El señalamiento surge tras su participación en el Parlamento de Mujeres, donde el colectivo cuestiona la congruencia de su postura frente a temas de género y su impacto en la agenda de derechos
El organismo denuncia que autoridades le han impedido ingresar con equipo médico esencial en servicios recientes, lo que pone en riesgo la atención prehospitalaria y la seguridad de pacientes y rescatistas
Mientras el diésel se mantiene por debajo de los 30 pesos y la gasolina regular oscila entre 23 y 24.50, usuarios priorizan cargar por cantidades fijas como forma de controlar su gasto
El Congreso del Estado de Sinaloa aprobó una minuta de reforma al artículo 127 de la Constitución para impedir que pensiones de exfuncionarios y personal de confianza superen la mitad del ingreso de la titular del Ejecutivo federal
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Los vuelos sobre territorio mexicano de aviones pertenecientes a las agencias antidroga gringas, no son novedad. En los años noventa dichos vuelos se realizaban casi todos los días. Eran los tiempos de la Operación Halcón. Tiempos en los que gringos y mexicanos jalaban juntos en la intercepción y erradicación de narcóticos. ¿Qué ocurría cuando uno de esos aviones detectaba a un avión de la maña cargado de cocaína?
Despegaban de Texas en Estados Unidos y aterrizaban en Panamá. Cruzaban el espacio aéreo mexicano como fantasmas. Nadie sabía exactamente hacia dónde se dirigían, ni la hora a la que aparecerían en los cielos. Su trabajo era seguir aviones sospechosos, a los que la DEA ya les había puesto el ojo, o aviones que habían salido de aeropuertos no controlados. Eran los P-3 Orion, aviones tripulados por agentes del U.S Costums. Una vez que la “tarjeta” era ubicada en el aire, los aviones de la PGR entraban al quite.
1994. Laguna Salada, Valle de Mexicali. Ya anochece. Los últimos rayos del sol apenas alcanzan para iluminar el horizonte teñido de rojo y malva. Debajo del P-3 Orion, viene otro avión gringo, un jet Cessna Citation. Y, debajo del Cessna, un King Air con nueve agentes y un comandante de la PGR, además de los dos pilotos.
Es algo que sólo el comandante y los dos pilotos escuchan en los audífonos. El comandante hace una seña. Los agentes miran por la ventana. En la lejanía un Turbo Commander aparece de pronto, recortado contra el cielo que comienza a ennegrecerse. Es el típico avión que usa la maña para mover “merca” de un país a otro. Viene cargado de perico colombiano. Los gringos ya lo tenían ubicado. Lo han seguido por horas, desde que cruzó la frontera con Guatemala. Antes de que volara sobre el espacio aéreo mexicano, le dieron el pitazo al Centro de Mando de la PGR, y la PGR alertó a su base en Tapachula. ¡Por fin! El comandante y sus muchachos tienen dos días esperando en un hotel de cinco estrellas (pagado por la embajada gringa) a que les den la orden de “subir” a topar a los mañosos. El comandante odia estar en el hotel tanto tiempo, pero es la única forma de controlar a sus muchachos y mantenerlos concentrados en un solo lugar. No hay más remedio que permitirles un poco de vida loca; eso significa hacerse de la vista gorda cada vez que meten prostitutas a sus cuartos y organizan la fiesta. Uno de los pilotos del King Air, voltea para mirar al comandante.
El P-3 Orion y el jet Cessna Citation se “forman” con el King Air. Por un buen rato los tres aviones se mantienen arriba y detrás del Turbo Commander. El comandante y su gente están nerviosos. Pero no por lo que pudiera pasar en el aire, pues el Turbo Commander ni siquiera sospecha que lo siguen. El entuerto podría comenzar al momento en que el Turbo Commander aterrice. Por supuesto no va a aterrizar en la pista de un aeropuerto, sino en pleno desierto, donde además habrá gente armada esperando el cargamento de perico. Aterrizar detrás de los mañosos implica arriesgarse a recibir una lluvia de balas. A veces es mejor dejar ir al malandro que ir tras él. Pero el comandante anda filoso. El radarista, que viaja en el jet Cessna Citation, alerta que el Turbo Commander está perdiendo altitud. Debajo casi ha oscurecido, apenas se distinguen los cerros pelones y la tierra agrietada por el calor furioso.
