Las víctimas fueron un trabajador del lugar y un joven que circulaba en motocicleta; autoridades aseguraron la zona y recabaron evidencias tras la agresión
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El video que muestra la llegada del gabinete de seguridad mexicano a Washington el pasado jueves 27 de febrero, para reunirse con Marco Rubio, Secretario de Estado estadounidense, retrata con brutal realismo el clima de tensión por el que atraviesa la relación entre México y Estados Unidos. Sin grandes protocolos ni obsequiosas bienvenidas por parte de los gringos, los recién llegados parecieran estar entrado por la puerta de atrás. Volvieron con las manos vacías
El primero en descender de la van blanca fue el fiscal Gertz Manero. Ni siquiera saludó. Qué va. Cual ladrón de cajero automático, el fiscal con el rostro embozado con un cubre bocas, se enfiló raudo y veloz hacia la puerta de cristal del recinto donde se celebraría la reunión. Y desapareció. Tal vez lo último que deseaba era que algún malandrín de la prensa le hiciera preguntas incómodas. De hecho, sobre la imagen del video, se escucha que alguien menciona al narcotraficante Caro Quintero, precisamente en el momento en que Gertz Manero emprende la graciosa huida enfundado en su esperpéntica chamarra negra talla 2XL, a prueba de toda clase de fríos, incluida la gélida recepción por parte de los gringos, que más parecían estar esperando la llegada del Uber Eats, que la aparición de la comitiva mexicana.
Entre la bola apareció el general Trevilla, Secretario de la Defensa Nacional, enfundado en un traje de gala, el cual le daba el aire de un hombre aprisionado dentro de una enorme armadura vede olivo. Si a Gertz Manero no le pudimos ver el rostro, dado que lo llevaba casi cubierto con el cubre bocas, al general Trevilla sí que se le veía la cara. Sí. La cara de pocos amigos. Ese día no andaba muy de buenas, mi general Secretario. Ceñudo y callado, tampoco esperó a los que lo acompañaban. ¿Estaría preocupado? Quizá ya sabía de la nota aparecida en el periódico Universal, donde la periodista Azucena Uresti relata que alguien de la SEDENA le dio el pitazo a Iván Archivaldo Guzmán, hijo del Chapo Guzmán, de que se estaba desplegando un operativo federal para detenerlo. Por supuesto, gracias al oportuno pitazo de los militares, Archivaldo logró escapar. Tal vez el general Secretario sospechaba que los gringos tenían la intención de jalarle las orejas.
Atrasito del general Trevilla hizo su aparición el almirante Morales Ángeles, Secretario de Marina. Ése sí que iba como Pedro por su casa. Contento, sereno y sin acongojarse; su paso era el de alguien que nada teme. Tal vez era al único, de los que vimos por ahí, al que los gringos tenían pensado felicitar por su labor contra la maña. Y ya, al final de la cola, hizo acto de presencia nuestro alegre Secretario de Relaciones Exteriores, Juan Ramón de la Fuente. Ese sí que repartió puras cosas bonitas. Muy trajeado y con el brazo en alto, fue el único que regaló sonrisas y saludos a los que por ahí andaban, incluida la prensa chacalona. También traía un poquitín de prisa. Si no, no se explica que haya acelerado el paso en cuanto vio de cerca la puerta de cristal. También pudiera ser que el Secretario de la Fuente, habituado al mexican time, hubiese reparado de pronto en que no se encontraba en México, sino en el reino de Donald Trump. Eso de “tarde pero sin sueño” en Washington no aplica.
La reunión con Marco Rubio coincide con el envío, por parte del gobierno de la doctora Sheinbaum a Estados Unidos, de 29 narcotraficantes que purgaban condenas en cárceles mexicanas. Puro pez gordo, incluido el mismísimo Caro Quintero. O lo que queda de él. Sin embargo y, aunque la doctora Sheinbaum le echó ganas, para Washington la ofrenda no fue más que una especie de enganche. El presidente gringo quiere más. Pero no narcos, sino narco-políticos. De tal suerte que el mismo Trump salió a decir en un discurso, que la clase política mexicana es la que sigue en su lista negra.
Y tan pronto como dijo aquello, sus tétricos deseos se vieron cumplidos. Bueno casi. Y es que si bien, el sábado 1 de marzo rodó la primera cabeza, no fue la de algún encumbrado personaje de Morena, sino la de un cartucho quemado; alguien que ya había pasado al basurero de la historia. Estamos hablando de Silvano Aureoles, ex gobernador de Michoacán y miembro fundador del PRD. Un juez giró orden de aprehensión en su contra por la presunta comisión de varios delitos, como peculado, operaciones con recursos de procedencia ilícita y asociación delictuosa. ¿Será que con Aureoles la presidenta quiso darle a Trump gato por liebre? Si así fue, no se la compraron.
Dice el pueblo bueno y sabio que lo que se ve no se juzga. En ese sentido, la llegada apresurada y caótica de la comitiva mexicana en Washington, revela que la relación entre los funcionarios que conforman nuestro gabinete de Seguridad es menos cordial de lo que han tratado de hacernos creer. Tampoco pareciera que entre ellos exista una estrecha coordinación o, al menos, cierta simpatía. ¿Será igual cuando tienen que chambear “juntos” contra la delincuencia organizada?
Lo cierto es que fueron al otro lado y regresaron -el mismo día- con un palmo de narices. Llegó marzo y los gringos nos aplicaron los temidos aranceles. La compañera presidenta, lejos de limpiar el cochinero que hay en su gobierno, prefirió abrazar sus ideales revolucionarios y antiimperialistas, y ya convocó a un mitin de protesta en el Zócalo para el próximo domingo. Trump debe estar temblando de miedo. Por ahora quien más preocupa es el fiscal Gertz Manero, a quien cada vez que aparece en público se le ve más ojeroso, cansado y sin ilusiones. Como que eso de andar deportando mañosos ha venido a trastornar su dulce vida. Una vida que durante el sexenio de López Obrador discurrió sin sobresaltos. Y cómo no, si eran los tiempos de los abrazos. Mala suerte. Los gringos ya me lo pusieron a chambear.