El gobernador, junto a autoridades federales, otorgó títulos de propiedad, escrituras y liberación de hipotecas, garantizando seguridad patrimonial a familias del municipio
La jornada arrancó con una concentración gradual de asistentes en el Parque Acuático, donde se habilitaron espacios de comida, música y actividades recreativas abiertas al público
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
Me bajo en la estación del Metro Lagunilla. Y conmigo se baja un montón de gente. No hay otra manera de llegar a la calle de Venezuela que no sea cruzando por Argentina. Los maestros de la CNTE tienen tomado el Zócalo. Hay que talonearle. La gente va y viene entre los puestos de calzones, micheladas y toneladas de fayuca china. “Mejor robado que clonado, reina”, grita un vendedor, al tiempo que muestra por lo alto un paquete de medias.
“Allá en Venezuela están los pinches maestros, mejor ni vayas, papi”, le advierte un tipo a otro, que empuja un carrito de supermercado, el cual ha sido convertido en un mini puesto ambulante de tacos de suadero y micheladas. Me quedo pasmado. ¡Cómo que los maestros están en Venezuela! ¡No ma…! ¡Precisamente en Venezuela está la tienda que vine a buscar!
Hago de tripas corazón. Sigo por Argentina. El sol de la una y cuarto pega recio. “Ahí les va la voladora, gente”, exclama con su vozarrón un cargador, mientras se abre paso entre el gentío empujando su diablo cargado de bultos. Llego por fin a la esquina de Argentina y Venezuela. Un tufo rancio a culo y sudor flota en el aire enrarecido. Es el caos. Hay una barricada hecha por los maestros. Más adelante, en medio de la calle, una turba se arremolina frente a la entrada del edificio de la SNTE.
Una y otra vez cargan furiosos, con palos y varillas, contra los tubos de metal que resguardan la puerta de la entrada del edificio. Detrás de ellos otros tantos maestros yacen sentados en bancos y sillas plegables. Muy quitados de la pena observan desde la comodidad de sus asientos las embestidas de sus compañeros. Unos aprovechan para fumarse un toquecito de mota; otros se empinan una caguama bien “muerta”, camuflada dentro de una bolsa de estraza del Seven Eleven. En tanto, los policías observan desde lejos. No pareciera importarles demasiado la trifulca. Alguno termina de comerse una pieza de pan dulce, luego revisa la pantalla de su celular y continúa jugando tetris.
Entre el tumulto hay un gordo chaparrito, tiene la cara cubierta con un pañuelo rojo. Trae un megáfono viejo y sucio en la mano, se ve que ese megáfono ya ha estado en muchas movilizaciones. “Compañeros de la prensa -vocifera el gordo a través del megáfono y sacude las manos-, nomás les recuerdo que no está permitido grabar. Si los vemos grabando, les vamos a quitar las cámaras y los teléfonos. Sobre aviso no hay engaño, compañeros”.
Entonces recuerdo que Palacio Nacional está a unas cuadras del zafarrancho. Me imagino a la presidenta Sheinbaum; la imagino dentro de su oficina de Palacio, permanece detrás de una cortina, mirando pensativa la plancha del Zócalo, repleta de tiendas de campaña. Tal vez está recordando aquel día, cuando era candidata, y prometió a los maestros tantas cosas.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Las embestidas se suceden una tras otra, hasta que finalmente el tubo de metal se parte. Ya nada puede detener a la turba enardecida. Me invade la impotencia y luego una sensación de incertidumbre. Se han adueñado de la calle, de los edificios, del tiempo y de la paz. No hay autoridad que los enfrente. No hay ley que los detenga. Cada quien está a su suerte. Es el México bronco. El de los violentos. El de la impunidad. Y es también el México de las injusticias. ¿Cuánto dinero puede traer el gordo del megáfono en los bolsillos? -me pregunto- ¿Veinte? ¿Cincuenta pesos? Quizá sólo trae unas cuantas monedas. Como él lo ve, no le queda más remedio que salir a arrebatarle a los otros lo que considera que le pertenece.
Primero los pobres. Sí. Antes de que se junten y se organicen. Y de ser un rebaño de corderos, se conviertan en un ejército de leones. Pero, ¿quién los patrocina? ¿Quién les paga la comida? ¿Quién los trajo desde Oaxaca y desde Guerrero? Da igual. Han aprendido a extorsionar al presidente en turno. Saben desde hace mucho que, sin importar qué partido gobierne México, nadie está dispuesto a que le explote en las manos un conflicto como el que le explotó a Díaz Ordaz en 1968. Desde aquel día, el Estado mexicano arrastra el estigma, el temor irracional, de que lo acusen de represor. Eso sí que lo desquicia. Lo enloquece. Y no se diga a un gobierno de izquierda.
Cae la puerta del edificio del SNTE, se escucha un grito de júbilo. “¡Ya cayó! ¡Ya cayó! ¡Cómo chingados no…!” “¡Ya cayó! ¡Ya cayó! ¡Cómo chingados no…!” La turba comienza a entrar al edificio. Unos se detienen y, antes de cruzar la puerta derribada, pintarrajean las paredes. En la esquina de Venezuela y Correo Mayor un taxista grita a los cuatro vientos: “¡Ya pónganse a trabajar, güevones! ¡Nomás desprestigian!” La rechifla no se hace esperar. “¡Qué, a poco sí! ¡Pásale por acá, culero y ahorita nos arreglamos…!” Camino entre el gentío buscando la tienda. Cuando llego, la cortina de metal está abajo. Maldita sea. Me invade un sopor. Sobre mi cabeza el sol continúa cayendo a plomo. Respiro y me relajo. Voy y me siento debajo de una marquesina llena de agujeros. Su sombra me refresca. Frente a mí, el gentío no para de ir y venir. El gordo del megáfono continúa vociferando quién sabe qué tantas cosas. Los párpados se me cierran. Nomás un sueñito. Tres minutitos. Aunque el mundo explotara, no me movería.
Y entonces una columna de humo negro y espeso comienza a escapar por una de las ventanas del edificio del SNTE. Parece que ya lo están incendiando. Ojalá y no explote un tanque de gas. Los párpados me pesan una tonelada. Antes de cerrarlos, medito en la lección que nos dejaron los maestros. Vinieron a enseñarnos que si lo que se pretende es ser escuchado por el gobierno, las manifestaciones pacífico-pedorras sirven para un carajo. El gobierno sólo escucha cuando hay gritos y movilizaciones violentas. Entre sueños oigo gritos: “Se ve, se siente, la presidenta miente…”