Los agentes están muy serios, mudos. Se agarran de donde pueden. La adrenalina ha comenzado a correr, tan rápido, como el descenso del Turbo Commander. El sol muriendo en la lejanía. La negra noche emergiendo. Entre la bruma penumbrosa que cae sobre el desierto, aparece de pronto una llanura, la cual se extiende hasta donde la vista alcanza. Un tramo de la llanura está iluminado por la luz de botes que arden con petróleo, los cuales han sido colocados a modo de guías de una pista de aterrizaje improvisada.
El Turbo Commander enfila hacia abajo. El King Air va atrás. El comandante está pálido como el cebo. Los agentes callados y alerta. El piloto va como en un trance. Las manos aferradas al bastón de mando del avión. Los ojos torvos. El Turbo Commander disminuye la potencia; como si fuera un relámpago desciende sobre la pista improvisada; sus ruedas se aferran a la tierra, las alas se sacuden. Atrás el King Air también se deja caer. Y de repente, a menos de cincuenta pies de tocar tierra, una camioneta emerge de la oscuridad y se planta a mitad de la pista. Metros adelante se planta otra. La reacción del piloto es instantánea, maquinal. Con un movimiento de manos aumenta la potencia y luego le da el jalón al bastón de mando. El King Air vuelve a irse al aire. Se eleva como una ráfaga furiosa, que apenas logra cruzar por arriba de las camionetas, en medio del rugido ensordecedor de los motores. En la negrura el traka-traka de los “cuernos” y los fogonazos saliendo por todos lados. El King Air ya no vuelve. Desaparece en el cielo impenetrable como si la noche se lo hubiera tragado. Esta vez no se pudo. Pero ya habrá otra. Siempre hay otra.
La Operación Halcón fue tan efectiva, que obligó a los cárteles a idear nuevas formas y rutas para el trasiego de drogas. Como el uso de submarinos. Eran tiempos en los que el gobierno mexicano ponía las reglas. Y aquel que no las cumplía, pagaba el precio. ¿Volverá a ser así algún día?
Opiniones y comentarios: horacioborax@gmail.comLos vuelos sobre territorio mexicano de aviones pertenecientes a las agencias antidroga gringas, no son novedad. En los años noventa dichos vuelos se realizaban casi todos los días. Eran los tiempos de la Operación Halcón. Tiempos en los que gringos y mexicanos jalaban juntos en la intercepción y erradicación de narcóticos. ¿Qué ocurría cuando uno de esos aviones detectaba a un avión de la maña cargado de cocaína?
Despegaban de Texas en Estados Unidos y aterrizaban en Panamá. Cruzaban el espacio aéreo mexicano como fantasmas. Nadie sabía exactamente hacia dónde se dirigían, ni la hora a la que aparecerían en los cielos. Su trabajo era seguir aviones sospechosos, a los que la DEA ya les había puesto el ojo, o aviones que habían salido de aeropuertos no controlados. Eran los P-3 Orion, aviones tripulados por agentes del U.S Costums. Una vez que la “tarjeta” era ubicada en el aire, los aviones de la PGR entraban al quite.
1994. Laguna Salada, Valle de Mexicali. Ya anochece. Los últimos rayos del sol apenas alcanzan para iluminar el horizonte teñido de rojo y malva. Debajo del P-3 Orion, viene otro avión gringo, un jet Cessna Citation. Y, debajo del Cessna, un King Air con nueve agentes y un comandante de la PGR, además de los dos pilotos.
