imputado, un policía posee cierto poder. Un poder que le da la posibilidad de exigir dinero, tanto por aplicar la ley como por no aplicarla. Ante algo así es impensable que algún día nuestros policías dejen de ser corruptos. En México, el sistema y sus circunstancias llevan a un policía a ser habitante permanente de la casa del jabonero. Donde el que no cae, resbala.