Es algo que sólo el comandante y los dos pilotos escuchan en los audífonos. El comandante hace una seña. Los agentes miran por la ventana. En la lejanía un Turbo Commander aparece de pronto, recortado contra el cielo que comienza a ennegrecerse. Es el típico avión que usa la maña para mover “merca” de un país a otro. Viene cargado de perico colombiano. Los gringos ya lo tenían ubicado. Lo han seguido por horas, desde que cruzó la frontera con Guatemala. Antes de que volara sobre el espacio aéreo mexicano, le dieron el pitazo al Centro de Mando de la PGR, y la PGR alertó a su base en Tapachula. ¡Por fin! El comandante y sus muchachos tienen dos días esperando en un hotel de cinco estrellas (pagado por la embajada gringa) a que les den la orden de “subir” a topar a los mañosos. El comandante odia estar en el hotel tanto tiempo, pero es la única forma de controlar a sus muchachos y mantenerlos concentrados en un solo lugar. No hay más remedio que permitirles un poco de vida loca; eso significa hacerse de la vista gorda cada vez que meten prostitutas a sus cuartos y organizan la fiesta. Uno de los pilotos del King Air, voltea para mirar al comandante.
El P-3 Orion y el jet Cessna Citation se “forman” con el King Air. Por un buen rato los tres aviones se mantienen arriba y detrás del Turbo Commander. El comandante y su gente están nerviosos. Pero no por lo que pudiera pasar en el aire, pues el Turbo Commander ni siquiera sospecha que lo siguen. El entuerto podría comenzar al momento en que el Turbo Commander aterrice. Por supuesto no va a aterrizar en la pista de un aeropuerto, sino en pleno desierto, donde además habrá gente armada esperando el cargamento de perico. Aterrizar detrás de los mañosos implica arriesgarse a recibir una lluvia de balas. A veces es mejor dejar ir al malandro que ir tras él. Pero el comandante anda filoso. El radarista, que viaja en el jet Cessna Citation, alerta que el Turbo Commander está perdiendo altitud. Debajo casi ha oscurecido, apenas se distinguen los cerros pelones y la tierra agrietada por el calor furioso.
Los agentes están muy serios, mudos. Se agarran de donde pueden. La adrenalina ha comenzado a correr, tan rápido, como el descenso del Turbo Commander. El sol muriendo en la lejanía. La negra noche emergiendo. Entre la bruma penumbrosa que cae sobre el desierto, aparece de pronto una llanura, la cual se extiende hasta donde la vista alcanza. Un tramo de la llanura está iluminado por la luz de botes que arden con petróleo, los cuales han sido colocados a modo de guías de una pista de aterrizaje improvisada.
El Turbo Commander enfila hacia abajo. El King Air va atrás. El comandante está pálido como el cebo. Los agentes callados y alerta. El piloto va como en un trance. Las manos aferradas al bastón de mando del avión. Los ojos torvos. El Turbo Commander disminuye la potencia; como si fuera un relámpago desciende sobre la pista improvisada; sus ruedas se aferran a la tierra, las alas se sacuden. Atrás el King Air también se deja caer. Y de repente, a menos de cincuenta pies de tocar tierra, una camioneta emerge de la oscuridad y se planta a mitad de la pista. Metros adelante se planta otra. La reacción del piloto es instantánea, maquinal. Con un movimiento de manos aumenta la potencia y luego le da el jalón al bastón de mando. El King Air vuelve a irse al aire. Se eleva como una ráfaga furiosa, que apenas logra cruzar por arriba de las camionetas, en medio del rugido ensordecedor de los motores. En la negrura el traka-traka de los “cuernos” y los fogonazos saliendo por todos lados. El King Air ya no vuelve. Desaparece en el cielo impenetrable como si la noche se lo hubiera tragado. Esta vez no se pudo. Pero ya habrá otra. Siempre hay otra.
La Operación Halcón fue tan efectiva, que obligó a los cárteles a idear nuevas formas y rutas para el trasiego de drogas. Como el uso de submarinos. Eran tiempos en los que el gobierno mexicano ponía las reglas. Y aquel que no las cumplía, pagaba el precio. ¿Volverá a ser así algún día?